Nunca está de más recurrir a Antonio Machado. El poeta se consideraba bueno en el buen sentido de la palabra. Virtud que cabe aplicar a José Vicente Cerezo después de escuchar una de esas vidas que requieren una enciclopedia para contarla, un relato de entrega social que avalan sus allegados. A los 43 años y después de haber ejercido como ortoprotésico en Madrid, Londres y Ryad, ata los últimos cabos de su propia empresa. Una sociedad «altruista, generosa, de ofrecer mucho para conseguir algo» que mejore la existencia de los grandes discapacitados físicos y sus familias.
«La Ley de Dependencia abre unas posibilidades que no existían, como el asistente personal durante las 24 horas». José Vicente piensa fundar su firma con sede en Vitoria, una decena escasa de trabajadores aquí y más de cien empleados a pie de silla, distribuidos por toda España. «Siempre me ha gustado el contacto con las personas. Las piezas no me teminaban de llenar». Se refiere a su formación profesional en mecánica. Y una serie de casualidades encadenadas le han conducido hasta lo que él entiende como su función en la vida: ayudar a los necesitados.
Su madre era la encargada en la cocina de la clínica maternal La Esperanza. Y allí entró él con dieciocho añitos como «chavalillo para todo». Hacía las funciones de los entonces inexistentes guardas-jurados, atendía el teléfono y «abría la puerta a parturientas que llegaban en un estado avanzadísimo». El doctor Prieto, co-director del centro, se fijó en su don de gentes para confiarle sus negocios de ortopedia.
«No sabía nada de ese mundo, pero me pareció interesantísimo porque combinaba el trabajo mecánico con el factor humano, lo que yo buscaba». El ginecólogo le propuso una formación solvente en Alemania, que rechazó por el idioma, o Argentina, a la que se opuso por la distancia. En ambos casos, además, José Vicente no quería que nadie le sufragara unos gastos tan elevados.
A la aventura
«Y me fui a Madrid, a la aventura. Estaba pidiendo trabajo en una de las dos multinacionales más importantes del sector el día que visitó la empresa el jefazo alemán». Le procuró empleo y allí estuvo casi tres años, mientras obtenía el título en la Complutense. «Era un negocio muy rentable, pero se abusó y la Seguridad Social recortó. Así que las empresas eliminaron personal y los últimos en llegar fuimos los primeros en salir».
De vuelta a la capital alavesa, puerto sin mar recurrente en la biografía del personaje, montó una ortopedia. «La tienda funcionaba, pero yo no me sentía lleno». Inquieto social compulsivo. Así que mandó el currículo a la ONG 'Handicap International' y le enviaron a Angola.
«Fui con 29 años y estuve dos. Se trataba de formar a ortopédicos y fisioterapeutas. Vivía en una región que no había tocado la guerra, el Montecarlo del país con sus casinos y todo. Me sentí muy realizado y valorado». Acabada la labor, viajó a Londres para emplearse en lo que fuera y aprender el idioma. «Me mantuve porque tenía los objetivos muy claros y trabajé con grandes discapacitados». Pero le despidieron fraudulentamente de un hotel de cinco estrellas, denunció el caso, lo ganó y la BBC le invitó a contar sus cuitas en un programa-denuncia. «Pasé de estar en el paro a tener trabajo y casa». El empleo, en el mejor hospital ortopédico de la capital inglesa.
Queda Arabia Saudí. José Vicente llevaba el departamento de Rehabilitación en la clínica de las Fuerzas Armadas. «No daba abasto de trabajo porque allí hay mucha consanguineidad y muchas deformidades que corregir. Me llamaban 'El conseguidor'», recuerda antes de explicar sus agobios para abandonar el país. «La experiencia fue gratificante, pero muy dura por la falta de vida social». Pidió que le dejaran marchar y le boicotearon el deseo. «No podía sacar dinero con la tarjeta de crédito, no me funcionaban el aire acondicionado ni la ducha». Ahora está vetado en los países del Golfo. Allí se lo pierden, en la misma medida que ganarán los grandes discapacitados de acá.