«Las órdenes de protección y las denuncias han aumentado, pero son sólo la punta del iceberg del problema». Así de tajante se muestra Maya Resa en su diagnóstico de la situación de la violencia de género en la capital alavesa. «Para llegar hasta los tribunales esa persona tiene que estar muy preparada y saber bien lo que supone meterse en un proceso penal. Aunque tenga apoyo, el trago lo va a pasar ella sola», relata.
La agente explica que detrás de cada denuncia hay meses de trabajo con las víctimas. Es una labor sorda, pero intensa, que no siempre concluye en un atestado y la consiguiente querella. «Siempre hay gente que se echa atrás, pero es que éste es un tema muy complejo en el que se cruzan emociones, hijos, presiones familiares y problemas económicos».
Cada día, lo primero que Maya hace al llegar a su despacho de Agirrelanda es abrir su correo electrónico y revisar los partes de intervención de sus compañeros. Si observa, por ejemplo, que los agentes tuvieron que separar la noche anterior a una pareja que discutía en plena calle, pone en marcha un protocolo de actuación que busca contactar «de la manera más delicada posible» con la posible víctima.
Primero coteja su base de datos, pues «puede que ésta no sea la primera vez». Luego, «si ha habido un testigo, hablo primero con él, porque siempre es mejor oírle que leer un parte». Cuando reúne los datos que considera necesarios inicia el acercamiento a la mujer. «Procuramos que en esos momentos no se encuentre presente él. Hay que andar con pies de plomo para no crear más problemas». Entonces Maya o sus compañeras ofrecen su hombro, «sólo para hablar, nada más».
Al principio, detalla, algunas mujeres reaccionan de manera brusca y niegan todo. «Luego recapacitan, se dan cuenta de algo no está bien en sus vidas y nos llaman. Entonces empieza el verdadero trabajo». Lo primero es garantizar su integridad física, para lo que enseñan a estas personas una serie de medidas de autoprotección.
Intento de suicidio
Luego ponen en contacto a las víctimas con trabajadoras sociales, psicólogos o abogados, aunque hasta llegar a estos profesionales, son ellas las que realizan la labor de «contención-apoyo», aclara Resa. Las escuchan, las abrazan, lloran con ellas y les llaman todos los días, en especial si se ha dictado orden de alejamiento. Y si están tan hundidas como para pensar en quitarse la vida no dudan en pasar horas con ellas.
Esto le ocurrió a una joven que se puso en contacto con Maya y su grupo. «Se sentía fatal y trató de suicidarse. Era extranjera, aquí estaba sola y no se atrevía a contarle lo que le pasaba a su familia», recuerda. Un año después, del corcho de su despacho cuelga una invitación de boda. La joven ha rehecho su vida con otro y sonríe en una foto. «Cuando ves esto, te da un subidón».