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El triunfo en estados clave acerca a la Casa Blanca al candidato afroamericano en una jornada electoral que registró una histórica afluencia de votantes
05.11.08 -

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Para llegar al 1600 de la Avenida Pensilvania, donde se ubica la Casa Blanca, es imprescindible ganar el estado de Pensilvania, y eso es precisamente lo que hizo ayer Barack Obama. Fue el golpe más devastador de los recuentos de la noche, el punto de inflexión que acabó con la fe de John McCain y el poderío republicano de los últimos ocho años.
Una avalancha de estadounidenses se lanzó a las urnas para elegir a su nuevo presidente, que deberá liderar la salida a una colosal crisis económica y gestionar las guerras en Irak y Afganistán que le deja en herencia George W. Bush. Las largas colas -en algunos casos, de varias horas- formadas en los colegios auguraban una participación sin precedentes.
Al cierre de esta edición, el demócrata acariciaba ya el sueño de convertirse en el primer presidente negro de EE UU. Había ganado otro de los estados clave, Ohio, y llevaba la delantera en Florida, que en las dos elecciones anteriores dieran respectivamente la victoria a George W. Bush. McCain había perdido también New Hampshire, el estado que marcó su renacer en las primarias. Mantenía, eso sí, los bastiones tradicionales de su partido en el sur -Kentucky, Virginia Occidental, Tennesee y Georgia entre otros- pero eso no era suficiente para mantenerse en la lucha
El partido demócrata parecía también destinado a aumentar su mayoría en las dos cámaras del Congreso, lo que le daría un gobierno muy cómodo al nuevo presidente. Y, además, los republicanos habían perdido asientos emblemáticos como el de Elizabeth Dole en Carolina del Norte, a la que sustituirá la demócrata Kay Hagan.
La primera pista de que Obama podría triunfar había llegado con el desglose de los temas que más influyeron en la decisión de los electores a la hora de votar. Para el 62% lo más importante fue la economía, seguido muy de lejos por la guerra de Irak. En ambos temas era el favorito de los electores. McCain ganaba entre quienes estaban más preocupados por el terrorismo, que ocho años después del 11-S y sin vídeo de Osama bin Laden sólo fue la prioridad del 9% de los votantes.
Aglomeraciones
En el parque Grant de Chicago, donde el senador por Illinois había convocado a sus seguidores para celebrar la victoria, nadie se planteaba la posibilidad de perder. Los vendedores de camisetas ya habían impreso una portada ficticia del 'Chicago Tribune' que proclamaba a Obama presidente, y el Partido Comunista animaba a que el movimiento por el cambio no acabase con llevarlo hasta la Casa Blanca.
'Es la mañana después de las elecciones, ¿Qué vas a hacer ahora?', preguntaba una pancarta. «La gente se ha movilizado como nunca para estas elecciones», explicaba Grant Newsburger. «No queremos que la gente se vaya a casa y se quede sentada esperando a ver qué hace Obama para cambiar las cosas».
Se calcula que al menos 130 millones de estadounidenses se volcaron en las urnas. La mayoría estaba tan impaciente por nombrar al sucesor de Bush que prefirió madrugar, por lo que las mayores aglomeraciones se produjeron en torno a las 7 de la mañana.
Los números definitivos de participación tardarán meses en saberse, pero es conclusión unánime de todos los expertos que ayer se rebasó con mucho la marca del 60.7% de 2004, cuando ya se registró la participación más alta desde 1968. Un año de cambio social que conectaba con la actualidad, como si el país despertase de un largo letargo.
Ayer resucitaron muchos apáticos políticos. Era el caso de Clark McComb, un afroamericano de 50 años que votó por primera vez en su vida en un colegio del South Loop de Chicago. «Yo nunca creí en los votos», explicó el hombre. «Hace 30 años intenté votar una vez y no supe cómo hacerlo, así que me volví a casa, y hasta hoy».
El candidato demócrata, que tanto ha trabajado en Chicago para organizar a sus hermanos de color, estaría orgulloso de él. No sólo porque le dio su sufragio, sino porque McComb explicaba con mucho civismo que no había votado «para hacer presidente a Obama, sino porque he comprendido que si no soy parte del proceso no tengo derecho a quejarme».
Del mismo modo se manifestaba Kevin Lynch en la misma escuela, donde ayer se daban cita ricos y pobres, unidos por el proyecto de cambio del ganador indiscutible de Illinois. «Éstas son las elecciones más importantes de mi vida», aseguró el empleado financiero de 37 años, mientras iba a por el café que Starbucks daba gratis con el recibo de haber votado. «Obama es mi hombre, y estoy muy entusiasmado con él, a pesar de que no podrá hacer mucho por el estado en que le han dejado el país. Pero si lo único que hace en cuatro años es acabar con la guerra de Irak, seré mucho más feliz que en los últimos ocho años».
No fue sólo el sentido del deber y la esperanza del cambio lo que provocó esta avalancha en las urnas, sino «la urgencia del ahora» que les ha pregonado Obama parafraseando a Martin Luther King, y la emoción de sentirse parte de la historia. «Hoy (por ayer) tengo la misma sensación que cuando Mandela salió de la cárcel», evocó un taxista guineano camino del barrio donde votó el aspirante a las 7.30 de la mañana. «Aquel día fue uno de los más emocionantes de mi vida, y hoy va a ser otro», sentenció.
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