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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 3 septiembre 2014

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EN Nanclares de la Oca

Últimas horas en libertad de una bilbaína de 43 años condenada a 3 de prisión por estafa. «Me lo tomo como un viaje al Tíbet, llevo libros y un curso de inglés»

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«No me hago a la idea de que hoy dormiré en la cárcel»
María ha llenado la maleta de chandals y libros. / LUIS CALABOR
¿Cómo se prepara mentalmente alguien para entrar en la cárcel? «¿Puedo llevar el móvil, champú...? ¿Habrá ratas como se ve en las películas, ventanas con rejas?» Todas estas preguntas y muchas más cruzaban en este último año y medio por la mente de María, nombre ficticio de una bilbaína de 43 años que ingresó el pasado viernes por la noche en la cárcel de Nanclares de la Oca (Álava). La entrevista se realizó a primera hora de la tarde, poco antes de perder su libertad. Rubia, de ojos verdes y muy lucida, María es «abierta y confiada», tanto que sus allegados le han advertido de que en prisión «no hable».
En realidad, ella pensaba que el viernes por la mañana, cuando fue al juzgado a recoger el «mandamiento de ingreso», le comunicarían la fecha. «Me habían dicho que me darían diez días de plazo». Sin embargo, la sorpresa fue que tenía que renunciar a su libertad ese mismo día.
-¿Hasta qué hora me dan de límite? Es que tengo perro, una caniche, pobrecita, y no he hecho la maleta, confesó.
-Hasta esta noche, entre las ocho y las nueve, contestó la funcionaria.
En realidad, María conocía su destino desde abril de 2007, cuando «una persona, en mi caso una jueza, decidió que yo era una delincuente, una ladrona». Después de ocho horas de juicio, le cedieron la última palabra. «Quiero que esto acabe cuanto antes para limpiar mi honor», proclamó. «Estaba tan convencida de que me iban a declarar inocente...» Fue condenada a tres años de cárcel por estafa. María tenía un bar-restaurante a medias con un socio «en el que sacábamos dinero A y B». Según su versión, esta persona con la que compartía el negocio la denunció acusándola de apropiarse de unos 100 millones de pesetas en negro, «y me lo comí». «Si tuviera ese dinero... Pero si era un comedor con apenas 10 mesas, ¡cómo voy a sacar esa cantidad en año y medio!».
«El lado positivo»
Ese mismo día, la mujer se presentó en la consulta de un psiquiatra y le rogó: «Atiéndame por favor que no me puedo levantar de la cama». Habían transcurrido casi ocho años desde la denuncia, en 2001, y jamás pensó que terminaría 'enchironada'. «Ese día se te pasa por la cabeza todo lo malo, porque no estás preparada». Después de secársele los ojos de llorar, de que sus padres casi perdieran la salud, lo mismo que su hijo adolescente la cabeza y tres cursos, empezó a intentar ver «el lado positivo». «Me lo voy a tomar como si fuera de viaje al Tíbet, me llevo 14.000 libros -me gusta mucho leer-, un curso de inglés y, como soy profesora de ballet, propondré dar clases a otras presas».
María conoce a una mujer que ha estado entre rejas y le ha dado algún consejo. «Que me porte bien con todos, desde el funcionario al psicólogo, y que intente pasar desapercibida. Dice que tampoco es tan terrible, que después de comer y cenar abren el economato por si te quedas con hambre», explica poco antes de que su ex marido y padre de su hijo, y una amiga la lleven en coche a la cárcel. «Lo peor es lo pronto que tienes que irte a dormir a la celda, creo que a las nueve».
María se ha quedado «sin nada, todas mis propiedades las he entregado al juzgado: el piso, el coche..., lo sacarán a subasta» Tiene que pagar 700.000 euros. En el último año y medio ni siquiera ha trabajado, «para qué, si se lo iban a quedar todo».
Pero María conserva lo más importante, el cariño de su familia, sus padres, su hijo y un montón de amigos. «Hoy (por el viernes) no ha dejado de sonar el teléfono». «Lo fundamental es que ellos confían en mí, saben cómo soy. Voy con la cabeza muy alta, no tengo nada que esconder. Quien quiera pensar que soy una ladrona, que lo piense...»
Pero no se ha resignado hasta el final. «Peleé ocho años, me gasté mucha pasta en abogados, lloré muchísimo, pero doy por perdida esa batalla. Ahora, voy a la casa de Gran Hermano, no sé qué me voy a encontrar, estoy nerviosa, intentaré adaptarme, ser una más».
Carta de indulto
María está decepcionada. «Veía la Justicia como las matemáticas, dos y dos son cuatro, pero si ni siquiera en eso puedo creer...» Como contratar «al mejor abogado» no le sirvió de mucho, decidió pedir el indulto por sí misma. Envió una «carta manuscrita» en la que se defendía: «Me quitarán la libertad, pero nunca podrán quitarme la voz, ni las ganas de vivir». Le denegaron la medida de gracia el pasado 11 de septiembre, el mismo día que se iba de vacaciones con su novio.
En la maleta gris, más propia para un fin de semana que para una estancia de tres años, la mujer ha metido «sobre todo chandals, cosas de aseo y libros». El primero, que ya ha empezado a leer, es 'Lo mejor que le puede pasar a un cruasán', de Pablo Tusset. Ni maquillaje, ni bisutería. «¿Para qué?», espeta. Sabe que en prisión tendrá la posibilidad de reunirse con su pareja, con familiares y amigos en los famosos vises, aunque en principio no le gusta la idea. Lo de la despedida le parece una tortura.
Dormirá en una celda individual, con baño. Aunque como buena peregrina -ha hecho varios tramos del Camino de Santiago-, «no me importa tener que compartir, he dormido con ocho personas en un albergue». Tampoco le preocupa la soledad. «Vivo sola y estoy acostumbrada a las horas muertas».
Pese a todo, María no guarda rencor. «Quiero hacer un punto y aparte en mi vida, si encuentro trabajo limpiando escaleras, perfecto... Con la edad que tendré, ¿quién va a contratar a una mujer que ha estado en la cárcel por estafa?». «Estoy segura de que esta experiencia me va a enriquecer», sentencia mientras da un sorbo a un 'cubata' -no ha podido celebrar la juerga de despedida que tenía prevista el fin de semana- antes de partir hacia Nanclares.
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