Dominique Lapierre oyó por primera vez la palabra 'apartheid' cuando tenía 12 años. «Mi madre fue al mercado y al volver nos dijo que pensaba haber comprado unas manzanas pero que las únicas que había venían de Sudáfrica. Y que ella con eso del 'apartheid'...», recuerda este hombre, de 77 años y «optimista», que escribe «epopeyas con grandes personajes heroicos porque es lo que necesitamos». La última, 'Un arco iris en la noche' (Planeta), cuenta el origen de Sudáfrica (holandeses con «la misión de cultivar lechugas» para alimentar a los marineros de la Compañía de las Indias), y cómo llegó a mantener durante el siglo XX un régimen racista que saca los colores a cualquiera. «Acabó ayer, ayer», se sorprende el autor francés.
Fue en 1994, que para la Historia es, efectivamente, hace nada. «Y no lo conocemos», dice el escritor sobre el régimen que separaba a blancos y negros de manera brutal. «Había 1.750 leyes al respecto», señala el autor, que destinará los derechos del libro a acciones humanitarias en Calcuta.
En Sudáfrica se legislaba hasta lo imposible y sería de risa si no hubiera provocado tanto sufrimiento. «Para los casos en los que no se podía probar si alguien era completamente blanco, tenían una prueba extraordinaria», sonríe. Metían un lápiz entre los cabellos del sujeto en cuestión y si caía, era blanco. Si se quedaba allí, eso significaba que tenía pelo de negro.
«Un millón de personas cambiaron de color con este test que inventó un funcionario loco un día», explica Lapierre. En la práctica, significaba abandonar familia, casa, trabajo. «Había familias con dos hijos blancos y uno negro».
A juicio del escritor, el pueblo sudafricano negro hizo una gran gesta para seguir adelante. «Tengo un amigo negro al que le faltan las dos manos por culpa de una bomba que le envió un blanco. Un día se reunieron delante de mí y se abrazaron. Lloré», describe emocionado. Pese al dolor, Lapierre sonríe, optimista. «Hay milagros en la historia de nuestro mundo».
Transición ejemplar
El milagro más grande, que Mandela llegara al poder y tuviera «la visión» de guiar al pueblo hacia la reconciliación. «Fue una transición ejemplar», dice el escritor. «Qué pena que en Israel y Palestina no haya un Nelson Mandela», se duele quien escribió junto con Larry Collins 'Oh, Jerusalén', la epopeya de la creación del Estado de Israel.
Mandela es el héroe más visible en la novela. La blanca Helen Liberman, que dio origen al libro (200.000 ejemplares vendidos en Francia en 14 semanas), es otra. «Es un talismán. Cuando aparece su furgoneta en un barrio de chabolas hay una oración», describe Lapierre. Un gran ejemplo de humanidad. Aunque, por desgracia, la historia de Sudáfrica se ha construido durante siglos con personajes horrorosos como el del médico que, desde 1980, tenía como misión «inventar sustancias tóxicas para envenenar a los negros: las ponían en el chocolate, la cerveza. Como Menguele, pero con más imaginación y poder. Ahora vive, libre y con guardaespaldas, en Pretoria».