El Alavés perpetró ayer uno de esos partidos que hielan el corazón de los aficionados y obligan a una profunda reflexión. Después de diez meses encajó la primera derrota en Mendizorroza y lo hizo al desplomarse de forma estrepitosa ante un colista, el Elche, que se bastó con orden e intensidad para colarse por todas las grietas que convirtieron a la escuadra vitoriana en un edificio en ruinas. Ni las importantísimas bajas de Garitano y Emilio Sánchez en el eje del equipo pueden servir para justificar noventa minutos de tal impotencia. Blando, sin fútbol ni empuje y huérfano de timón desde el banquillo para buscar soluciones al desaguisado general, el conjunto albiazul vivió un calvario que acabó con su solidez en casa y le mete de lleno en las necesidades clasificatorias.
La extrema tranquilidad con que vivió el adversario desde el arranque hasta el epílogo -ni una ocasión de gol alavesista por segundo partido consecutivo- habla de nuevo de las carencias de un bloque que ha perdido equilibrio, solvencia, intensidad y pegada. El fútbol vivo y veloz de otras ocasiones en las zonas de peligro, amparado en el dominio físico del centro del campo y el control de las segundas jugadas, dejó ayer paso a una versión pastosa, donde el balón se movió siempre lento e impreciso y las recuperaciones en campo ajeno resultaron una rara avis. Como si el Alavés, acunado en la magia del Paseo de Cervantes, esperase resolver por inercia. Lo hizo el Elche, que pareció salir al campo a la espera de las andanadas locales y tan cómodo se sintió dentro de su traje que contragolpeó casi sin proponérselo.
César y Casar
El partido había nacido como se esperaba: con el vitoriano César elegido para acompañar a Astudillo en el doble pivote. Quizás la opción más lógica para equilibrar el centro del campo, pero también la más arriesgada al extraer de la defensa a la pieza más sólida de la temporada. Almirón se estrenó como central junto a Casar, al que Miguel puso claramente en evidencia en el 0-1. Salmerón, que en este arraque de campaña ha intercambiado al cántabro y Mateo, lanza continuos mensajes de que ninguno de ellos le ofrece garantías. Salvo en partidos puntuales, así ha sido hasta ahora.
Se empeñó el Alavés en la vía del toque para derribar el muro del Elche y sólo le alcanzó para que su fútbol estático resultase previsible hasta el extremo. Los desmarques de Igor Martínez y la habilidad y ganas de Toni Moral se convertían en la única esperanza de alterar un guión insufrible. Si colectivamente, como ya sucedió ante el Hércules, la lectura y el desempeño del partido resultó pobre, individualmente tampoco apareció la chispa. Futbolistas como Moreno y Javi Guerra resultaron engullidos por el partido. Albacar, otro de los que cabe esperar algo diferente, se perdió entre los problemas defensivos y las imprecisiones en sus subidas. El encefalograma plano del Alavés era manifiesto a la media hora de juego. Una hora después, con el pitido final, el 0-3 reflejaba todas las miserias.
Cambios sin reacción
Salmerón varió el esquema a un 4-1-4-1 con la entrada de Pedraza por Casar, pero nunca variaron las intenciones del equipo, que se empecinó en el juego en corto hasta la desesperación y nunca tuvo velocidad ni precisión. Tampoco con la entrada de Cuevas movió el Alavés a la defensa del Elche, que vivió una de esas tardes idílicas que dificilmente se pueden soñar a domicilio. Más aún cuando Iván Bolado, pretendido durante el verano, aprovechó un rechace para demostrar su habilidad en el área y sentenciar el partido.
Ante la más que comprensible desazón de la hinchada, expresada ya en silbidos, el Alavés vivió un final de encuentro de desorientación y un 0-3, después de un 3-0 en Alicante, que convierte en habitual un resultado que en una Segunda División de ajustados marcadores habla de graves problemas en todos los aspectos.
Dos partidos consecutivos de negros nubarrones encapotan la trayectoria de un Alavés que cuando ha rebajado su nivel de intensidad y se han diluido sus individualidades se ha convertido en blanco demasiado fácil para sus rivales. Queda una semana por delante para entender que a estos niveles de calidad el fútbol sólo suele aparecer como consecuencia del empuje colectivo y no al revés. El batacazo debe servir para que el cuadro albiazul por fin despierte.