«El terror se extiende a lo largo y ancho del país, ¡nos quieren matar a todos! A este paso no van a dejar uno». El carmelita Manuel Hernández (Guadalix, 1940) es el único misionero que resiste en Bagdad desde la invasión estadounidense de 2003 y sigue con preocupación la trágica situación de los cristianos en la ciudad de Mosul, una de las comunidades más antiguas del mundo. Situada trescientos kilómetros al norte de la capital, miles de cristianos han tenido que huir de la tercera urbe del país en las últimas semanas debido a la fuerte presión de los grupos fundamentalistas que han asesinado a once personas y volado tres viviendas.
«Nuestra vida es un calvario dentro de un país torturado y cubierto de sangre», denunció el Patriarca de la Iglesia Caldea en Irak, el cardenal Emmanuel III Delly, durante su intervención en el sínodo de obispos celebrado recientemente en Roma. El máximo jerarca de la iglesia cristiana iraquí -formada por caldeos y asirios- pidió «ayuda urgente» y la «intervención del Vaticano» para poner freno a los asesinatos y secuestros de los miembros de su comunidad que poco a poco huyen para buscar refugio en la zona kurda del país. Los jerarcas de la Iglesia tampoco se libran de una persecución que en el presente 2008 ha acabado con la vida del arzobispo de la ciudad, Faraj Rahho, y de otros tres sacerdotes, y ha sufrido el secuestro de dos obispos y al menos dieciséis curas, según las cifras ofrecidas por el propio Patriarca.
La estrategia del 'Despertar suní' puesta en marcha por el general estadounidense David Petraeus hace dos años para acabar con los comandos de Al-Qaida ha logrado importantes progresos en el centro y sur del país, pero ahora la actividad de los grupos más radicales se ha desplazado hasta Mosul y van camino de poner fin a mil quinientos años de convivencia. Según el gobernador de la provincia, Duraid Kashmula, al menos «once cristianos han sido asesinados desde el 28 de septiembre y tres viviendas han sido destruidas por bombas».
En vías de extinción
El éxodo masivo de iraquíes provocado por la última guerra ha menguado drásticamente la comunidad cristiana en el país. Del millón y medio de fieles que habitaban hace veinte años en Irak, según el Departamento de Estado de Estados Unidos, se ha pasado a los setecientos mil que recogen las estadísticas más optimistas de Naciones Unidas. «Yo no creo que pasemos del medio millón, y se nota a simple vista en ciudades como Bagdad, donde la presencia cristiana es anterior a la llegada del islam. Ya no quedan apenas iglesias abiertas por el miedo a los ataques, aunque en la capital la situación es mucho mejor que en Mosul», señala el padre Manuel desde la iglesia de los carmelitas situada a las puertas de la Zona Verde de Bagdad.
Las autoridades del país, embarcadas en la imposible tarea de hacer regresar a los más de cuatro millones de desplazados y emigrados por la violencia sectaria del país en los últimos cinco años, han tomado cartas en la situación de Mosul. El portavoz de Interior, Abdul-Karim Khalaf, adelantó el envío de «dos brigadas de policía a los núcleos cristianos para dar seguridad a casas e iglesias». Un esfuerzo para asegurar la presencia de cristianos en una ciudad donde llevan asentados desde el siglo I.