El liderato en el Grupo C vino en envase decristal, de esos que amenazan con romperse al mínimo soplido. Así pareció durante los 45 minutos que se alargó la excitante entrega en Roma. El 96-103 escondió un duelo trepidante, a veces apocalíptico y, como casi siempre con este grupo abanderado por Dusko Ivanovic, feliz en el epílogo. El Baskonia, sufriente como nunca, accederá al 'Top 16' desde el primer bombo. Exhibiendo su condición natural, la de líder.
Y eso que si algo demostró ayer con nocturnidad y alevosía este Lottomatica fracturado en su interior es que le ha cogido la medida. Desde el primer balón al aire puso en aprietos a la escuadrilla azulgrana, la misma que se presentaba en el foro romano con un saco de loas y elogios, bien merecidos por cierto. Pues si había aterrizado en suelo transalpino con los oídos desgastados por tantas loas, hoy besará Álava con mayor número si cabe.
Todo ello a pesar de que Nando Gentile -el único técnico del planeta que ruega su destitución casi en cada comparecencia- y sus ayudantes habían rastreado al milímetro los resortes baskonistas. Sustentados en su elástico grupo, en el que faltaba un febril Rodrigo De la Fuente, los locales pisaron a fondo el acelerador. Vamos, la misma medicina que aplica nuestro TAU.
Con el cuentakilómetros revolucionado abortaron la táctica del aplastamiento, esa que ha convertido a los de Ivanovic en el equipo de moda. o en el más buscado por especialistas, seguidores y simples curiosos. El endiablado ritmo local y su dominio en el rebote dejaron pronto claro que tocaba una noche de pasión.
El baile del péndulo
El expedicionario azuglrana, como tampoco es manco ni mucho menos, supo aplicar sobre la herida algunas de sus señas distintivas; el talento innato, grandes dosis de perspicacia y una fe más propia de un fanático. Los poderes de unos y otros convirtieron la cita en el baile del péndulo. Ahora pego yo, luego tú. Acrobacia pura.
Si Roma veía en Jaaber a su mesías, enfrente se sujetaban desde la línea de 4,60 metros. Que el superclase Hutson barría cualquier rebote, pues ahí comparecía Teletovic para ofrecer una nueva charla de tiro en suspensión.
Adelgazaba el minutero y el electrónico bailaba al son de uno y otro, sin decantarse por ninguno. Sufrían ambos. Sobre todo los visitantes cuando Teletovic -fundamental hasta el descanso- se llevó la mano a la rodilla izquierda. Afortunadamente, el golpe recibido quedó en un susto.
La tensión sobrevivió al intermedio, no así la velocidad. El pulso se enmarañó, hubo que masticar cada canasta y sólo la agudeza que barniza a cada grupo permitió conservar el chorro anotador.
Retorcidos, enroscados, cada posesión dejaba algo que recordar. Vamos, lo que se le exige a un duelo de primera clase. Con la cancha repleta de valientes, celebrar un acierto significaba derrochar calorías. Porque lo mismo acallaba Rakocevic con un triple a los poco más de 4.000 'tiffosi' -por sus gritos parecían el doble- que Gabini les reconectaba a base de tesón... y de maltratar una valla publicitaria.
Otra prueba evidente de la exigencia de la contienda, la mejor descripción para el 96-103 porque llovieron codazos y empellones en cada movimiento, fue la técnica a Prigioni. Minuto 29. El pícaro más listo que pulula por el baloncesto europeo, sin descanso hasta ese momento, perdió los nervios al recibir el enésimo empujón. Técnica. Llamada a Shakur. Y el americano al que apenas le quedan quince días de azulgrana, tan nervioso como acostumbra, sí dio la talla. Curiosamente, con él se alcanzó la mayor falla (70-81, minuto 35).
Pero este Lottomatica, ayer al menos, imploró por alargar el misterio hasta el último balón en juego. En una remontada increíble equilibró la balanza. Germinó el éxtasis en la grada. Roma se veía al frente del Grupo C.
Pero ahí surgió Mickeal, el mismo que se había pasado medio partido maldiciendo su falta de duende en el banquillo. El zurdo de Rock Island enfiló al Baskonia hasta la prórroga. Como ya había despertado, decidió continuar. Ya fue demasiado para el Lottomatica, al que no le quedó otra que arrodillarse en su propia cancha ante un ser superior.