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Economía

09.11.08 -

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Anatomía de un bluff
ILUSTRACIÓN: JESÚS FERRERO.
N unca debimos creer a los augures. Nos prometieron un brillante porvenir y ahora nos atormentan con imágenes de la Gran Depresión. La lista de damnificados es cada vez mayor, incluidas algunas de las entidades más prestigiosas del mundo. Lo que empezó siendo un problema de unas hipotecas de baja calidad en California se ha transformado en una crisis de confianza global. Los bancos han comenzado a racionar el crédito, amplificando el recorte de gasto emprendido por empresas y familias a partir del estallido de la 'burbuja inmobiliaria' en agosto de 2007. Ahora ese clima de sospecha se ha extendido a los países emergentes, que comienzan a verse agobiados por la falta de financiación. Este efecto dominó hace temer que la economía mundial se encuentra a las puertas de una recesión. Y, a juzgar por crisis similares ocurridas en el pasado, quizá tardemos años en ver la ansiada luz al final del túnel.
La verdad es que en los últimos seis años nada funcionó como hubiera debido. Reguladores incapaces de aprender una 'ingeniería financiera' compleja, cuyos efectos se enmascaran en unos mercados cada vez más globalizados. Agencias de calificación erráticas, mediatizadas por conflictos de interés. Sistemas de retribución volcados en primar la obtención de resultados a corto plazo. Y como guinda de este explosivo cóctel, unas políticas monetarias laxas, que situaron los tipos de interés reales en mínimos. Todo ello dio lugar a un desordenado apetito de riesgo, que disparó el precio de determinados activos. Un buen día, al igual que sucedió en el cuento, tomamos conciencia de que el rey estaba desnudo y el castillo de naipes se vino abajo. Ahora sólo nos queda cubrir las pérdidas de la fiesta que, según la última estimación del Banco de Inglaterra, giran en torno a 2,24 billones de euros.
Los países desarrollados, a fin de evitar males mayores, han sustituido la 'mano invisible' del mercado por la mucho más visible del Estado. Para ello han diseñado planes de intervención destinados a restaurar la confianza en los intermediarios. Entre las medidas adoptadas cabe citar el aumento del seguro de depósitos, la concesión de garantías públicas y la compra de activos bancarios. En algunos casos se ha llegado a una nacionalización parcial de aquellas entidades que presentaban problemas de solvencia. Los recursos movilizados con estos planes en Europa y Estados Unidos se aproximan a 3 billones de euros. A estas alturas no es posible saber qué parte de esa cifra recaerá sobre las espaldas de los contribuyentes. Lo que sí puede decirse, en contra de lo que afirman algunos políticos, es que el riesgo existe, y es elevado. Aún así hay que darlo por bueno ya que la alternativa de no hacer nada sería mucho peor.
Como es sabido, la efectividad de esos planes está en el diablo de los detalles. Lo prioritario es minimizar el riesgo de que su mera existencia haga creer que los malos hábitos van a quedar en el futuro impunes. Por eso conviene que los bancos rescatados con dinero público -mientras estén intervenidos- satisfagan ciertas contrapartidas, prohibiéndoles, por ejemplo, el reparto de dividendos y la activación de blindajes a los directivos despedidos. Es necesario, asimismo, que los países actúen de manera concertada, porque ante un problema global no caben soluciones nacionales. Esto es particularmente cierto en Europa, que se ha comprometido a que las ayudas de los Estados no infrinjan las reglas de competencia del mercado único. Existe además una segunda razón para actuar así, ya que sus principales bancos son, de hecho, transfronterizos y demasiado grandes para ser reflotados por un único país.
Esta crisis también ha contribuido a poner en solfa una concepción del capitalismo. El premio Nobel, Joseph Stiglitz, ha declarado que «esta crisis es para el fundamentalismo de mercado lo que la caída del muro de Berlín para el comunismo». El peligro es que, como ocurre en el juego de las siete y media, nos pasemos. Todos coinciden en que los mercados financieros son inestables y que, por tanto, deben ser regulados. El problema es cómo y cuánto, ya que las reglas también entrañan costes. Conviene recordar que parte de nuestros problemas actuales tienen su origen en el arbitraje emprendido por los intermediarios financieros, a fin de aligerar su carga normativa. Más grave sería aún que, aprovechando el precedente del rescate de bancos, se politizase la oferta de crédito, lo que le convertiría en fácil presa de los 'lobbies' organizados por sectores inmersos en dolorosas 'curas de adelgazamiento'.
Algunos piensan que esta crisis será la comadrona de un nuevo mundo. Lo que no dicen es si será mejor. Se han depositado grandes esperanzas en la próxima cita del G20 en Washington. Quizá demasiadas, ya que el equipo de Obama tardará algún tiempo en hacerse con las riendas de la Administración. Pero más que la falta de oportunidad lo que preocupa es la falta de liderazgo. El nuevo ciclo ha acelerado el declive de Occidente en favor de las potencias asiáticas, algunas de ellas ajenas a nuestras tradiciones culturales. Un gobierno multilateral del planeta puede implicar mayor justicia, pero también mayor complejidad. Tanto más por cuanto en la agenda negociadora se quiere incluir desarrollo, cambio climático y energía. El peligro radica en que se produzca un repliegue nacionalista, alentado por los fantasmas que la recesión despierta en los electores. En las presentes circunstancias sería un error, que no perdonarían unos mercados todavía expectantes.
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