El nuevo disco de Benito Lertxundi (Orio, 1942), 'Itsas ulu zolia', es el de mayor sabor a mar de toda su carrera. Las tres últimas canciones tienen temática marina, y cierra la grabación la pieza Miro-tzak, creada en colaboración con los remeros de la trainera de Orio, y que tiene trazas de convertirse en himno de la embarcación.
Con la palabra mirotzak se designa en euskera al aguilucho, el apelativo que un periodista usó en los años 30 para explicar que los remeros de Orio corrían tanto que parecían volar. Lertxundi disfruta explicando la génesis del apelativo: «Una vez me contaron una historia que es bastante convincente. Un periodista de Madrid vino a San Sebastián y vio una regata de la Concha, que ganó Orio. Tras la ciaboga, ya de vuelta, la trainera cogió una empopada y adquirió tal velocidad que el periodista exclamó: «¿Son remeros o aguiluchos?» Y yo me preguntaba el por qué de esa asociación. Después de consultar algunas enciclopedias, me di cuenta que hay una especie, el aguilucho lagunero, que es el más veloz. Y teniendo en cuenta que en Madrid hay algunos lagos y pantanos...».
Benito Lertxundi es un cantante que ha llegado también al público que no sabe euskera. «Todo lo condiciona el elemento político -comenta-. Somos un país desarrollado, tenemos una gran capacidad de generar riqueza, pero sin embargo no somos dueños de nuestro país. En el mundo oficial no representamos absolutamente nada. Si nuestro país estuviera reconocido internacionalmente, nuestros productos estarían de una manera más natural en esos mercados internacionales. Pero dado que somos una especie de periferia o de región, nuestros productos culturales tienen una connotación folklórica, y eso condiciona. Aún así, las canciones son algo más que el texto en sí; hay una musicalidad, una voz, y te encuentras que esa canción llega a las personas más insospechadas. Nunca sabes de qué manera ataca una canción, no sabemos explicar la naturaleza de esa conmoción».
«Me han contado historias preciosas -añade- como la de un ingeniero austríaco que vino a Llodio a trabajar en la reconversión d e una empresa, allí compró un disco mío y se encontró con la canción de su vida. Las sensibilidades son arquetipos y tú emites una serie de ondas que pueden pertenecer a alguno de esos arquetipos que están extendidos por el mundo».
El crítico en casa
Reconoce que muchas de sus canciones son tristes. «La tristeza tanto en el cine como en la música, me gusta. Me gusta esa estética. El réquiem de Mozart es tristísimo, pero muy bello. Las canciones tienen que atacar, vía alegría o vía tristeza; me da igual».
Y admite también que sus canciones pueden trasmitir melancolía. «Esa es también mi manera de ser. No sé si es melancolía o un estado de serenidad, sin estridencias ni alardes». La esposa de Lertxundi, la arpista Olatz Zugasti, ha aportado una canción, con letra de ella misma, y música popular de Egipto. «Olatz tiene una sensibilidad musical muy alta, exquisita. Como la relación que tenemos es inevitablemente de cercanía, no se anda con tapujos. Es mi crítico más sincero. Es un apoyo impagable», dice el cantante.
Cuando se le pregunta por unas declaraciones suyas, en las que manifestaba que «lo más grande que le puede pasar a una persona es darse cuenta de que está solo», se explaya: «El hombre se ha olvidado de su propia naturaleza. Se ha asentado en el mundo conceptual, que es el pensamiento, y ha perdido el instinto, el sentido de su propia naturaleza. A partir de ahí, el hombre se sostiene en ese mundo de valores, de jerarquías, a través del pensamiento. Tiene un mundo lleno de fantasmas, de dioses, de creencias al perder el sentido de la naturaleza, y ya no se siente cómodo», reflexiona. «Le asusta una cosa tan natural como morir. No se da cuenta de que uno tiene no tiene que esperar a nadie para cambiar su vida».