Los tiempos de crisis pueden serlo también de oportunidades. La economía siempre ha tenido gran peso en las tensas relaciones entre China y Taiwán, la isla a la que considera su 'provincia rebelde' y cuya independencia 'de facto' sólo reconocen una veintena de estados en el mundo. Más aún desde que, este año, Ma Ying-Jeou ha conseguido devolver el poder político de la antigua Formosa al partido que la fundó, el Kuomintang, entre cuyos ideales se encuentra la reunificación con China. Con la derrota de los independentistas, el Ejecutivo taiwanés tiene ahora vía libre para negociar con el Gran Dragón paquetes de medidas contra la crisis, que comienza a azotar el continente, y esta semana se ha escenificado esa buena sintonía con una cumbre bilateral histórica: los dos responsables de la política sobre las relaciones entre ambos territorios se han reunido por primera vez en Taipei, la capital de Taiwán.
Y lo que parecía misión imposible sólo un año atrás, es hoy una realidad. Los aviones chárter desde el continente sobrevuelan ya el estrecho y pronto se normalizarán también el transporte marítimo y el postal, interrumpidos desde hace años. Un paso de gigante para la estabilización de las relaciones económicas entre dos países íntimamente ligados por sus inversiones, pero divididos en lo político. El apretón de manos de ambos mandatarios quedó eclipsado por la victoria de Barack Obama en Estados Unidos, pero es muestra de un importante cambio en la política de Extremo Oriente. Ejemplo de la voluntad de ambos gobiernos para superar la crisis económica juntos, algo que terminará desembocando en un acercamiento político. De momento, el 'status quo' o la política interna de la isla ni se mencionan, pero tampoco se ven en el horizonte nuevos ejercicios bélicos como los que han sacudido la estabilidad de la región en la pasada década.
Protestas ciudadanas
Eso sí, no todos están satisfechos. Grupos pro independencia ofrecían 1.000 dólares de Taiwán (25 euros) a quien acertara con un huevo al cuerpo del enviado chino, una recompensa que se multiplicaba por diez si hacía diana en su cara. Por su parte, numerosos ciudadanos se manifestaron contra el diálogo en varias partes del país. La razón, como explica a este periódico Ping Hsiao-Lien, abogado de la ciudad de Kaohsiung, «reside en el hecho de que el Gobierno prostituya los ideales de Taiwán, como el respeto a los derechos humanos y los valores democráticos que tanto ha costado conseguir, para que las empresas pi sen la alfombra roja en China».
Sin embargo, el pragmatismo de la cultura china se expande rápido. C .J. Liu votaba al independentista Partido Democrático de Progreso, pero ahora se siente cercano a la política del presidente Ma. «Sin hostilidad, será más fácil progresar. Y no creo que el Kuomintang vaya a poner en peligro la soberanía de Taiwán. Me alegro de que se haya celebrado la reunión. Han tenido que pasar 60 años para ver este acercamiento, y espero que eso ayude a capear el temporal económico y traer paz a la región».