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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Sociedad

SALUD

Dos afectadas que ganaron la batalla al cáncer de mama en épocas muy distintas charlan sobre su lucha contra la enfermedad

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De mujer a mujer
Julia Blanco, a la izquierda, y Georgina Sastre charlan en un parque de Bilbao sobre la enfermedad que les cambió la vida. / JORDY ALEMANY
Georgina Sastre y Julia Blanco son dos mujeres diferentes, unidas por la enfermedad. Cáncer de mama. Una está casada, tiene tres hijos y se enfrentó a los tumores que le arrebataron los dos pechos con miedo. Miedo a un futuro incierto, al destino de sus chicos adolescentes, a enfrentarse al sexo con su marido. A la otra, el diagnóstico le derrumbó, pero -curiosamente- recuerda el tiempo de la quimioterapia como «algunos de los días más felices de mi vida». No tiene pareja, ni niños, ni falta que le hace. El Día Mundial del Cáncer de mama, que se celebra el próximo domingo, les trae a las dos de cabeza. Hay mucho que hacer. EL CORREO ha interrumpido su trabajo y les ha pedido que se sienten frente a frente para que hablen de su lucha contra el cáncer con el corazón en la mano. De mujer a mujer.
-Georgina S. (68 años): El Día Mundial del Cáncer de Mama me lleva a pensar en la situación de hace 22 años, cuando me diagnosticaron el primer tumor y fundamos la asociación. Entonces hubo que hacerlo todo porque había muchas carencias...
-Julia B. (59 años): A mí, como a ti, me operaron también dos veces en dos años. La primera hace ocho, yo tenía 50. Como bien sabes, llegué aquí por casualidad. Me había comprado una peluca que nunca utilicé y una amiga me dijo que las recogía una asociación. Y aquí me vine hace un año.
-G. S.: En mi época, hace 22 años, el cáncer era la muerte. Me dijeron que me iban a hacer una mastectomía y tuve que mirar en la enciclopedia 'Larousse' a ver qué era eso. Tenía tres hijos y sólo podía pensar en su futuro sin mí.
-J. B.: María Vivanco, una investigadora de un centro de aquí de Vizcaya, el CIC Biogune, que colabora con nosotros, suele decir que el cáncer está presente en toda mujer, toda la vida, aunque no lo haya padecido. Es posible que sea así, pero yo jamás me había planteado tal posibilidad. Ni se me pasó por la cabeza.
-G. S.: ¡Bueno! Hoy es diferente. Nosotras mismas damos hoy un testimonio de vida, pero hace 22 años no se hablaba como ahora. Ahora, hay cosas que no han cambiado: te quitan una mama y esto no es como otros problemas de salud. En ese momento vienen los tratamientos, que son muy duros, y te planteas muchas cosas de tu vida.
-J. B.: Cuando me dijeron que tenía un cáncer, lloré mucho. Lo hice en la consulta del médico, pero no creas que sufrí demasiado. Soy una persona muy creyente y mi fe me ayudó mucho. No me enfadé con Dios, pero le pregunté por qué. 'Yo trato de seguirte y, ¿ahora me vienes con esto?'. No lo entendía. Viví mi experiencia desde la fe y puedo decirte que recuerdo aquellos días de la quimioterapia como algunos de los más felices de mi vida.
-G. S.: ¿No tuviste ningún miedo?
-J. B.: Yo, ya lo sabes, vivo sola. Pero en aquel tiempo unos amigos que tenían tres hijos estaban reformando su casa y decidieron irse a vivir con los padres de ella. Me llevaron con ellos y nos juntamos ocho en la casa. Fue un período muy divertido que recuerdo con mucho cariño.
-G. S.: Pues yo pensaba en mis hijos. El menor tenía 13 años y los otros dos, 15 y 17. Pensaba en cómo sería su vida sin mí, que no podría ocuparme de ellos; y eso me causaba mucho dolor. En ese tiempo, lloré mucho a solas. El pequeño lo pasó muy mal en el colegio...
-J. B.: ¡Claro! Es que yo eso no lo he vivido.
«La peluca y la teta»
-G. S.: Los críos me daban mucha fuerza. Nunca hablé con ellos de la muerte que tanto me preocupaba y aún hoy, cuando les planteo el tema, me dicen, 'Bueno, ama, déjalo, aquello ya pasó'. Pero recuerdo un día que, en fin, ellos solían darme las cremas porque mi marido trabajaba, y el pequeño me dijo 'Jo, ama, llegas a casa y dejas la peluca en un sitio y la teta en otro'. Ahora lo recuerdo con ternura.
-J. B.: Pues yo, en aquella casa, entre tanta gente, la verdad es que me sentí muy arropada.
