Mike Hawthorn, John Surtees, Jim Clark, Graham Hill, Jackie Stewart, James Hunt, Nigel Mansell, Damon Hill... y Lewis Hamilton. El flamante campeón del mundo accede al Olimpo con un año de retraso, tras despreciar la monumental oportunidad que su calidad y los desmanes en McLaren le pusieron en bandeja el anterior curso. Negro, el primero en casi sesenta años de historia. Joven, el que más sustituyendo a Fernando Alonso como número uno. No parecía estar llamado a brillar tan pronto, pero algo vio en él Ron Dennis cuando se le acercó de niño vaticinando que algún día correría para su equipo. Desde lo que para muchos era una insolencia infantil se fraguó una sociedad indisoluble. Sí tragó Dennis en 2007 con el motín protagonizado por su delfín, lo que no tendrá que digerir en adelante.
En un remedo del 'Black Power', Hamilton se coronó mientras Tsonga hacía lo propio, raqueta al viento, ante los suyos en París-Bercy y Obama seguía ganando enteros en su contrarreloj hacia la Casa Blanca. Los méritos no se pueden medir, ni comparar. Pero Hamilton, como lo sería el candidato demócrata, es el que ha roto una lanza, quien ha abierto una puerta cerrada hasta ahora con cien cerrojos para los deportistas negros. Ninguno había llegado a la glamorosa máxima expresión de la velocidad y el primero va y se lleva a la chica más guapa de la verbena. Por encima de aberraciones racistas, como las que llevaron este mismo fin de semana a cerrar una página web en la que el cromatismo parecía constituir un vergonzoso motivo de odio hacia el inglés. Bochornoso.
Como lo ha sido también la caza y captura a la que fue sometido desde que se rebelara contra el orden establecido. McLaren lo propició el año pasado en Silverstone y el propio piloto siguió el mismo camino en agosto en Hungría. Su edulcorado perfil es fruto del márketing que todo lo toca. La sonrisa 'Profidén' es la de puertas afuera, la de su otro yo, el que menos valora. El más auténtico es el que le define como un depredador de la competición. Vio la luz en el ejercicio pasado y acabó cegado y dejando un compañero malherido por el camino. Pero eso no está reñido con su capacidad para pilotar. Ningún 'manzanillo', pese a guiar el mejor coche, podría ser campeón del mundo. Aunque a punto ha estado de serlo quien para muchos se acerca a tan deshonroso apelativo. Pero esa letra pertenece a otra canción.
Campeón del mundo a los 23 años, 9 meses y 26 días, con la segunda bala utilizada. Hamilton dejó volar ayer la imaginación hasta visionar a su abuelo Davidson en la isla de Granada, guiando como nadie un autobús escolar. Heredó su afición al volante que ha desarrollado en interminables sesiones en el simulador. Antes de ser profesional y ahora que es campeón. También ayer, de vena pendenciara como tiene, rebobinó la cinta de su escueta vida para detenerse en las burlas de sus compañeros de clase en el barrio londinense de Tewin Wood, donde sus compañeros metían en la misma coctelera su esmirriado físico -llegó a aprender y practicar el karate como método de subsistencia en las calles-, la separación de sus padres (cuando tenía dos años) y el pluriempleo del padre Anthony más allá del horario laboral en el metro. Sí, el mismo que ha gastado estos dos años varios bolígrafos firmando autógrafos como si los destellos de la fama también le correspondieran a él. Seguro que sí por todo lo que ha hecho por su vástago, aunque en absoluto haya sido siempre bien entendido.
Autor de un libro a tan corta edad, Hamilton carece de pudor. Eso está claro. En el amor y la guerra todo le vale. ya ha protagonizado varios deslices y se sabe que para nada le hace ascos a la 'dolce vita', aunque en la pista ha demostrado que no le afecta en apariencia. Ayer, su hermano Nicholas estuvo a punto del infarto. Aquejado de una parálisis cerebral, sus limitaciones le impedían articular los gestos habituales en el resto de los integrantes del 'box' de McLaren. Sus otros dos hermanos (de madre), Nicola Hewitt y Samantha, se contentaron con seguirlo por televisión a miles de kilómetros de distancia.
El otro 'hijo del viento' (el Lewis le viene de la adoración de su padre por Carl Lewis) ya vuela solo. Nada ni nadie ha podido con él. Ni con su flor, que daría para un capítulo en su próximo libro, que lo habrá. Y es que no hay nada como mezclar el talento con la fortuna. Porque, ¿quién puede poner en tela de juicio la valía de un piloto con 22 podios, 13 'poles', 9 victorias y sólo dos abandonos en las 35 velas, una por carrera, que ha soplado desde que llegó a la Fórmula 1?