Los campeones son así. Sufren, están contra las cuerdas, por momentos parecen casi noqueados, pero resurgen cuando menos se espera y acaban el combate triunfadores. La noche era de perros ante la perseverante Bélgica, pero un gol antológico de Iniesta en la primera parte y la cabeza de Villa cerca del final permitieron a España dar un paso de gigante en su camino hacia Sudáfrica. Una victoria fundamental que dejó como secuelas la lesión de Torres y la tarjeta de Puyol que le impedirá jugar en marzo ante Turquía. Casillas, al fin, dejó su plusmarca de imbatibilidad en 717 minutos.
El triunfo quizá fue inmerecido, pero resultó trabajado, sudado, cimentado en la mentalidad de un equipo ganador, en acciones individuales soberbias y en el agotamiento final de los locales. Tener a Villa es un lujo de tal calibre que el asturiano ya suma 23 goles con la selección y ha igualado al mítico Di Stéfano. Y disponer de Iniesta es contar con un futurible candidato al 'Balón de Oro' si fuera más mediático.
España no sabía lo que era jugar cuesta arriba desde su pulso con Grecia en la Eurocopa. Vandereycken, el técnico local, respetaba tanto al campeón de Europa que traicionó sus ideas y se presentó en casa con tres centrales. Una declaración de su conservadurismo en toda regla. Pero fue inteligente, leyó el partido y cambió enseguida. Cuando a los 11 minutos 'El Niño' sufrió el pinchazo en su músculo y se retiró llorando de rabia, decidió volver a la línea de cuatro y poner a Simons como escolta de Xavi.
Noche de perros
La lesión fue el segundo contratiempo serio para España. El primero, mucho más grave, fue encajar un gol a los siete minutos. Despiste de Sergio Ramos, que permitió el centro desde su lado, error de los centrales y cabezazo sin oposición del pequeño Sonck. Conocían Del Bosque y sus hombres que Bélgica era peligrosa en la estrategia y segundas jugadas, pero no hubo forma de evitarlo. Tras casi ocho partidos, Iker veía perforada su puerta.
Con el resultado adverso y sin el héroe de Bruselas hace tres años, Del Bosque prefirió tirar de Cesc, y tratar de ganar el centro del campo a los correosos rivales, que utilizar a Güiza y mantener los dos puntas. Una decisión que invitaba al debate, igual que cambiar a Xabi Alonso por Senna en relación a los que vencieron en Estonia y seguir con Juanito. También era discutible dejar a Riera, el único extremo puro, en la grada. Y Marchena seguro que se lamentaba por ser descartado.
España se enredaba en la maraña belga, entraban dudas en defensa y los locales, con una velocidad más, amenazaban al contragolpe. Si conectaban Fellaini, el espigado centrocampista del Everton, Witsel y Sonck, había sensación de peligro. Llovía entonces de forma torrencial y el estado del césped peligraba. El público apretaba, las órdenes de Del Bosque no calaban en sus jugadores y España no hallaba refugio.
La noche se ponía de perros, pero cerca del descanso la tormenta amainó. Apareció Iniesta, el gran prestidigitador manchego, y se hizo la luz. Recibió un pase soberbio de Cesc y se fabricó un gol antológico. Superó a dos defensores y tiró un amago extraordinario que tumbó al guardameta. Se la colocó hacia la derecha y la clavó. Todo en un palmo de terreno, a velocidad de vértigo y sin apenas ángulo. ¡Impresionante! Un intento de vaselina de Villa pudo dar la vuelta al choque un suspiro después. Hubiera sido inmerecido.
Pese a esas acciones puntuales de futbolistas extraordinarios, España no parecía fiable. Se asemejaba más al equipo que hace dos años cayó en Irlanda del Norte y Suecia que al grupo campeón. Faltaban fluidez, bandas, remate y, sobre todo, gobierno del partido, control de la situación. En la segunda mitad, más de lo mismo.
España necesitaba más balón, Del Bosque lo vio claro y apostó por Xabi Alonso en lugar de Cazorla. Arreció la lluvia en el tramo final pero la selección no volvió a sufrir y acabó en el área enemiga. Tanto que Villa no perdonó. Por algo son campeones.