-G. S.: Yo me lo tragué todo sola. Tenía miedo a hablar por no lastimar a nadie, especialmente a mi marido. Para mí fue muy duro. A mi marido le gustaba comenzar el acto sexual por los pechos. Me tocaba uno, no me encontraba el otro... Después me mastectomizaron la otra mama; fue muy duro, fue un aprendizaje, pero muy duro.
-J. B.: La verdad es que yo nunca he sido una mujer de grandes deseos sexuales. Y después, menos. Si en algún momento los sentí, después del cáncer, menos. Pero tampoco me importa. Vivo muy tranquila, no echo nada en falta. Vivo feliz sin sexo y, de hecho, no entiendo a esas personas que dicen que para ellos es tan importante.
-G. S.:: A mí, sin embargo, me costó muchas lágrimas afrontarlo y supongo que a mi marido también, aunque no me lo dijo. Sentí que no le podía dar lo que le había dado hasta entonces y me dolía. Tenía 44 años... Pero nunca me sentí rechazada, en ningún momento. Al contrario, me sentí muy querida. Lo que pasa es que faltaba algo en nuestra relación sexual. Fue un aprendizaje; y cuesta superarlo.
-J. B.: Lo que ocurre es que ante un diagnóstico de cáncer, cambias las prioridades. Descubres que lo importante son las personas, levantarte cada mañana y disfrutar de la vida. ¿Te he contado alguna vez lo de mi peluca? Seguro que sí.
-G. S.: No lo recuerdo.
-J. B.: A causa de la quimioterapia comenzó a caérseme el pelo. Siempre pasa. Pero yo lo dejaba crecer, me resistía a verme calva. Me compré una peluca y un día mis amigos y su familia decidieron que iban a afeitarme y organizaron una fiesta. Los niños se lo pasaron en grande. Primero me lo cortaron y parecía un gallo, luego me hicieron no sé qué; y al final me rasuraron la cabeza.
-G. S.: Realmente lo cuentas como si hubiese sido una fiesta...
-J. B.: Me estaban afeitando y yo recuerdo que lloraba. Iba a ponerme la peluca y uno de los niños, de 4 años, me dijo 'tía' (no lo soy, pero me llaman así), 'tía, sin pelo estás mucho más guapa. Y tenía razón. Decidí no ponerme la peluca, pero no sé qué es más doloroso, si el diagnóstico o verte sin pelo.
-G. S.: Ambas situaciones son muy duras. Tú te vistes, te pones los algodones en el sujetador y sales a la calle, pero la caída del pelo es la constatación de que el mal está dentro. Se te cae el pelo de todas partes, de las cejas, las pestañas... todo. Es como decir, ahí está; y eso sexualmente me afectó, porque no te ves y la quimioterapia te provoca sequedad y que, simplemente, no te apetece. Pero sí, como dice Julia, el cáncer nos hace mejores personas porque nos ayuda a pensar en las cosas que realmente cuentan en la vida.
-J. B.: En otro aspecto que me cambió la enfermedad fue que me quedé sin trabajo. Trabajaba en una empresa haciendo sustituciones y me dijeron que me buscara otra cosa. ¡Menos mal que me dieron la incapacidad! Tenía 50 años.
-G. S.: ¡Esa es otra! Las empresas no quieren pacientes de cáncer. Primero son las consultas, luego la 'quimio', después las revisiones. No les sales rentable.
Mamografías, antes
-J. B.: Georgina, tenemos que aprovechar este Día Mundial para pedir al Departamento de Sanidad que rebaje a los 45 años la edad en que comienzan a hacerse mamografías para la detección precoz del cáncer de mama.
-G. S.: ¡Uy! Llevamos tiempo con esa pelea. Hemos acudido al Ararteko, pero dicen que la evidencia científica no aconseja hacer las pruebas antes de los 50. Yo lo que sé es que cada vez vienen aquí chicas más jóvenes. El 70% de las mujeres que atendemos tiene menos de 45 años. Igual en los centros sanitarios es distinto, pero lo cierto es que los médicos de Osakidetza que no te hacen la mamografía en el hospital, luego te atienden en su consulta privada.
-J. B.: Y les escuchas cuando dan conferencias por ahí y son partidarios de las mamografías a partir de los 45. Deberían decirlo claro: que esto es como el dentista, que no se hace porque el dinero no llega para todo.
-G. S.: Me conformaría con que el cáncer se convirtiera en una enfermedad crónica. El otro día murió una chica joven que tenía un bebé de meses. Ella se quejaba de que le dolía el pecho y le dijeron que seguramente sería por la criatura que amamantaba. Su marido vino hace poco a la asociación con la criatura y... (llora).
-J. B.: ¡Bueno! Vamos a preparar los carteles y folletos para el Día Mundial. Vamos a salir a la calle.
-G. S.: Tenemos mucho que hacer.
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