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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Cultura

CULTURA

La autora recuerda cómo su abuela le contaba historias y cómo ahora lee a sus hijos los relatos de El Barco de Vapor, que distribuirá EL CORREO
19.10.08 -

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En la vieja casa de mi abuela había miles de historias que vivían y revivían cada tarde. Crujían los muebles, el hombre del saco llegaba de puntillas y el león de los cien ojos dormía plácidamente inspirándome terror con sus enormes ojos abiertos a la vez que dormía. Yo me arrebujaba a los pies de mi abuela, siempre en su sillón, y una y otra vez le pedía que me volviera a contar esos cuentos de cuando era ella niña. No me cansaba de escucharla. Su mirada, como una nube gris de otoño, se iluminaba. Y mientras yo me iba haciendo mayor, ella se iba haciendo más chiquilla. En aquella habitación no había cuentos de papel, solo palabras entrelazando historias que emocionaban, que espeluznaban, que nos hacía sentirnos mucho más cerca la una de la otra. El tiempo se detenía y la vida fluía en un suspiro entre príncipes, princesas y ladrones. Yo no sabía leer. Ella tampoco. Pero cuando las letras tuvieron sentido para mí en una hoja de papel, cuando ya la abuela no contaba historias, cuando ya no estaba, yo seguía añorando aún su voz, sus canciones, sus recuerdos. Y en cada frase de esos nuevos libros que caían en mis manos, estaba ella y aquellas tardes de penumbra en la vieja habitación.
Fue la magia de sus palabras, de su voz, la fórmula secreta que me regaló para devorar lecturas y atrapar historias.
Luego vinieron muchas más cosas: llegó el hechizo de los dibujos en la tele; el cine en blanco y negro que mamá y papá no me dejaban ver, y que yo veía a escondidas desde mi habitación. Y estaban los tebeos. Había que ir al cole y madrugar, pero antes de dormir, ocultos en los libros de matemáticas, de historia, Mortadelo y Filemón, Anacleto y Zipi y Zape me contaban sus tribulaciones a lo largo del día, y yo me dormía deseando que mañana volvieran a ser mis amigos y a compartir conmigo sus aventuras, que me fascinaban y hacía mías.
¿Qué edad tenía yo entonces? ¿Y qué importa? Libros, tebeos, dibujos o cine. Para mayores de siete años, para mayores de trece. Dos rombos o quinientas páginas. O tres frases de un cuento para bebés. Entonces, yo era 'pequeña' y había libros, cine para adultos que me bebía. Y ahora, mucho más 'mayor', hay libros, cine para niños que me apasionan.
No había barreras, ni una edad límite. Y si las había, cuanto más prohibido, mayor era la inquietud por alcanzarlas.
Ahora mis hijos, los tuyos, tienen a su alrededor un mundo apasionante que los atrapa. Un mundo repleto de sorpresas. No podemos renegar de la play, del MP3, de Internet. Son los nuevos juglares y no es de extrañar que nuestros hijos los miren embobados, los escuchen haciendo oídos sordos a nuestras palabras. También nosotros sucumbimos a su embrujo; seguimos siendo más niños de lo que pensamos.
No por eso dejo de mirar la luna, con su inmensa sonrisa. Ni dejo de descubrir junto a mis hijos las mil formas que las nubes distorsionan a su paso. Y vuelven los sonidos de mi infancia al leer con ellos estas historias del Barco de Vapor, que no tienen edad.
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