'Sólo quiero caminar', la cuarta cinta de Agustín Díaz Yanes (Madrid, 1950) parece una película americana; de hecho lo es. Está rodada en México en su gran mayoría y tanto la estética como la acción -y hay mucha- calca lo que ofrecen las cintas de Hollywood con más éxito de taquilla.
«Es el cine que me gusta. De tanto ver a Scorsese, a Eastwood y a Tarantino algo se queda. Dicen que les hago un homenaje, igual es que les he copiado directamente», ironiza el director al que los amigos llaman Tano y otros han apodado Tarantano después de ver como se las gastan Victoria Abril, Ariadna Gil, Pilar López de Ayala y Elena Anaya enfrentadas a una banda de mafiosos mexicanos. Por cierto, él odia el apodo. «Me lo puso Victoria en el rodaje de 'Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto' y no dejan de repetirlo. Es de esas cosas que te tocan los cojones, pero qué le vamos a hacer».
Díaz Yanes habla con el corazón en la mano, un cigarrillo en los dedos y algún que otro taco en la boca. Es un placer escucharle y sorprende ver cómo se olvida del tabaco cuando se enfada. «Es una injusticia lo que se hace en España con los guionistas, es indignante», comenta el actual presidente de la Asociación Autores Literarios de Medios Audiovisuales. «Acepté el cargo por obligación moral porque a mí me iba bien como director y en este país parece que dedicarse a escribir es una mierda».
-Ha llenado usted el filme de guiños cinéfilos.
-Hay muchos ¿verdad? Victoria hace el mismo papel de Gloria Duque que en 'Nadie hablará...'
-¿Vuelve a sus orígenes después de Alatriste?
-No lo sé. Al menos intencionadamente no, pero a veces el subconsciente... Lo que tenía claro después de 'Alatriste' era que iba a rodar una película muy contemporánea. Cuando te metes en la 'época' te absorbe mucho: los sombreros, la precisión histórica, que si el cordero se cocinaba de no sé que manera. Quizá en ese sentido vuelvo a los orígenes con una cinta de chicas que son atracadores. Desde luego no es la segunda parte de 'Nadie hablará...'.
-Los americanos vienen a rodar aquí y usted se marcha a México.
-Es el magnetismo español. Me recuerda una anécdota del viejo cine americano. Una vez la conté y sentó muy mal, pero ¡qué demonios! En aquel entonces Ben Hecht, el mejor guionista clásico, está en Nueva York escribiendo obras de teatro cuando le llama el hermano de Mankievich, que estaba en Los Ángeles, y le dice: «Coge un avión y vente para Hollywood. Aquí son todos tontos y se gana un porrón de dinero». Ahora los directores americanos hacen lo mismo. Vamos a España que son gilipollas y los Ayuntamientos nos pagan un pastón. Me parece escandaloso. Son grandísimos cineastas y no lo necesitan. Era un honor cuando venía Spielberg a rodar los Indianas y daba trabajo. Ahora les ponemos las ciudades enteras, mientras los españoles nos encontramos con todo tipo de problemas para rodar. Hemos ido a México como si fuera España: a trabajar, pagando los sueldos que pagaríamos aquí y nos han tratado como a Dios.
-Ha declarado que allí la película ha cambiado mucho.
-Nunca había reescrito tanto durante un rodaje. Con esos escenarios te das cuenta de que muchas de las cosas que tenías pensadas se pueden mejorar. Además, los actores mexicanos (Diego Luna y José María Yazpik) cambiaron muchas cosas a mejor, mexicanizaron las frases. Incluso cambié todo el final.
-¿Todavía moría más gente?
-No sé por qué dicen que mato mucho. ¿Cómo va a terminar una historia tan dura? ¿Les compro un piso en Benidorm para que trabajen en una librería? Me había quedado un desenlace un poco empalagoso y no puedes hacer una peli brutal con un final muy ñoño. Así que junté a Ari (Ariadna Gil) y a Diego Luna en el avión y se lo conté.
-¿Y ha funcionado?
-Es consecuente con el resto de la película. De todas formas no entiendo esa obsesión por los finales felices. Parece que si haces una cabronada de película pero tienes un final feliz la gente irá al cine a verla. En realidad da igual, no deberíamos conocer cómo acaba un filme antes de verlo. Además, si la cinta es un coñazo a quién le importa el final. A veces, compañeros me dicen que tienen dos finales posibles y que no saben cuál elegir. La pregunta que debes hacerte es: ¿pero la peli es buena? Con el último plano no vas a salvarla, como mucho puedes empeorarla.
