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Economía

ANÁLISIS

04.10.08 -

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El Congreso de los Estados Unidos, -en segunda vuelta y con un resultado de 263 votos a favor y 171 en contra-, aprobó ayer el plan de rescate de las entidades financieras que crea un basurero financiero en el que se podrán almacenar los activos tóxicos que contaminan sus balances. Nadie podrá decir que es una buena decisión y nadie podrá negar que era necesaria.
El plan es la constatación de un sonoro fracaso colectivo. Si tienen la paciencia suficiente, mañana hablaremos de los culpables; pero éste no era el momento de atribuir responsabilidades. El Congreso americano tenía que elegir entre dos males y estaba claro cuál era el peor de ellos. Sin embargo, la decisión tuvo la mala suerte de aparecer en mal momento, a menos de un mes de las elecciones. En el Senado son pocos los miembros actuales que optan a la reelección y por eso pasó a la primera. En el Congreso no es así y por eso han sido necesarias dos votaciones.
En medio de ellas, se incluyeron una serie de modificaciones que responden a las presiones más diversas de los grupos más dispares. En total, se extiende la protección a otros colectivos y el Estado se asegura el cobro de los eventuales beneficios futuros y, si se hacen las cosas bien, se producirán sin duda.
Siempre se cita el monto de los activos dañados, pero hay que recordar que dudoso cobro, moroso y fallido no son sinónimos. En total la factura del dinero comprometido sube, pero ese no es el mayor problema. Había otro peor, que era la quiebra del sistema. Muchos percibieron el plan como un rescate de banqueros sin escrúpulos. Luego, cuando comprobaron los efectos de la primera negativa en sus planes de pensiones, en sus empleos y en sus ahorros vieron lo que estaba realmente en juego. A la segunda la vencida. El plan debe de ser el principio del fin de la crisis financiera americana; pero queda mucha crisis por delante. Así que no se relajen.
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