Son unos 127 millones de ciudadanos repartidos en cuatro grandes islas cuyo único lema en la vida parece resumirse en una idea: productividad. Sin materias primas, con una densidad de población de las más altas del mundo, con un pasado histórico de hambre, perdedor en la Segunda Guerra Mundial, Japón ocupa el segundo puesto como potencia económica internacional, detrás de Estados Unidos. Su estructura social sorprende a muchos niveles. En particular, el laboral; el trabajo allí equivale a llegar a la empresa antes del horario oficial y salir más tarde para ser bien visto, y en contentarse con un máximo de 14 días de vacaciones anuales. El trabajo santifica, que dice un ideal del zen. Está también la superespecialización de su sistema educativo, la condición femenina, su conservadurismo...
Una treintena de japoneses, de ruta por Francia y España, nos esperan en el Café Iruña de Bilbao para que pasemos el día con ellos. Hoy abandonarán su dieta milenaria a base de tallarines soba y arroz al vinagre («también comemos pizza y salchichas», protestará uno después. «Pizza con corazones de maíz, mayonesa, curry o salsa teriyaki y salchichas de pescado») para sustituirla por un pastel de puerros, pimientos rellenos de bacalao con salsa vizcaína, tarta de arroz, pan, vino y café. Provistos de nuestros ojos occidentales, nos preparamos para esta postal de Nintendo. Saludamos con un 'kon-nichiway', hola, y estrechamos algunas manos.
Poco dados al contacto físico -«en Japón no nos besamos por la calle como besugos», nos dice una de las turistas entre carcajadas- el grupo nos regala unas reverencias. Es el 'ojigi' o 'rei', la inclinación del saludo. De ella se ha dicho que es uno de los gestos más elegantes que existen. La filosofía oriental ofrece su propia versión: la luciérnaga se va y la hierba en la que estaba posada se inclina. Hay otra teoría que dice que antes empleaban este formalismo por higiene.
Nos brindan un aplauso y al instante oímos unos chasquidos. No hemos tenido que posar; somos parte del exótico paisaje que se llevan como recuerdo en sus tarjetas digitales al otro lado del globo. El gesto de disparar el objetivo insistentemente forma parte del amplio catálogo de tópicos -y éste es una verdad como un templo budista de los grandes- que circulan sobre los japoneses y que ellos aceptan, casi siempre, como un cumplido. Ahora bien, durante su visita al museo Guggenheim asumen sin rechistar que está prohibido tomar imágenes. Hacer fotos de extranjis es sólo cosa de españoles. Por lo demás, nos consideran «tradicionales, religiosos, divertidos y algo groseros, aunque de fiar». A su vez, entre lo que nosotros pensamos de ellos se cuela una palabra: «Apolíticos». Lo intentamos con un '¿han oído hablar del terrorismo?'. «Es mejor no explicar nada de esto. Japón es muy seguro y no lo entenderían», se apresura a revelar la guía.
Aplausos a rabiar
Durante todo el día se muestran desordenados, divertidos e ingenuos. Aguzamos el oído, pero la jerga es incomprensible. Aunque mal pronunciadas, sí que saben muchas palabras en inglés. Aplauden a rabiar y sonríen con cada pregunta. Algunos nos miran desde sus grandes lentes cuadradas sin disimulo. Y si equivocamos algún término o planteamos algo que roza la indiscreción, se parten de risa, se sonrojan y, al final, procuran no responder. «Será imposible saber lo que piensan, aunque los veamos aplaudir como niños. Y nunca le daremos ni un sí o un no claros, para que no haya roces», se sincera Katsu, el guía nipón afincado en Madrid que acompaña a la excursión. «Esperan igual actitud del interlocutor».
Por cierto, no hay niños en el grupo. Tampoco ninguna adolescente vestida con encajes y neones de las que aparecen en 'Lost in translation' (2003). Hay muchas mujeres jubiladas en el grupo, de 75, de 78, de 80 años y con energías de sobra. Viajan solas, sin sus maridos ni sus hijos, y no es la primera vez. «El hombre japonés trabaja sin parar para que la mujer pueda viajar», bromea una de ellas. Otra nos dice que no, que no es del todo una broma. La mayoría han estado en los últimos años en Noruega, en Italia, en India... Entre ellas se encuentran ex funcionarias del Estado. Pero casi todas, menudas y delgadas ellas, han sido amas de casa y vienen de un país con el porcentaje de personas mayores más elevado, la tasa de longevidad más alta del mundo y la de natalidad más baja.
