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Política

POLÍTICA

Alumnos, profesores y trabajadores se conjuran contra el terror en la vuelta a la Universidad de Navarra el día después del brutal atentado de ETA
01.11.08 -
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María José, Marta y Mercedes, tres universitarias de Comunicación del campus de Navarra, miran en silencio la pared de la explosión, que aún está salpicada de un color rojizo. No es sangre, pero podía serlo, Esa gran mancha, que había desatado la inquietud entre los supervivientes tras la detonación, podría estar provocada por la pintura de una farola de color rojo, reventada por el coche-bomba. «Iban a por nosotros», comentan las alumnas, entre la perplejidad y el miedo. «Nuestro arma es el estudio», piensa en alto María José, procedente de Barcelona y aún «alucinada» por el ataque terrorista.
El día después del atentado de ETA a la Universidad de Navarra estuvo plagado de frases en favor de la normalidad, pero eso es algo difícil cuando aún se ven coches destrozados, bomberos que recogen cascotes de las salas y cristaleras hechas añicos. Al igual que el resto del alumnado, que suma alrededor de 15.000 jóvenes, las tres estudiantes de cuarto curso de Comunicación intentaban dar naturalidad a la vuelta a las aulas.
Los mensajes de apoyo fueron numerosos, tanto públicos como de carácter interno. Ellas recibieron un correo electrónico del profesorado en el que les instaban a «sentirse más orgullosos que nunca» de la institución académica a la que pertenecen. «Aunque vengamos de todos los sitios de España, el atentado ha hecho que estamos muy unidos entre nosotros», explican». Hemos regresado a nuestras prácticas y nuestros trabajos para que los terroristas no se salgan con la suya».
Lo mismo que Juan Ignacio, de 17 años y estudiante de Derecho, y Alfonso, 18 años y alumno de Antropología. Acudieron como todos los días a sus clases por la mañana. «Como si no hubiera pasado nada, pero con cierto respeto», reconocen los jóvenes, ambos madrileños. Aunque tratan de olvidar el trauma de la explosión, es difícil no hablar del tema. En muchas aulas, el primer mensaje del día fue un llamamiento a la tranquilidad. Los profesores leyeron un comunicado con la firma del rector en el que se emplaza al alumnado a actuar con normalidad, «que esto», en referencia al atentado, «ya había ocurrido otras veces».
Seis bombas desde 1979, algo que Maite, una de las secretarias veteranas, ha padecido en este tiempo. «Una vez pusieron una el día de San Fermín, otra a la hora de comer, en otra ocasión fue cuando habíamos salido de trabajar...». De todas ellas, la explosión del jueves es la que más cerca le ha tocado. Estaba en su despacho, próximo a parking de la deflagración, y la ventana reventó. «Menos mal que estaba como de medio lado. Salí llorando, pero sin rasguños». Ayer numerosos docentes la consolaban al pasar junto a su oficina, vacía y con trozos de cristal desparramados por la mesa del ordenador, sillas y el suelo. Ella no ha dejado de trabajar y ocupa provisionalmente una sala de al lado. «Podía haber sido mucho peor. Menos mal que llovía y hacía frío. Por eso yo no salí en ese momento a la calle de camino a otro edificio», se congratula. La suerte también se alió con diez compañeras suyas que estaban tomando el café de las once de la mañana en la sala más cercana a la zona de la explosión.
Ha sido «un milagro". El padre Modesto, profesor de Ética y Filosofía, lo repite poco antes de acudir a la concentración celebrada a mediodía en la explanada del campus. No se explica la fijación de ETA con esta universidad. «Nosotros respetamos a las personas como son. Ellos atacan la justicia, la tolerancia, el progreso, las libertades y la inteligencia, valores que aquí cultivamos». El sacerdote reflexiona en alto, con la mirada puesta en el cielo, otra vez pletórico de nubes. «En la comisión del mal, podría llegar a entender a un pobre que comete un atraco. Pero los de estos es destruir por destruir. No hay razón justificada a su barbarie».
En la concentración
La concentración de repulsa al atentado sirvió también a Javier, de 21 años y natural de Getxo, para reencontrarse con sus colegas del aula 18, una de las más afectadas por la bomba. En el momento de la explosión, él estaba «acabando un trabajo» en el colegio mayor. Tras el estruendo, se temió lo peor: «Creía que me había quedado sin compañeros de clase». Aunque alguno de ellos ha sufrido heridas y cortes, todos salvaron la vida. «He sentido una alegría enorme al verlos», confiesa.
Al término del acto de repulsa, que contó con la asistencia de representantes de todos los partidos del arco parlamentario navarro, muchos jóvenes utilizaron sus teléfonos móviles para grabar de cerca a los políticos, sus gestos y declaraciones. Otros retomaron sus quehaceres estudiantiles, entre paragüas, carpetas y el olor a celulosa de los folios. Parte de la comitiva institucional se dirigió hasta la ermita del campus, en un recorrido promovido por la universidad, para realizar una ofrenda floral a la Virgen del Amor Hermoso, patrona de la institución, vinculada al Opus Dei. En silencio, grupos de jóvenes paseaban entre los improvisados pasillos creados por las zonas aún acordonadas. Hacían fotos a la pared roja de la explosión y daban una explicación más poética a su color. Son las hojas cárdenas arrancadas de los ciruelos, mezcladas con barro. Los árboles siguen en pie.
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