La fiesta fue completa. La multitudinaria inauguración de su ciudad deportiva encontró su broche perfecto sobre el parqué del Fernando Buesa Arena, aunque el Baskonia redondeó con más sufrimiento del previsto tan insigne jornada. El refrescante Fenerbahce Ulker le incomodó de principio a fin. La encomiable garra azulgrana y el hechizo del momento imposibilitaron el chirrido en esta obertura histórica.
Toda la Europa baloncestística giró ayer el cuello hacia el coliseo de Zurbano y su hermano menor nacido a orillas del humedal de Salburua, y quizá esa atención incomodó más de la cuenta a los pupilos de Ivanovic. Mientras el buen rollo, los piropos y el consumo de canapés presidieron el plácido estreno del Bakh, el espectáculo deportivo amenazó tormenta.
Y es que, encogidos los discípulos de Ivanovic durante bastantes minutos -ahí mucho tuvo que ver el buen hacer del campeón otomano-, se temió por que el pastel acabara atragantándose. El subidón de adrenalina de Rakocevic previo al descanso más varias ráfagas posteriores y la explosión de McDonald encauzaron el asunto. Y pese a que el Fenerbahce Ulker, que guardó en el armario a su máxima estrella, Giricek, aún dio un último susto, el anfitrión acertó a bajar el telón entre aplausos.
Ante la escrutadora mirada de la élite dirigente continental, el equipo con álbum de fotos de las últimas cuatro 'Final Four' colocó la primera piedra hacia la quinta, la que albergará Berlín a principios de mayo. La fijó sufriendo, atormentado incluso. Por eso, el arreón final, en respuesta al acercamiento visitante a sólo dos pasitos (70-68, minuto 38), descargó la tensión que anidaba en el pabellón. No sólo se quitó entonces un peso de encima el Baskonia, sino que pudo cerrar la cita con una diferencia notable y probablemente inmerecida para la oposición que halló enfrente.
Cuajo y sentido
Porque si bien hoy la ACB y los clubes españoles excluidos del sistema de licencias insistirán en neutralizar esta revolución de los grandes, el Fenerbahce intentó algo similar en esta apertura sobre la cancha. Con cuajo, combativo, sólido y dándole sentido a su circulación de balón sorprendió a todo quisqui durante los dieciocho minutos iniciales. Simplemente lo bordó.
Patroneado por Marques Green, cuyo tamaño es inversamente proporcional a su visión de juego, y amo absoluto del rebote -el TAU llevaba un rosco en capturas ofensivas al descanso- puso en más de un aprieto a los sucesivos quintetos enviados a pista por Ivanovic. De hecho, hasta que no recurrió al renqueante Prigioni, su equipo fue incapaz de trazar una línea recta. Mantenía el tipo, eso sí, a base de talento individual, de corazón y de un acierto prodigioso en el lanzamiento de dos.
En esto, el reloj marcó dos minutos para el intermedio y el asunto se descontroló. Rakocevic se mostró en todo su esplendor. Encadenó ocho puntos que marchitaron toda la labor de los estambulíes. Alguno hubiera pagado un buen dinero por meter una cámara oculta en su vestuario durante el intermedio.
Con todo, el Fenerbahce Ulker anunció en la reanudación que lo de capitular no va con ellos. Ni siquiera cuando la formación azulgrana engarzó sus mejores pasajes. Ahí, McDonald cogió el relevo moral y, entre las salvas de la grada, el TAU se puso en órbita (57-43, minuto 27) ante un adversario que buscó algo de luz en la oscuridad mediante una tímida defensa zonal.
Última resistencia
La primera victoria parecía encauzada, sólo que una rendición tan temprana hubiera sido impropio. El Fenerbahce no merecía ese desenlace. Enseguida se percató de ello tanto el TAU como la afición azulgrana, que apenas dejó una docena de asientos libres.
Martilleando al local desde la frontera de los 6,25 metros, más el añadido de una canasta con adicional de Smith, sobrecogieron a la platea. 70-68 y 2.42 por disputarse. Surgió entonces la mejor versión azulgrana, que se negó a que la fiesta se aguara. Compensó el desaguisado mediante un último sobreesfuerzo. A su opositor le tembló entonces la mano y cada balón dividido acabó en poder baskonista. Aún hubo tiempo para que el anfitrión lanzara un par de bombas más que abrirían una falla en el electrónico excesiva pero que redondeaba una jornada histórica.