Tal vez Jim Robinson tuvo un sueño. Quizás aquel sufrido esclavo de los campos de Friendfield, en Carolina del Sur, soñó que uno de sus descendientes se levantaría un día sobre tanta ignominia y haría escuchar su voz ante los blancos. Lo que no pudo soñar aquel hombre, porque en la decimonónica sociedad norteamericana era aún impensable, es que su tataranieta llegaría a convertirse, a principios del siglo XXI, en la primera dama de los Estados Unidos.
La tataranieta de aquel esclavo es Michelle LaVaughn Robinson, hoy conocida como Michelle Obama. Mujer fuerte, directa y moderna, la nueva ocupante de la Casa Blanca tiene 44 años y está acostumbrada a hacer valer su opinión y a ganar mucho más dinero que su marido. Por su inteligencia la han comparado con Hillary Clinton y por su porte y elegancia (tiene estatura imponente y sonrisa fotogénica) con la estilosa Jacqueline Kennedy, dos primeras damas demócratas de las que recoge el testigo. Pero han olvidado un detalle que la hace distinta. Ella cuenta además con la heredada y ancestral resistencia del superviviente y con el orgullo del que ha triunfado partiendo de una desventaja, hasta dar la vuelta al marcador de la Historia.
Nada hacía presagiar que Michelle pudiera llegar a la Casa Blanca cuando vino al mundo en un deprimido barrio negro de Chicago. Nació el 17 de enero de 1964, en el South Side, una barriada obrera donde aún se levantan los bloques de viviendas que dieron lugar a la palabra 'ghetto'. La señora Obama, que hasta la elección de su marido como presidente de Estados Unidos seguía residiendo en Chicago, pero en una mansión de seis dormitorios y más de un millón y medio de dólares, se crió en un humilde apartamento de una sola habitación, lo que le obligaba a dormir en el salón con su hermano mayor, Craig.
En mitad de la oleada de familias afroamericanas monoparentales registrada en los setenta, los Robinson se mantuvieron unidos. La madre, Marian, que durante los recientes meses de campaña electoral ha cuidado muchas noches a las dos hijas de Michelle y Barack, fue secretaria y ama de casa. El padre, Fraser, ya fallecido, padeció desde muy joven esclerosis múltiple, pero logró sacar adelante a su familia trabajando como empleado de la planta de agua de la ciudad de Chicago. Craig y su hermana acudieron a una escuela donde se mezclaban con naturalidad blancos y negros. «Yo no fui consciente de mi negritud hasta que llegué a la universidad. A veces me hacían sentir como una visitante del campus», dejó escrito Michelle tras su paso por Princeton, donde estudió Sociología y Estudios Afroamericanos. Más tarde se graduaría en Derecho en la elitista Universidad de Harvard.
Ronquidos y aliento
Encontró pronto trabajo como abogada en la firma Sidley Austin, donde se encargaba de pleitos relacionados con la propiedad intelectual. Allí, en el verano de 1988, le pusieron a su cargo a un apuesto becario, dos años mayor que ella y nacido en Hawai. Se llamaba Barack Obama. Y lo gracioso es que la que ahora recoge «los calcetines y las toallas que Barack va dejando tiradas por la casa», la que soporta «sus ronquidos y su mal aliento matutino», como ella misma ha confesado en público, fue su jefa antes que su esposa. Nadie se atrevía a pedirle una cita a aquella rotunda mujer con hechuras de jugadora de baloncesto. Nadie salvo Obama, que la invitó una noche a ver la película de Spike Lee 'Haz lo que debas'. «Siempre me han gustado los grandes retos», bromea al recordarlo el recién elegido presidente.
Lo que de verdad encandiló a Michelle fue el poder de convocatoria de Barack que, días después de invitarla al cine, la llevó a presenciar uno de los mítines que, como organizador comunitario, solía dar en el sótano de una iglesia, ante un entregado grupo de afroamericanos. Se casaron en 1992 y tienen dos hijas, Malia, de diez años y Natasha (Sasha), de siete. «Mi principal labor en la Casa Blanca será seguir ejerciendo de madre en jefe», ha declarado la señora Obama. Y es que ella no será una 'hockey mom', como Sarah Palin, pero sí una 'soccer mom', o madre acostumbrada a acompañar a sus hijas a los entrenamientos y partidos de fútbol (deporte típico de las niñas en Estados Unidos). De hecho, fue su vocación maternal lo que le llevó a pedir una excedencia parcial en su último empleo como vicepresidenta de relaciones externas para la red de hospitales de Chicago.
Su marido la llama «mi roca», por la solidez de su criterio y la forma que tiene de anclarle a él (más dado al ensimismamiento intelectual) a la tierra. «Barack es ese soñador con el que comparto techo», ha declarado alguna vez Michelle. A ella, de hecho, no le gustaba (casi le deja de hablar) que él se embarcara en la carrera presidencial. Y el propio Obama ha contado en un libro que un día que llamó a su esposa desde el Senado, exultante porque acababa de lograr la aprobación de una ley, ella, tras escucharle, le ordenó que antes de llegar a casa pasara por el súper y comprara un insecticida, «porque estamos sufriendo una invasión de hormigas». Huelga decir que Barack, que le hace caso en todo (menos en lo de dejar de fumar) acató la orden.
Sus admiradores la consideran espontánea y sincera. Sus enemigos, lenguaraz y antipatriota. Y todos, mujer de mucho carácter que en campaña se reveló como 'candidata' con gancho (algún que otro 'Joe el fontanero' habrá votado demócrata pensando en ella). A Michelle le gusta presumir de americana media que se compra la ropa en la tienda 'online' de la firma 'J.Crew' (una especie de Cortefiel), aunque cada vez recurre más a la diseñadora Maria Pinto.
Afroamericana auténtica. Negra (no como su marido que es hijo de blanca y, por lo tanto, mulato), Michelle Obama, como primera dama, simboliza la reconciliación de Estados Unidos con su propia historia. «Crecí pensando que los lugares a los que iba llegando no estaban hechos para mí», dijo una vez. Y, bueno, es más que probable que la Casa Blanca no se concibiera para albergar a la tataranieta de un esclavo, pero la realidad es que ahí está ella. Parafraseando el eslogan de la campaña demócrata: 'Yes, she can!'