'El infierno vasco' provoca escalofríos en sus pequeños detalles, en comentarios cazados al vuelo y retazos de cotidianidad. Agustín Ibarrola acaricia sus maltratados pinos de Oma. Musita que, al pasear por el bosque, hace el esfuerzo de no escuchar los pasos de sus escoltas. El juez José Luis Morales recuerda que había quedado a comer con Fernando Buesa el mismo día en que ETA le asesinó. El magistrado habla desde Teruel. Se marchó de San Sebastián cuando, entre otras infamias, una asociación de padres le rogó que no aparcara su coche frente al colegio.
El tercer largometraje documental de Iñaki Arteta (Bilbao, 1959) prosigue la solitaria cruzada de denunciar el calvario de las víctimas de la violencia terrorista. Tras 'Olvidados' (2004) y 'Trece entre mil' (2005) -nominado al Goya al mejor documental-, le toca el turno a los exiliados. Intelectuales, políticos, empresarios, periodistas, jueces, ertzainas... Ciudadanos que pusieron tierra de por medio, hartos de soportar el acoso de los violentos y el vacío de sus convecinos.
El filme, que se estrena en los cines el 7 de noviembre, contiene más de una treintena de testimonios de amenazados que ya disfrutan del anonimato y la normalidad. Su exhibición en DVD certifica las penurias económicas padecidas por Arteta, que vivía tranquilamente como fotógrafo de la Diputación de Vizcaya hasta que su afinidad con las víctimas le costó el puesto. De familia nacionalista, sigue viviendo en Barakaldo junto a su mujer y sus tres hijos. Pasea por la Plaza de los Fueros y señala: «¿Ves a ese grupito de ahí? Son los escoltas del alcalde y los concejales».
-Habla de 200.000 exiliados.
-Hay estimaciones, Mikel Buesa hizo un estudio. Nadie se apunta a una lista cuando se marcha de Euskadi para salvar su vida, escapar de la extorsión, el aislamiento social o las imposiciones nacionalistas. La cifra exacta es lo de menos. Lo importante es que todos sabemos que se han ido, tenemos referencias en nuestro entorno cercano. En cuarenta años son muchas familias. Y se sigue dando el clima para esa huida a lugares más tranquilos, no muy lejos de aquí.
-Fuera de Euskadi son invisibles, son voces que se acallan.
-Es un doble fracaso. Se marchan por una presión irresistible: te piden dinero, estás en la diana... También hay quien se va por puro desistimiento; la política lingüística, educativa y cultural la sufrimos todos. Ninguno de los que he conocido quería marcharse de su tierra.
-Viven, al fin. Pero no son felices.
-No. Lo viven como un fracaso personal, tienen un sentimiento de culpa por no haberse quedado. También es un fracaso para esta sociedad. Hasta el más insensible, hasta quien se considere un mero espectador, lo debe vivir como un sentimiento de pérdida. Porque sabe que aquí no se dan las condiciones para vivir con normalidad.
-Muestra a los protagonistas en su cotidianidad: cocinando, en el parque con sus hijos...
-Me interesa contar algo trascendente desde la experiencia cotidiana. Así el espectador puede empatizar viendo a alguien normal, nada 'peligroso'. Casi ninguno de ellos ha tenido una gran presencia pública.
-Enternece ver a intelectuales como Mikel Azurmendi en la paz de su hogar, rodeado de libros y música.
-La gente de la cultura siempre ha sido peligrosa para el nacionalismo. Ha tenido más voz y ha sido señalada y presionada por molestar. En el nacionalismo no existe la confrontación de postulados de manera intelectual. Funciona a base de dogmas que no resisten análisis demográficos o históricos.
«Me gustó ser libre»
-¿Por qué molestan tanto voces como las de Savater?
-No deben tener gente con altura intelectual, porque sus debates se zanjan sin argumentos. «Ancha es Castilla», que decía Arzallus. Desde los ámbitos públicos e institucionales, como ETB, nunca hay una confrontación de igual a igual. Vivimos en una gran mentira en la que hasta las relaciones más cotidianas se despachan con cuatro lugares comunes. Si te desvías de lo políticamente correcto, te tachan de facha e intransigente. A mí me pueden insultar, pero nadie me ha rebatido los postulados de mis tres películas. Cuento algo inapelable.
-Usted mismo podría salir en sus documentales.
