lejada del aire intelectual y atlántico de Hillary Clinton, toda una dama de la alta política norteamericana, Palin ofrece la imagen de una mujer dinámica, hermosa, algo provinciana y profundamente conservadora. Como activo electoral, un sólido contrapunto a las aspiraciones demócratas, y un complemento necesario para el veterano McCain, a cuya candidatura aporta una dosis objetiva de juventud y todo el acervo necesario para movilizar el voto de la América profunda. Cabe recordar que el presidente norteamericano no es elegido sólo por los asiduos del Greenwich Village o los actores y actrices más comprometidos. Mucho menos por los observadores europeos.
Palin no servirá para atraer a quienes no votarían al partido del elefante en ninguna circunstancia, sino para incitar a los votantes de la América más conservadora que pudieran sentirse desmovilizados por la presidencia de Bush: no tanto por las calamidades en política exterior, con un polvorín en Irak y una Rusia rampante, sino por el temor a una desgarradora crisis interior, que puede barrer las frágiles estructuras económicas de los estados menos favorecidos, habitados por ciudadanos que probablemente achaquen sus penurias (¿podemos asegurar que sin motivación?) a los lejanos, sofisticados y ricos brokers neoyorquinos. Por eso la campaña republicana empeña sus tácticas en alejar al tándem Obama-Biden del ámbito pedestre de la problemática del ciudadano medio americano.
Híbrido entre una franca sensualidad y una mojigatería hortera, con acertadas gafas de Kazuo Kawasaki que no parece utilizar para leer a Allen Ginsberg, esta mujer arrolladora, aparentemente tan capaz de traer al mundo a un pequeño con síndrome de Down como de matar con un solo tiro al último bisonte americano, está protagonizando una andadura llena de controversia, pero efectiva y desequilibrante. En YouTube, uno de sus vídeos ha sido visto en un solo día por 437.000 usuarios, cuatro veces más que el más visto de Obama en cuatro días. La notoriedad de Joseph Biden, a expensas del debate que les enfrentó el pasado jueves, es comparativamente nula: 6.000 descargas en tres días. Poco importa que el vídeo de Palin sea sarcástico, pues muestra una entrevista en la que no acierta a dar el nombre de un solo rotativo, aduciendo que se nutre de fuentes variadas. Aunque anómalo, o al menos algo exótico, este aparente desconocimiento puede despertar tanta empatía como rechazo. Palin se esfuerza constantemente en mostrarse como una trabajadora tenaz volcada en los problemas reales. En la convención republicana reprochó a Obama, sin citarle, que menospreciara a la clase trabajadora como «gente que se aferra a la religión y las armas». Pentecostalista, militante antiabortista, defensora de la abstinencia como clave en la educación sexual y miembro de la Asociación Nacional del Rifle, Sarah Palin se situaba de esa manera en el plano de vecindad que puede hacerla reconocible para muchos votantes potenciales. Su paradigma es que, a su lado, los demócratas parezcan meros embaucadores.
Sarah Palin ofrece dos millones de entradas en Google al cruzar su nombre con la palabra fashion. Genuino sabor americano para una candidata perfectamente proclive a una multiplicación viral de su popularidad. Pero en este éxito reside su principal debilidad. Toda su fuerza bajo los focos en la convención de Minesota parece desvanecerse en la corta distancia, y puede parecer entre graciosa y patéticamente inepta cuando tiene que responder a cuestiones concretas. Cebarse en estas carencias sería un error de los demócratas: millones de electores podrían pensar que, después de todo, Palin es una de los suyos, y toda una señora presidenta si McCain no pudiera terminar su mandato. Nada como una campaña republicana para convertir las debilidades en activos electorales. La elección parece reformularse en Palin contra Obama.
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