Afganistán es la guerra de Barack Obama, el conflicto contra el cual previno el presidente electo de Estados Unidos durante la campaña electoral. Había que sacar a las tropas estadounidenses de Irak, insistía en los debates, y concentrarse en el avance de la milicia talibán, que tiene encerrados a los soldados de la OTAN en ciudades y cuarteles. El candidato republicano, John McCain, compartía ese punto de vista, pues a fin de cuentas es el de los mandos militares, pero las discrepancias surgieron cuando el papel de España salió a relucir en los comicios. Obama reprochó a McCain que no quisiera reunirse con el presidente Zapatero -más parecía que no sabía quién era- y recordó que el Gobierno español es un aliado leal de Washington en el avispero de Asia central. La tragedia de ayer, como ocurrió con el accidente del Yak-42 en 2003, o con la muerte de una soldado en 2007, ha vuelto a demostrar que esa alianza se escribe con sangre.
Tras haber conseguido una plaza para la reunión del G-20 en Washington, Zapatero tiene la oportunidad de dar un vuelco a las relaciones con EE UU, que George W. Bush había estigmatizado por la decision del presidente socialista de sacar a las tropas españolas de Irak en 2004. Fue su primer golpe de efecto después de ganar las elecciones generales en el clima convulso que generaron los atentados del 11-M. Al cabo de cuatro años, en la breve conversación que Obama y Zapatero mantuvieron por teléfono la semana pasada, Irak quedó atrás y el expediente afgano emergió como una palanca útil para reactivar los contactos bilaterales.
Desvío de recursos
Obama ha pedido a Zapatero que envíe más soldados al territorio afgano, pues entiende que es allí, y particularmente en la región fronteriza con Pakistán, donde se libra hoy la verdadera guerra contra el terrorismo. El presidente español no ha dado una respuesta concreta, pero la ministra de Defensa, Carme Chacón, que viajó al escenario del conflicto en abril pasado, ya ha anunciado que el Gobierno socialista aumentará el contigente de militares destinados en los conflictos internacionales, y especialmente en Afganistán, donde ahora sirven 800 efectivos.
Los mensajes del predecesor de Chacón, el ex ministro José Antonio Alonso, apuntaban en esa dirección, pues el año pasado recalcó que el Ejecutivo de Zapatero tenía «un compromiso claro» en Asia central, a pesar de que era su misión «más dolorosa» y de que Al-Qaida había renovado sus amenazas contra España por no marcharse de Herat.
A diferencia de la guerra de Irak, que fue declarada unilateralmente por la Administración republicana en 2003, la de Afganistán tiene el respaldo de la ONU y ha sido sancionada por el Parlamento español. Los estrategas reprochan a Bush que, tras haber derrocado a los talibanes a finales de 2001, inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre, el esfuerzo bélico se desviara contra Sadam Husein. Desde entonces, la inseguridad no ha hecho sino aumentar en Afganistán, se ha seguido cultivando opio y el vecino Pakistán continúa siendo un país inestable. El presidente Hamid Karzai, antiguo empleado de la petrolera norteamericana Unocal, apenas controla Kabul con el sostén de la OTAN, que tiene desplegados 53.000 soldados en todo el país, la mitad estadounidenses.
La situación se parece a la que vivieron los británicos en el siglo XIX y los soviéticos en el XX. Tras un repliegue inicial, inevitable ante la abrumadora supremacía militar de Estados Unidos, los talibanes se han ido reagrupando en los últimos tiempos y se han adueñado del territorio hasta acabar estrechando el cerco sobre Kabul. Las víctimas civiles causadas por las ofensivas occidentales han colocado a Karzai en una posición precaria, ya que históricamente las tribus afganas han tolerado la penuria, pero nunca han aceptado los regímenes sostenidos por extranjeros.
Los fracasos cosechados por británicos y soviéticos demuestran la dificultad de dominar Afganistán, sobre todo, por su estructura tribal, por su orografía y porque no hay riquezas que justifiquen los gastos de la ocupación... Exceptuando el opio. El interés del país es geoestratégico, ya que, terrorismo aparte, es clave en la ruta del petróleo de Asia Central hacia el Índico.