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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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DE CUANDO EN CUANDO

26.10.08 -

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Muchas veces me he planteado esta pregunta sin encontrar respuesta. ¿Cómo pudieron vivir las mujeres tantos años sin tener un teléfono móvil a mano y sobre todo pegado a la oreja? Intento imaginármelo pero no puedo; mi mente no llega tan lejos.
Algunos amigos e incluso amigas me censuran que culpe de la manía telefónica a las mujeres asegurando que también hay hombres adictos al telefonito y no les falta un poco de razón. Sólo un poco, porque las afirmaciones que hago están basadas en observaciones personales y esas no me engañan.
Para estas observaciones dispongo de un escenario idóneo; el metro. Viajo en metro dos o más veces al día y además de viajar también observo que es imposible hacer un viaje, sea largo o corto, sin encontrarme a alguna señora o señorita dale que le das a la cháchara con el teléfono en la oreja. Los adictos masculinos los puedo contar con los dedos de una mano. Para los femeninos necesitaría un ramillete de manos. Así son las cosas y yo no me invento nada.
No hace mucho tuve unas palabras con una señorita más bien gorda que estuvo dando el turre telefónico en el vagón y cuando salí y pensé que al fin me iba a ver libre de ella observé que se bajaba también en San Ignacio y que se dirigía conmigo al ascensor. Y al ver que tendría que aguantarla mano a mano en la cabina, le dije que subiera sola.
La señorita me preguntó si le molestaba y yo le dije que sí. Ella me contestó que a ver si no iba a poder hablar por teléfono. Yo le dije que sí que podía hablar por teléfono, pero no dar la tabarra a los demás viajeros. Total que subió sola refunfuñando y cuando llegué a la calle la vi a lo lejos dale que le das con el teléfono en la oreja.
Pasaron los meses y un buen día al entrar en el ascensor del andén me doy cuenta que viene la famosa señorita gorda del telefonito, hablando por teléfono. Como estaba yo dentro de la cabina no quise organizar de nuevo la escena de la vez anterior y aguanté su insulsa charla. Pero cuando se iba calle adelante con el teléfono en la oreja sentí la tentación de preguntarle si también lo usaba en la ducha. No me atreví a hacerlo por discreción y me he quedado con esa inquietante duda en la mente.
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