Nos integramos en la mesa. «El molde de la tarta está hecho de arroz», explica un camareros. «Arroz, arroz...». Entonces sí, algunos respiran con alivio y comen. Dirán que 'oisí', que todo está muy rico, ¿pero y esa cantidad de restos de comida que quedan en los platos? «Cuando viajamos tenemos muchos problemas de estómago. Estamos acostumbrados a comer muy poco de muchas cosas y aquí se comen dos platos muy llenos y no hacemos bien la digestión». Esta vez es Mieko Tsuyuki, la guía que viaja con el grupo desde el país del sol naciente quien se explica.
Yoko, una esbelta mujer de pelo rizado se presta a contarnos el itinerario después de hacer una foto a los pimientos. En el bolso bandolera que todos imitan lleva impresos los mapas de Google Map. Con una equis gigante ha señalado El Corte Inglés de Bilbao, adonde iremos «para comprar espárragos de Navarra, higos y jerez». El viaje comenzó hace cuatro días en París. De ahí, a Toulousse, Lourdes, Jaca y Pamplona o Iruña. «I-ru-ña», insiste la mujer. Con razón: «Si compras ordenador aquí, ya puedes escribir en todos los idiomas, porque el teclado tiene la eñe», comenta. De paso por Bilbao, la ruta continuará por Santillana del Mar, Comillas, Santander, León, Astorga, Cebreiro y Santiago de Compostela. Diez días después, volverán a Japón.
Expertos en Cervantes
Entre los excursionistas encontramos a expertos en Cervantes, Gaudí, Paco de Lucía y Mortadelo y Filemón. «Somos isleños y eso nos lleva a interesarnos por el continente y más allá», argumentan. Otros discuten sobre el vino. «¿Lo permiten aquí en horario laboral?». Digamos que prohibido, lo que se dice prohibido, no está, ¿no? Los señores Nagashima están deseosos por comprar un abrigo. Él es un hombretón que al sonreír muestra unas rayitas como ojos en la cara. «En Japón no hay muchas tiendas con tallas para personas obesas», explica Yasuko, la hija del matrimonio, que ha salido desencantada de Zara. «Tiene lo mismo que en Tokio». España supone sólo el 0,8% de las exportaciones japonesas y el 0,4% de las importaciones y, con las excepciones de Zara y Loewe, apenas hay empresas españolas en el país.
Lo que sí que tienen allí, el caso de la ciudad de Tokio, son trece líneas de metro, autopistas en pleno centro de la metrópolis con sus puentes y túneles superpuestos y sus rascacielos de vidrio y cemento con estructuras que pueden oscilar hasta 5 metros para resistir a los frecuentes terremotos. El caso es que se quedan sin habla, y sin batería, cuando el autobús se planta frente al Puente de Vizcaya.
Como sus jardines
Se conforman con mirarlo y remirarlo a 20 metros de distancia, sin salir del autobús. Quizá no verán más allá de lo que plasman sus fotos, pero no insisten en sacar más tiempo. Al fin y al cabo, la visita a Portugalete no estaba prevista. Los guías de la Agencia N.I.S. (North Incoming Services) esperan en el Guggenheim para explicar cómo Richard Serra se inspiró en los jardines japoneses para hacer sus esculturas. El escultor se considera heredero de un concepto zen, el uji o ser en el tiempo, propio de estos jardines, donde las experiencias de espacio y tiempo y las de sólido y vacío son «inseparables y fluidas». Nadie cuestiona las explicaciones. «¿Estamos en España o en Japón?», pregunta alguien, sin borrar su sonrisa de la cara. Los japoneses parecen siempre de buen humor. No es hipocresía, es la educación que les inculcan.
Pero lo que realmente llamará la atención son los retratos clásicos que se exponen estos días en el museo de Frank Gehry. Ante el de la infanta María Teresa pintado por Velázquez se quedan encantados. No importa que la explicación del guía no sea muy extensa. Vienen con los deberes aprendidos. «Es lo que vienen a ver a España: catedrales antiguas y clásicos», explica Xabier Lejartxa, uno de los guías. Tampoco es que las Torres de Isozaki les impresionen. Preguntamos a ver. «No-en-tien-do», dice una mujer.