La pareja que forman Rubén Segura y Aurora Segurola ahorró durante cuatro años para encarnar un sueño. Sobre todo el de ella, que se proponía cumplir los cuarenta trotando el mundo todo un año sobre el sillín de su vehículo preferido, la bicicleta. «Una vez que pruebas la bici, no quieres viajar de otra manera». Partieron en abril de 2007, cuando la plaza de la Virgen Blanca lucía sus jardincitos, y regresaron el pasado mayo, con la nueva postal de cemento a los pies de la patrona y la Vitoria que tanto les gusta destripada por el tranvía.
En la vida hay que tomar opciones y ellos no tuvieron dudas para elegir su senda, «renunciar a dinero a cambio de calidad de vida». Rubén es bombero en el parque navarro de Alsasua y ella dejó de trabajar como administrativa hace siete años. «No me fastidiaba que él se fuera a recorrer el mundo con amigos, me fastidiaba que no podía ir yo», dice Aurora.
Querían un viaje que les llenara y eligieron el Vitoria-Katmandú después de leer 'De la Alcarria al Himalaya", la obra de otro aventurero con ansia de aspirar la vida a bocanadas. Alejados de los patrocinios que «restan libertad», sólo pidieron ayuda a Orbea, que les proporcionó «dos bicis muy buenas». Trece meses, trece fronteras cruzadas, trece mil kilómetros de camino sobre dos ruedas... Un número con fama de perverso, dos cifras afortunadas para la pareja.
Y les ha marcado el camino, claro que sí. «Todo lo que hemos aprendido es para nosotros», indica Autora. Se refiere a lugares maravillosos y a personas extraordinariamente afables. «Hay muchísima más gente buena de lo que pensamos». ¿Lugares? Meteora, en Grecia, con sus monasterios ortodoxos en lo alto de enormes riscos; Capadocia, el Cáucaso, Nepal... Humanamente, les ha cautivado Irán.
«Es la gente que más nos ha llamado la atención y el país donde las ideas preconcebidas chocan con la realidad». Emociones que recompensan el peligro de bordear Teherán en bici «porque conducen fatal». Para disfrutar sobre el sillín escogen los paisajes de alta montaña de Nepal. «El país que menos tilín nos ha hecho es Albania, pero ahí conocimos a una chica joven que hablaba perfectamente español porque estaba enganchada a una telenovela venezolana».
Ambos coinciden en que las generalizaciones son injustas, pero el trayecto de un año largo les ha servido para extraer ciertas conclusiones y también desmontar prejuicios. «Hasta que cruzamos la última frontera de Europa para entrar en Turquía -narra Rubén- no habíamos conocido a nadie. En cuanto pasamos a Oriente la gente era tan hospitalaria que no podíamos pedalear una hora seguida. Pensábamos que era por la religión, que los musulmanes eran más acogedores, Pero no es por eso. En Siria y en Jordania son amistosos, de Irán ya te hemos hablado, pero en Dubai no son nada hospitalarios. En cambio, en Georgia, de mayoría cristiana ortodoxa, muchísimo. Y más si somos vascos». En cualquier caso se han encontrado pueblos con una mano delante y otra detrás «más felices que nosotros».
Hornillo y trekking
El dúo alcanzó Katmandú con sus bicis, el hornillo y el botiquín. «Hicimos 'trekkings' en el Annapurna y el Everest y no teníamos ganas de volver». Ya están programando otro desplazamiento en torno a las navidades, uno de mochila en la espalda. «Hay que vivir el momento. Hay mucha vida por ahí», declara Aurora. «Nos ponemos muchas excusas para no hacer lo que queremos», reflexiona Rubén.
De bagaje emocional andan llenos. «El interés de la gente supera la barrera de los idiomas. Hemos hablado de sentimientos y de cosas trascendentales con gestos y el 'pictionnary'». Ambos recuerdan otros viajes, los parques naturales de Tanzania que han recorrido -«es dura África», dice ella- o el pedaleo por la enorme extensión salada del Uyuni boliviano a la luz de la luna llena.