«Pero, ¿qué voy a escribir yo aquí?», musita con rabia, entre dientes, la chica morena. Levanta los ojos enrojecidos y mira de frente las caras de Andoni, Cristina y Mikel. Sus fotos están pegadas en un panel blanco y las rodean mensajes de pesar sincero y promesas de inmortalidad. Luego, la chica morena suelta el bolígrafo, se da la vuelta y se cubre el rostro.
Había ayer muchas preguntas y ninguna respuesta en el patio del instituto Zaraobe de Amurrio. No hacía ni veinticuatro horas que una colisión con un camión en la carretera A-625, en las temidas curvas de Saratxo, se había llevado por delante la vida de Andoni Goti, Cristina Castillo y Mikel Landa. Ella tenía 16 años y era compañera de clase, en Primero de Bachillerato científico, de Uxune, la única superviviente de los cuatro que viajaban en el Kia Sportage azul. Los dos chavales tenían 18 años. Andoni, quien conducía el todoterreno de su madre, cursaba primero de Mecanizado. Mikel estaba en segundo del mismo ciclo y ambos eran amigos inseparables. Los unía la juventud su pasión por el monte y por los animales.
Siempre sonrientes
Al fin y al cabo, «eran chicos de caserío, les gustaba la naturaleza», recordaban sus profesores. «Gente sociable, alegre, buena. Muy naturales. Siempre sonrientes. Sin malicia alguna, como son los chicos de pueblo. Los chicos de aquí». Las familias de ambos tenían cabras. La de Mikel en Sojo, un pequeño pueblo alavés cerca de Artziniega. La de Andoni en la localidad vizcaína de Lendoño de Arriba. Cristina, la más joven del grupo, vivía en el pueblo burgalés de Villalba de Losa.
La Ertzaintza sigue investigando por qué el vehículo en el que viajaban los cuatro amigos, en el que habían ido a pisar las primeras nieves caídas en los montes de Ayala, chocó de manera brutal con un camión Volvo a las tres de la tarde del jueves. Cualquiera que sea la respuesta no aplacará la pena de sus amigos. «Son muchos», advierte uno de ellos. «Todos estos», añade, al tiempo que traza un semicírculo con el brazo para abarcar la multitud que les rinde honores en el patio del instituto.
Allí no estaban sólo los 534 alumnos del Zaraobe. También llegaron antiguos compañeros de estudios y amigos del pueblo, esos que mejor conocían las correrías de «esos cachondos». Como el verde les gustaba, el mejor homenaje debía tener ese color. Y la dirección del instituto decidió plantar en el patio, ahí, a la vista de todos, una encina en su recuerdo.
Era a las once y cuarto de la mañana cuando estaba convocado el acto. Sin embargo, ya media hora antes decenas de chavales se congregaban en el lugar, con la mirada vidriosa clavada en el agujero que recibiría las raíces. Muchos sostenían flores con las dos manos. También llegaron ramos. El cielo gris, el vaho de los alientos y la música nostálgica creaban una atmósfera casi onírica y triste tras un muro de forros polares y rostros graves.
A la hora prevista, la grúa alza el árbol y lo introduce en la tierra. Son amigos de Andoni, Cris y Mikel quienes lo fijan en el lugar que los recordará para siempre. Mientras lo hacen, niegan con la cabeza. Alguno, tras el muro, prefiere no mirar y se aprieta el entrecejo. La mayoría se abrazan por primera vez.
«Como eran ellos»
Por los altavoces siguen sonando baladas y algún tema de KenZazpi. «Para hacer un ambiente más distendido. Como eran ellos». No les gustaría otra cosa. Eso sí, si de algo huían en sus salidas era «de la pachangada». Y esas salidas no eran pocas porque, sobre todo a Cris, «le encantaba la fiesta».
La encina queda erguida, anclada al suelo de Amurrio. Luego, nadie se mueve. Tampoco habla nadie. Quince minutos y cientos de chavales mirando a un árbol. Como despidiéndose. Hasta que comienza la peregrinación a su base para depositar las flores, los ramos y las lágrimas. ¿Y ahora qué? Nadie sabe muy bien a dónde ir. La multitud se dispersa en pequeños grupos. Alrededor, la bruma mañanera aún emerge de los montes de Ayala, que se han quedado solos.