-¿Cuál es el secreto para hacer una buena película?
-Yo lo aprendí de Clint Eastwood. En serio, lo contó en una entrevista. Cuando eliges a una actor tienes el 90% del personaje. Si no has acertado no hay nada que hacer así que rodéate de los mejores actores y actrices que puedas.
-Usted sigue el consejo al pie de la letra. Victoria Abril, Ariadna Gil, Pilar López de Ayala... En 'Alatriste' estaba Viggo Mortensen junto a los más granado del panorama nacional. En 'Sin noticias de Dios', Victoria Abril y Penélope Cruz. Menuda lista.
-Estoy en el cine gracias a Victoria. Todo el mundo lo sabe. Trabajar con esta gente hace que en el 70% de las cosas no tengas que intervenir. No hay que decirles cómo levantarse, tomar un café o llorar. Son cosas básicas, pero te asombrarías del montón de personas a las que hay que explicárselo. No es una actitud muy atrevida, lo sé. Pero mejor que Bigas Lunas descubra las caras nuevas. Es un genio para eso; a las mejores actrices de este país las ha encontrado él. Luego las recojo yo.
-Ariadna borda su papel.
-Está genial, para que negarlo. Se ha salido. Durante el rodaje el director de fotografía y yo la íbamos siguiendo y se nos caía la baba. Era impresionante verla andar, coger el arma...
-¿Es usted lo que llaman un director de mujeres?
-Eso no existe. Yo dirijo hombres, mujeres, perros y lo que me pongan. Hombres o mujeres no hay diferencia. Pedro Almodóvar te dirá lo mismo. Si alguien me explica en qué varía, le escucharé con atención. Ademas, por ser hombre no creo que tenga un mayor conocimiento del mundo masculino que del femenino. No conozco ninguno de los dos. ¡Si yo me los invento siempre!
-Aunque en sus películas sobre todo salen mujeres.
-Porque me gustan mucho las actrices haciendo gilipolleces, con fusiles y coches que se estrellan. Me parece que tiene mucho morbo. Es verdad, Tarantino lo demostró con 'Kill Bill'. Si hubiera cogido al mejor tío, a Di Caprio o a Brad Pitt, y lo pone con una catana a matar a 400 personas, habríamos dicho: 'Bien, vale'. Pero cuando te enteras de que es Uma Thurman piensas: 'Voy a ir verla'. Yo me guió por cosas muy infantiles. Piénsalo. Cuatro chicas que tienen que coger fusiles, escalar paredes, hacer butrones. A mí me dan ganas de ir a verla.
-Coloca a las chicas en una situación límite. Usted lo explica con un símil taurino, 'tirar la moneda al aire'. ¿Al final hay triunfo o cornada?
-Hay puntazos. Todos salen heridos, pero eso es el toro: unas veces te la pega tan fuerte que te deja fuera desitio y otras te recuperas.
-Hay mucha tauromaquia en su filmografía.
-Es porque vengo de una familia taurina (su padre fue banderillero). Creo que en el cine somos un poco tontos porque los toros tienen una parte visual fortísima. Independientemente de que se piense que es un espectáculo bárbaro y se quiera suprimir, es algo icónico. Yo me siento cómodo porque sé manejar los elementos. Por eso, en esta película el hijo de Victoria quiere ser torero y no rockero. Yo con una guitarra eléctrica no me encuentro.
-El papel del niño es otro guiño al espectador ¿no?
-¿Por qué?
-Quiere ser torero, pero se pasa el día escribiendo una narración. Incluso explica a su madre cómo debe actuar para resultar creíble cuando miente.
-¡Qué bueno! Salió así, sin más. Ha sido el subconsciente. Voy a contarlo a partir de ahora.
-El gazapo de la boda sí lo ha dejado adrede.
-¿El de la camisa de Diego? Lo vimos enseguida en el montaje, pero preferí no cambiarlo. Pronto veremos en Internet que hablan de la mancha que desaparece. Qué le vamos a hacer. La verdad es que la toma en la que brindan con tequila y se mancha al beber era buenísima, parecen dos tíos mangas de verdad diciendo tonterías. El problema es que en el resto de la secuencia quedaba muy feo porque se caló entero. No me importa el salto, prefiero quedarme con el mejor plano posible en cada momento.