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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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DE CUANDO EN CUANDO

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Ayer hablábamos del chupete desde un punto de vista técnico para demostrar hasta qué punto el progreso, que en todo interviene, ha perfeccionado ese chisme tan sencillo. Aunque en estos casos ya no sabe uno si se trata de un perfeccionamiento o de una complicación.
Pero no era mi intención hablarles hoy del chupete en su aspecto técnico, sino de una anécdota curiosa que pude vivir durante los años que me tocaron de padre con hijos en edad de chupete. La cosa no deja de tener su gracia. Se la cuento.
Eran las dos de la madrugada cuando de pronto mi hijo pequeño se despertó y comenzó a llorar. Me levanté para ponerle el chupete salvador de la paz hogareña, pero no lo pude encontrar por ningún sitio. El chupete había desaparecido y, como el nene seguía haciendo funcionar su potente altavoz, no me quedó más remedio que vestirme y salir a la calle en busca de una farmacia de guardia.
Encontré al fin la farmacia en el Casco Viejo y encontré también el problema, porque el farmacéutico se negó a venderme un chupete atrincherándose en la norma de que a esas horas no se despacha nada sin receta. Fueron inútiles mis ruegos, mis argumentos y mis lamentaciones. Él siguió en sus trece y tuve que irme en busca de otra farmacia de guardia.
Nueva peregrinación hasta el 'Casco Nuevo', donde al fin encontré una farmacia abierta y un farmacéutico comprensivo que sin ningún reparo me vendió el chupete con el que pude volver devolver a mi hogar la paz y el silencio.
Pero la anécdota tuvo una segunda parte, porque yo aproveché la ocasión para publicar un dibujo en el que se veía la primera farmacia, y el farmacéutico detrás de la cortina de su puerta diciéndole a un señor que acudía llevando una pierna debajo del brazo: «Lo siento no vendo nada sin receta». Y miren ustedes lo que son las cosas, el farmacéutico -en el dibujo se le reconocía- se querelló con el periódico y hubo que llegar a un acto de conciliación. Como dice la frase popular, «cosas veredes».
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