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11.10.08 -

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L as Bolsas cerraron ayer una semana catastrófica con pérdidas tan acusadas que han permitido visualizar la penetración global de la crisis y han alentado, incluso, la hipótesis de un parón en los mercados para intentar que superen el pánico que los ha hecho inmunes a las medidas sin precedentes decididas por los Estados en todo el mundo. El Ibex consumó el peor desplome de su historia, al dejarse en el parqué más de nueve puntos y haber visto cómo se evaporaba en los últimos días el 20% de su valor. Lo ocurrido desde el viernes 3 de octubre, cuando el Congreso estadounidense aprobó el plan Paulson, es el relato de la incapacidad de las autoridades gubernamentales para devolver el sosiego a un sistema financiero consumido por la desconfianza. En estas condiciones, los pronósticos del FMI apuntando a una recesión general en 2009 sólo podía agudizar el temor que atenaza a los mercados. Su resistencia a recobrar la calma tras decisiones tan excepcionales como las operaciones públicas de salvamento de los bancos en riesgo, los procesos de nacionalización de entidades financieras, la bajada concertada de los tipos de interés, las multimillonarias inyecciones de liquidez y el refuerzo de las garantías para los depósitos de los ahorradores ya no sólo cuestiona la eficacia de las medidas adoptadas, aunque hayan sido imprescindibles para evitar el colapso. Sitúa abiertamente a los gobiernos y al resto de las instituciones mundiales ante el ineludible dilema de cómo seguir respondiendo a la crisis cuando la eficiencia de sus propuestas se topa con profundos recelos de quienes operan en los propios mercados.
Las actuaciones públicas han acentuado de forma inevitable la desconfianza sobre la solvencia de los bancos, los cuales, a su vez, no se prestan dinero entre ellos e invalidan así el efecto benéfico que deberían procurar las inéditas intervenciones estatales. De ahí que este círculo vicioso sólo puede afrontarse con una reacción verdaderamente concertada de los gobiernos e instituciones monetarias, que minimice las divergencias domésticas en el seno de una estrategia que comparta unos principios esenciales y pueda sobreponerse al desconcierto intensificado por los planes unilaterales impulsados primero por EE UU y, después, por los distintos países europeos. La proliferación de reuniones de este fin de semana ha de concluir con algo más que un diagnóstico común sobre el riesgo que se ha corrido al subestimar la crisis. Porque la parálisis del capitalismo financiero constituye un mandato para la unidad que deberá plasmarse en el encuentro del G-7, en la cita del eurogrupo y en la asamblea anual del FMI y del Banco Mundial, dos organismos que deberán evaluar críticamente la función que les corresponde en la estabilidad de los mercados y la salvaguarda del progreso y desarrollo internacionales. Sólo a partir de estas premisas podrán las instituciones públicas apelar a la responsabilidad que atañe a las entidades financieras.
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