Trece días después del inicio de la campaña 'Plomo fundido' los blogs del mundo árabe echan humo y una pregunta se repite en los distintos foros. «¿Por qué no acude Hezbolá al rescate de Hamás?». Nada más iniciarse los bombardeos, el director del Mossad, el servicio de contraespionaje hebreo, Amos Yadlin, advirtió sobre la posibilidad de un ataque del grupo chií en la frontera israelo-libanesa. De esta forma se abriría un segundo frente en el norte. Yadlin incluso especuló con la posibilidad de enviar a parte de los diez mil reservistas movilizados a la frontera con Líbano para responder a la posible agresión.
El Mossad no ha acertado y el frente militar del País del Cedro permanece en calma. «Líbano no quiere entrar en este conflicto y no hemos recibido señales de que Hezbolá pretenda meter al país en esta guerra», se apresuró a declarar ante los medios el ministro de Información de Beirut, Tarek Mitri. El Partido de Dios, por su parte, ha multiplicado sus discursos y mensajes de apoyo a Hamás. El secretario general de la organización chií, Hassan Nasrallah, aseguró ayer durante la celebración de la Ashura que «todas las opciones están abiertas» y pidió a la organización fundamentalista palestina que «causara tantas bajas como pudiera» entre los soldados judíos. También realizó un llamamiento al mundo árabe, especialmente a Egipto, para que respaldara la causa de Gaza, pero de momento sus hombres no han lanzado uno sólo de sus temidos 'katiusha' sobre suelo israelí.
Heridas abiertas
Gaza se desangra. La ofensiva más brutal del Ejército de Israel desde su ocupación en 1967 ha acabado con la vida de al menos setecientas personas, gran parte de ellas civiles. Aunque el objetivo son los milicianos de Hamás y sus lanzaderas de cohetes, una vez más es la población civil la que sufre los rigores de trece días ininterrumpidos de bombardeos. Cambian los protagonistas, pero la historia se repite. Los paralelismos entre esta ofensiva y la guerra con Hezbolá del verano de 2006 son cada vez mayores, pero las diferencias también. Gaza no es Líbano y Hamás, de momento, está muy lejos del potencial del espejo en el que se mira: Hezbolá, el Partido de Dios.
«Hezbolá no se puede permitir otra guerra, ya que aún se recupera del daño sufrido en 2006. El brazo político, además, está muy ocupado con las próximas elecciones libanesas, por lo que considero improbable que lancen un ataque. Lo que sí podría activarse es alguna facción palestina en alguno de los campos de refugiados del sur del país», señala el analista libanés y profesor de la Universidad CEU San Pablo, George Emile Irani. La estabilidad en el interior del País del Cedro parece, por tanto, la prioridad en estos momentos para una formación chií que aspira a hacerse con una mayor cota de poder en los comicios parlamentarios previstos para el 7 de junio.
Campos de refugiados
Los grupos palestinos que actúan en los campos de refugiados, por su parte, sí parece que tenían cohetes listos para ser lanzados contra Israel, pero en esta parte de Líbano -donde operan las fuerzas españolas como parte de la misión de Naciones Unidas- resulta imposible dar un paso sin la aprobación de la todopoderosa Hezbolá.
Pese a pertenecer a ramas opuestas del islam -Hamás es suní y Hezbolá, chií- a ambos grupos les une la lucha contra Israel, «además del apoyo logístico y a nivel de entrenamiento por parte de Irán y Siria», apunta el profesor Irani. Nasrallah se refirió en su último discurso a los milicianos de Hamás como «hermanos de armas», pero aseguró que sus hombres no entrarían en combate de no mediar una agresión previa israelí contra ellos.
Toda la clase política libanesa tiembla ante las imágenes de Gaza porque sabe lo que puede ocurrir si Hezbolá lanza uno solo de sus cohetes contra el Estado judío. El último en referirse a este supuesto fue Saad Hariri, líder de la mayoría parlamentaria, quien aseguró que «lo mejor para Líbano es que Hezbolá no haga nada, estoy seguro de que no cometerán ese error esta vez».