H oy hubiera preferido escribir sobre Barack Obama y su extraordinario triunfo, al igual que miles de ciudadanos que se han animado a dejar constancia de su ilusión renovada por la apertura de un nuevo futuro para América y la comunidad mundial. Me habría gustado referirme a los sueños de Obama y la Nueva Frontera que se propone alcanzar, convirtiendo en realidad el «hoy tengo un sueño» proclamado por Martín Luther King en 1963. Escribir de esa nueva identidad colectiva multicolor que se está articulando en ámbitos muy importantes de la comunidad internacional, frente al modelo periclitado de identidades y sociedades cerradas y homogeneizadas.
No lo voy a hacer. Una vez más ETA ha alterado las previsiones y nos ha recordado que aquí no hay lugar para sueños, ilusiones, ni emociones. En su último comunicado, nos ha advertido que no se cruzarán de brazos y que continuarán hasta hacer sentar de nuevo a los representantes del Gobierno y que reconozcan «los derechos de Euskal Herria de una vez por todas». ¿Qué va a hacer ETA para conseguir tal objetivo? Lo único que sabe: continuar con su terrible historia de amenazas, coacciones y muerte. Es decir, va a producir terror para que el presidente de Gobierno, sea quien sea, se siente a dialogar.
Curiosa manera de abordar el tema por parte de quien insiste machaconamente que el conflicto es de naturaleza política. El comunicado es un fiel reflejo de la fase final en la que está instalada la dirección etarra, que afectada de una gravísima paranoia política no ve más que traidores y enemigos del pueblo vasco, dejando a salvo de tal juicio sumario a la 'vanguardia armada' y a su ejército de subordinados sumisos. De ahí que la estrategia de la violencia requiera no sólo de las bombas sino también de la amenaza y de la coacción dirigida contra esa sociedad civil y política de Euskal Herria que desde hace tiempo ha expresado su rotundo rechazo a la violencia y ha exigido el cese definitivo e inmediato de las actuaciones terroristas.
El comunicado, tomado en su totalidad, constituye una amenaza global para el conjunto de la sociedad vasca, al dejar constancia clara y firme de que no piensan allanarse frente a la exigencia de la inmensa mayoría de los vascos. Una mayoría que expresó su veredicto, sin necesidad de consulta, y que perfectamente queda recogida en la expresión 'ETA, sobra y estorba'. Pero esta vez la organización ha querido pasar de la amenaza genérica a la individualizada y concreta.
Las referencias insultantes que se efectúan sobre Maixabel Lasa, directora de atención a las víctimas del Gobierno vasco, constituyen una amenaza en toda regla con la pretensión de desacreditarla y atemorizarla. Vaya desde estas líneas nuestra solidaridad y nuestro apoyo por ese compromiso inquebrantable con las víctimas, con la libertad, la democracia y el autogobierno de Euskadi; compromiso que en el caso de Maixabel y de su compañero de militancia y marido, Juan Mari Jauregi, asesinado por ETA, nos remontan, muchos años atrás, hasta las duras y negras épocas del franquismo. Unos tiempos que seguramente los redactores del comunicado los vivieron de muy distinta manera, probablemente como chiquillos o adolescentes que desconocían lo que significaba el franquismo como régimen de negación de libertades y de opresión del pueblo vasco, como quedó constancia de ello en el 'proceso de Burgos'. Nuestra memoria histórica tampoco puede pasar por alto estos 'pequeños detalles', aunque sólo sea por respeto a nosotros mismos.