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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Mundo

barack obama

El primer presidente negro se crió con una experiencia vital que le conectó más con el mundo que con su raza

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No es sólo el color lo que cambió ayer en la Casa Blanca. George W. Bush era el hijo de un presidente y nieto de un senador. Barack Obama es hijo de un emigrante keniano que abandonó a su madre cuando él tenía apenas 2 años. El abuelo Onyango era un herborista que vivió en una choza cuando aún ni se oía hablar del hombre blanco.
Son dos experiencias vitales completamente diferentes y ésa es precisamente la mejor tarjeta de presentación que tiene el nuevo presidente de Estados Unidos. Su elección supone una brillante operación de márketing diplomático, más capaz de reparar el daño que ha dejado su antecesor en la escena internacional que las heridas raciales de su país, donde muchos quieren zanjarlas con su elección.
Una de las confesiones biográficas más reveladoras del abismo que le separa de sus hermanos negros es el hecho de que hasta los 9 años ni siquiera fuera consciente de las connotaciones peyorativas de su color de piel. Y no lo descubrió por una mirada de odio en la calle, espetado por algún desaprensivo, sino en las páginas de un ejemplar de la revista 'Life' que ojeaba aburrido tras acabarse un cómic, mientras su madre hacía una entrevista de trabajo en la Embajada americana en Yakarta.
El juego del muchacho era adivinar la historia del reportaje a través de las fotografías antes de leer el pie de foto, hasta que dio con la de un hombre en que, a primera vista, no encontró nada inusual que le diera la pista. «Sus manos tenían una palidez innatural, como si le hubieran extraído la sangre de la piel». Entonces descubrió con horror que miles de negros como ése habían respondido a un anuncio de tratamientos químicos para aclarar la piel que prometía «la felicidad de un blanco». El niño que se había criado entre blancos en un estado multicultural como Hawai sintió de pronto «un arrebato de calor en el rostro y en el cuello», contó en su libro 'Sueños de mi padre'. «Se me hizo un nudo en el estómago y las páginas se volvieron borrosas». Hasta ese momento su madre le había hecho sentirse orgulloso de compartir el color de piel de Nat King Cole y Sidney Poitier.
En una burbuja
«El hecho de que mi padre no se pareciera en nada a la gente que yo tenía alrededor y de que era negro como el tizón, mientras mi madre era blanca como la leche, apenas se había registrado en mi mente», confesó. Eran los años sesenta, en el resto del país todavía se linchaban negros, se quemaban niños en las iglesias y los matrimonios interraciales aún eran ilegales en muchos estados. Obama había vivido en una burbuja que le ahorró el resentimiento que llevan dentro sus hermanos de color.
Algo que probablemente contribuyó de forma decisiva a marcar el carácter conciliador que le caracteriza. Ni como persona ni como político, Obama no es un hombre que busque la confrontación ni reaccione ante las provocaciones, lo que frustró a John McCain durante los debates y dejó perplejos a sus propios seguidores. Los analistas creyeron que era una estrategia para no despertar al fantasma del 'angry black man' que tanto asusta a los blancos. Los republicanos lo vieron como un síntoma de debilidad imperdonable para el nuevo comandante en jefe del país más poderoso del mundo. Y los biógrafos recordaron que Obama había heredado el carácter y la influencia de su madre.
«La única vez que vi a mi madre enfadada es cuando veía crueldad, cuando alguien era víctima de abusos o se le trataba distinta por ser diferente. Y si me veía a mí portarme así se ponía furiosa, y me decía: 'Imagínate en los zapatos de esa persona, ¿cómo te sentirías?' Esa idea tan simple que no creo que siempre entendiera cuando era niño, se quedó conmigo».
Eran las bases que hacen del nuevo presidente un ser especialmente dotado para reconciliar los muchos enemigos que su país se ha labrado en el mundo durante la Administración Bush. Si Bush apenas había cruzado la frontera sur con México, rodeado siempre de privilegios, Obama pateó las calles de Yakarta a los 6 años como un niño más. Seis meses después hablaba el idioma y comía saltamontes. Su padrastro seguía una rama del islam que dejaba sitio al hinduismo y su madre era una agnóstica con tendencias budistas que «creía en un orden de bondad en el universo». Su padre, un polígamo con tantas mujeres que su árbol genealógico hay que leerlo como un libro de García Márquez, con papel y boli para seguir la rama familiar. Y su primer compañero de piso en la Universidad de Columbia (Nueva York), un paquistaní que se convirtió en su mejor amigo.
Un zoo en casa
En Yakarta vivía en una casa abierta de estuco y azulejos, con un patio trasero «que parecía un zoo», con monos, cocodrilos, cabras, gallinas «y mosquitos como barcas». Antes de los 10 años ya había visto «el vacío en el rostro de los agricultores el año en que no llovió», y «la desesperación al año siguiente cuando sólo llovió durante un mes», contó. «El mundo era violento y yo estaba aprendiendo lo impredecible. Y a menudo lo cruel que puede resultar».
Marcado más por la ausencia de su padre que por su presencia, Obama descubrió que su verdadera búsqueda no era la de ese hombre ausente al que había idealizado sino una búsqueda de identidad racial que le llevó hasta los barrios negros del sur de Chicago, donde formó una familia negra y tramó las conexiones políticas que le llevaron al poder.
Su fascinante biografía ha llenado dos libros que nutren la imaginación de sus seguidores, pero la mejor virtud de Obama ha sido la de ser un espejo en el que cada uno refleja «nuestros mejores ángeles», según Bruce Springsteen. El propio Obama admite ser un molde en blanco en el que todo tipo de gente proyecta su visión. «Y como tal, estoy condenado a decepcionar a muchos, si no a todos».
Si el éxito de Roosevelt fue descubrir el poder político de la radio y el de Kennedy el de la televisión, el de Obama ha sido Internet. Con ese instrumento ha creado un enorme movimiento de bases al que ha hecho dueño de la campaña más cara de la historia. ¿Tendrá que compartir ahora el Gobierno con ellos? Obama no se parece en nada a ninguno de los presidentes que hasta ahora aparecían en el dólar. La cuestión es si su país será el mismo cuando deje su marca en la Casa Blanca.
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