Sabido es que Fernando Alonso siente aversión a las ataduras, a toda carga que suponga un plus para su ejercicio profesional. Acepta los compromisos laborales como una parte más de su agenda. Una rueda de Prensa en inglés, italiano o español, el saludo protocolario a los vip del 'paddock club' cada domingo de carreras a las once de la mañana o un evento con los patrocinadores que tienen derecho a alquilar sus servicios varios días al año como contraprestación al estipendio extra que recibe. Pero en la Fórmula 1 no se mueve por emociones, ni sensaciones, ni premoniciones. Es una hoja de cálculo, una versión del Excel que cronometra, computa, evalúa y decide. Su temporada 2008, sin embargo, es el resultado de un sentimiento: el cambio de McLaren a Renault.
Hace ya semanas, Flavio Briatore paseó su modelo de chaqueta cortada a la moda por varias estancias de Madrid. En una exclusiva comida con directivos, deslizó un mensaje sibilino, muy del gusto de las intrigas de la F-1. Vino a decir que el explosivo rendimiento de Hamilton en su debut en 2007 había beneficiado a la parrilla. Que la competición hubiera sido un monopolio de McLaren en competencia con Ferrari si Alonso y Hamilton hubieran continuado bajo el manto de Ron Dennis. Y, sobre todo, que a Renault le había venido de perlas que Hamilton se subiese a las barbas del bicampeón del mundo, que discutiese su hegemonía rodando en tiempos similares a los del español. Que la velocidad de Hamilton, en definitiva, había devuelto a Alonso a su escudería nodriza.
El piloto rechaza que McLaren haya modificado su carrera. Es visceral en determinados planteamientos. «Allí no podíamos seguir», ha repetido en privado muchas veces este año. Mensaje suave en contraposición a lo que salió de sus labios cuando Luis García Abad, su mánager, rompió el contrato. «Estamos fuera», dijo. Fuera de una jaula.
Aprobado raspado
El retorno a Renault ha propiciado una temporada de espinas, muy alejada del exigente perfil de Alonso. «Me doy un aprobado raspado», señaló en Brasil, con dos victorias en un año que anunciaba calamidades. «El curso comenzó en Australia y no estábamos preparados». Porque después de tantos años en la cúspide, estamos ante una persona que simboliza valores en desuso: es muy trabajador, concienzudo, sacrificado hasta la exageración y enemigo de los vagos. No ofrece ninguna vía para el 'glamour'. Prefiere la luz del día al enigma de la noche. No va a fiestas de la F-1. Escoge antes una pizzería artesanal con buena materia prima que el restaurante último grito, donde se exige ver y ser visto. No da juego al mundo rosa porque eligió su privacidad. «Es un soso», dicen sus detractores. «Soy normal. Y cuando eres normal en la F-1, te tachan de raro», argumenta.
Por no seguir el guión, Alonso se fue de McLaren. Se sintió menospreciado en esa cárcel de oro porque el estímulo del grupo empujaba a Hamilton. Aquellas teorías de la conspiración, de neumáticos sin presión, de supuestos tratos mecánicos de favor, se diluyen ahora con el rendimiento del inglés, en primera fila sin Alonso a su lado. El español no era querido en McLaren, cierto, nunca hubo química con la dirección y la atmósfera del equipo. Y entre un coche ganador que le podía elevar a los altares de la F-1 y lo que él entendió como liberación, eligió el campo abierto.
Vuelta a Renault. Tu equipo, se le dice sin mayor pretensión. No, rechaza el ovetense, siempre con vistas al pasado. Alonso es él y sus circunstancias. Durante esta temporada, más que nunca, ha recordado a todo el mundo sus inicios en Minardi, los nudillos que se dejó cuando era un alevín en busca de patrocinadores, los fines de semana en carretera desde Oviedo hasta Italia, aquellas décadas en que la F-1 pasaba por un deporte clandestino en España. «Eso sí era duro», rememora. Como dijo el torero El Gallo, «más cornás da el hambre». Para Alonso, más cornadas daba Minardi.
Su estatus se sustenta en ese pasado que nunca olvida. Y su futuro se adivina en la misma cocina, a pesar del hermetismo profesional que maneja su grupo de trabajo, siempre el mismo: su padre José Luis, su mánager Luis, su pareja Raquel y su fisioterapeuta Fabrizio. Con una suma general de aplicaciones, el minúsculo aletín de Montmeló, el alerón delantero de Singapur, suspensiones adaptadas a su conducción, lubricantes con mejor resultado, y el talento del piloto, el R28 revivió cuando se le daba por muerto.
El piloto siente desconfianza por las limitaciones de presupuesto de Renault respecto a McLaren y Ferrari. Duda que pueda competir en igualdad de condiciones cuando casi todos los equipos disponen de tres túneles del viento y Renault sólo de uno. La marca francesa experimenta con un tercio menos de piezas que sus adversarios. Y reza para que, al elegir, no haya equivocaciones.
«No vengas por aquí, Stefano, que se lía», bromea el piloto cada vez que Domenicalli, el hombre fuerte de Ferrari, se acerca a la casa Renault. Es su destino natural, el mejor piloto con el mejor coche. Alonso está loco por esa música, pero de momento debe esperar.