La adolescencia es un tiempo crítico en la que los padres corren el riesgo de «trivializar las penas de sus hijos» y atribuir a las cosas propias de la edad un problema tan grave como la depresión. El profesor de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona Eduard Vieta llamó ayer la atención sobre la necesidad de que se preste atención a los problemas que abruman a los quinceañeros, aunque se piense que se trata sólo de banalidades. Un 3% de los casos de depresión se desatan en esta etapa de la vida; las estadísticas dicen que un 15% de los enfermos acaba suicidándose.
La depresión tiene el problema de que se presenta con síntomas sibilinos. Al principio, no interfieren en la capacidad de la persona para realizar actividades cotidianas, pero sí son lo suficientemente canallas como para ir minando la autoestima. Contra lo que pueda imaginarse, nadie comienza poniéndose triste y melancólico de la noche a la mañana.
La enfermedad se presenta en forma de mal humor, dolores de espalda y de cabeza, y problemas para conciliar el sueño. El afectado comienza a sentir que le faltan ganas para hacer cosas que en otro tiempo hubiera hecho encantado. Es posible que atribuya su situación al estrés, que cada vez tolera peor, pero se equivoca.
Estas y otras circunstancias contribuyen a que más de la mitad de los casos de depresión no se diagnostiquen, lo que contribuye a incrementar el sufrimiento de los afectados y les impide disfrutar de un tratamiento que, muy probablemente, mejoraría su situación. La experiencia demuestra que un tercio de los pacientes atendidos por un especialista logra controlar por completo sus síntomas y hacer una vida normal; y otro tercio consigue que su situación mejore. El tercio restante no responde a la terapia actual.
Pérdida de placer
El porcentaje de pacientes con fracaso terapéutico es importante, pero las cifras también demuestran que es mejor recibir asistencia que no hacerlo. Los síntomas empeoran cuanto más tiempo se pasa sin terapia. Las personas deprimidas dejan de producir un neurotransmisor llamado noradrenalina, ligado al placer. Dejan de disfrutar de las relaciones familiares, con amigos, del sexo. Además, toleran peor el dolor y con el tiempo también sufren trastornos cognitivos, porque la noradrenalina también se relaciona con el aprendizaje, la memoria y la velocidad con que se procesa la información en el cerebro.
La enfermedad acaba afectando también al plano social. «Se pierden amigos, uno se vuelve más conservador, deja de progresar en el trabajo y la relación de pareja también se resiente».