La discusión planteada en el argumento de la 'Ariadne auf Naxos' (Ariadna en Naxos) de Strauss, de si lo cómico ha de ir antes de lo serio o viceversa, la zanja el libretista Hoffmansthal por orden del rico organizador. Su salomónica decisión es que ambos vayan al unísono, al mismo tiempo. De esta manera, el prólogo que es casi todo recitado e interpretado por actores, se entremezcla con el acto operístico que es cantado. Por otra parte, así como el prólogo, en teoría, contiene personajes extrapolados de la obra de Moliére o de la Comedia del Arte de Goldoni, la música incluye una estructura de recitados y números cerrados cantados a la manera de la ópera barroca.
La producción del Liceu barcelonés no contempló que en el elegante y espacioso decorado hubiera Polichinelas ni Arlequines, sino bañistas con decimonónicos bañadores y tiendas de campaña. Pero ya sabemos que va siendo algo habitual el que los encargados de la escena plasmen sus propias fantasías en cualquier argumento. Digamos que en esta primera mitad, destaca la figura del Compositor, papel encarnado por Michelle Breedl, una mezzo alto con gran gusto al cantar, pero con limitaciones de voz en cuanto a su volumen. En realidad, la ópera comenzó cuando terminó el prólogo, o sea, cuando Strauss da más continuidad a la orquesta, que en este caso se trató de la de Cámara de Basilea. En efecto, para el acompañamiento, el músico austriaco pensó en una orquesta no superior a los cuarenta maestros, de modo que la dirigida por el especialista Stefan Antón Reck resultó idónea para trasmitirnos su delicadeza musical y el perfume semi barroco de su concepción estructural.
La soprano Adrianne Pieczonka se erigió motu proprio en la voz más notable del reparto. Cantó enseñando una voz limpia, de emisión fácil y de timbre muy grato. Fue una Ariadna de lujo y la única voz de mérito. Comentarios estos difícilmente extensibles a la soprano ligera Valentina Farcas, la cual hizo su presentación bilbaína enseñando una voz de escaso volumen y de limitada en extensión. Todavía se nos hace inexplicable cómo no tropezó con más evidencia en su gran y difícil aria de coloratura, ya que en ningún momento dio la impresión de poseer la suficiente técnica para lograr una adecuada agilidad.
El tenor Klaus Florian Vogt gustó algo más que la mencionada Zerbinetta, porque al menos se le oía bien y aunque no era un tenor lírico en posesión de una voz redonda y de agradable timbre, defendió bien su parte. Si se nos apura, se podría decir que el mérito musical que contuvo la obra, aparte de la excelente ejecución musical, radicó en el trabajo coordinado y atractivo del trío de ninfas formado por Marta Ubieta, Alexandra Rivas y Cristina Obregón y la conjuntada intervención del cuarteto masculino integrado por Atxalandabaso, Paley, Brutscher y Jerkunika.
En resumen, una representación elegante y verosímil en lo referente al Prólogo, musicalmente bien ejecutada y vocalmente con la soprano Pieczonka como la gran distinguida.