-Vivo con tristeza que ni la gente cercana se solidariza con las víctimas, no encuentran ni el calor de sus vecinos. Es algo aberrante que yo también padezco. Cuando te pones en primera fila se te va estrechando el círculo. Contemplas con tristeza la cobardía y la ignorancia. No es que te hagan daño, sino que te arrinconan aunque, al mismo tiempo, te infunden energía. Siento que hay mucha gente sola a mi alrededor. Y ellos valen por todos los disgustos. Hay vida más allá del nacionalismo, y mucho más interesante.
-Sigue viviendo en el País Vasco.
-Claro. Yo quiero vivir aquí. Todos los realizadores vascos han acabado viviendo en Madrid, pero la industria del cine como tal no me interesa. Hace seis años que no recibo subvención del Ministerio de Cultura. Y nunca he recibido la solidaridad de ningún director, ni vasco ni español. No siento cercanía con ellos, ninguno ha mostrado especial interés en acercarse por temor a lo que pudiera pasar. Puedo seguir viviendo aquí, no pienso hacer pública la presión que pueda sufrir. Desde Euskadi se pueden decir cosas. Yo las digo. Y eso animará a otros.
-Habrá quien piense que no tiene otro tema.
-Ya. Realizo otros trabajos para vivir. Produzco publicidad y documentales. Yo creo que llevo haciendo la misma película durante todos estos años, intentando explicar qué ocurre aquí. Quedan muchísimas películas por hacer en este país.
-¿Cuál es el detonante que le lleva a denunciar la situación de las víctimas?
-Quería contar lo que ocurría a mi alrededor desde hacía años. Primero me integré en grupos pacifistas y, al final, se tradujo en una película. Me situé con los perseguidos, con los que han perdido, y eso me pasó factura. Te mandan a un infierno cuando te alineas con las víctimas. Desde ese infierno ves cómo otros viven mucho mejor, callados, cercanos al poder. Rodé mi primera película con toda la conciencia del mundo. Ya sabía que algo me iba a pasar. Me dejaron sin mi principal fuente de ingresos. Lo asumí como parte de dar un paso adelante. Y me gustó ser libre.
-'El infierno vasco' consigue una hazaña llamativa: unir en los títulos de crédito a ETB y Covite.
-ETB nos ha comprado los derechos de la película en virtud de un acuerdo que tiene firmado con los productores vascos. Deben comprar todo lo que se produzca en la comunidad autónoma. Covite siempre nos ha ayudado, como la Fundación para la Libertad.
-A muchos nos sorprende y duele la división entre las víctimas.
-Es un colectivo muy grande con muchas sensibilidades y simpatías por distintos partidos políticos. ETA ha matado a guardias civiles, empresarios y al que pasaba por la calle. A ricos y a pobres. Encuentro lógica la división, lo raro sería la unidad absoluta en un colectivo tan amplio. Además, la actitud del Gobierno respecto a las víctimas es un tema muy delicado que siempre genera controversia.
-¿Ha visto 'Tiro en la cabeza'?
-Todavía no. Las pocas veces que se ha acometido el tema de ETA en el cine español se ha hecho desde la indocumentación. Yo he intentado ser respetuoso, documentarme. Ninguna película me ha dejado satisfecho hasta la fecha, la mayoría se han acercado incluso frívolamente, con una medida exquisita de la equidistancia, un imposible moral, porque no puedes ser equidistante entre la víctima y el verdugo; muestro a un etarra pero hablo de la tortura, o humanizo al terrorista y olvido la ideología que hay detrás... El terrorismo ha eclipsado otras persecuciones en este país. Esa encrucijada diaria, íntima, profesional, la sufren hasta los nacionalistas. Lo sepan o no, se ven afectados por esta atmósfera de miseria moral y envilecimiento. Prefieren no ver que hay otros que viven peor que ellos.
-Rogó a 30 cantantes y músicos de renombre una pequeña colaboración desinteresada. Ninguno aceptó.
-Así fue. Artistas de primera fila a los que admiro. A alguno le vi días después de su negativa en un acto de Zapatero... Era una colaboración muy sencilla. Me entristeció que no me dieran ni una palabra de apoyo. Otros me soltaron largas durante meses. Sentí frío, porque lo fácil es ser solidario con los saharauis, las ballenas, la capa de ozono y la guerra de Irak. Hubiera sido simbólico que alguno de ellos hubiera aportado algo. Curiosamente, los músicos que han acabado haciendo la banda sonora son todos vascos. Vascos de los buenos.