Seis de la tarde del jueves. Pablo Sanz y Esther Sánchez, una pareja de madrileños, acaban de recalar en Vitoria, en concreto en el albergue Carlos Abaitua. Es su última etapa de un viaje de dos semanas por el norte de Burgos, Cantabria y el País Vasco. Tienen 26 años, hablan inglés y trabajan en entidades financieras. Sin embargo, disponer de empleo no les impide alojarse en albergues siempre que pueden. Tienen vocación de mochileros. La adquirieron durante un año de estancia en Escocia, Reino Unido e Irlanda y gracias a un recorrido por media Europa con el interrail. «Es otra forma de viajar. Si vas de hotel, igual sólo puedes cenar un sandwich; si vas de albergue, te puedes permitir comer en un buen restaurante o alargar la estancia», argumentan.
Pablo y Esther apuestan por el alberguismo cuando recorren pueblos y ciudades, también porque «nos parece la mejor opción de conocer gente de otros lugares y la vida de la zona. Un hotel resulta mucho más aséptico». Y Pablo se explica: «En algunos sitios, hay una cocina y hasta puedes prepararte algo para comer o cenar. Eso supone que vas al mercado, que entras en contacto con los lugareños, comparas los precios, ves los productos típicos». ¿Pero no resulta un engorro cocinar cuando se está de viaje? «Bueno, tampoco se trata de complicarte la vida. El otro día, por ejemplo, compramos una ensalada de esas que vienen en bolsa, le añadimos unos tomates y la aliñamos con salsa César. De segundo, pechuga de pavo vuelta y vuelta porque viene precocinada. Como ves, de lo más sano y barato».
Sin señalización
La joven pareja lamenta la escasa cultura 'mochilera' de España. «Salvo que hagas el Camino de Santiago, hay muy poca gente que se plantee unas vacaciones de albergue en albergue», aseguran. Creen que, en buena medida, esto se debe a que apenas se da a conocer este tipo de alojamiento. «Entras en una ciudad y ves carteles con todos los hoteles, pero ni uno que indique por dónde se va al albergue, en caso de que lo haya. Es una pena que no se señalicen como se hace en Europa». Y ponen un ejemplo. «De las doce noches que llevamos de vacaciones, ésta es la tercera vez que nos quedamos en un albergue. La primera fue en Cantabria y lo encontramos por casualidad. Lo mismo nos pasó en San Sebastián. Como conocíamos ninguno, fuimos a una agencia de viajes a buscar un hotel. Cuando nos llevaba un taxi, vimos el albergue, así que al día siguiente, fuimos derechos».
Los madrileños recogen la información que sobre Vitoria y su anillo verde les facilita Igone, una de las encargadas del centro. Después, reservan hora para ver la catedral vieja y, a continuación, se interesan por la gastronomía. «Aprovechad, que es jueves. Hay más ambiente y en varias zonas os ofrecen tapa y vino por un euro», les comenta Igone. «Allá que nos vamos», se animan.