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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 4 febrero 2012

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Héctor M. era heroinómano y hasta hace pocos meses vivía sin techo en la plaza de Abastos. Él y otros ocho usuarios del centro de Betoño han logrado cambiar su suerte
30.08.08 -

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Los que vencieron a la calle
Héctor M. estrena nueva vida después de quince años enganchado a la heroína. / RAFA GUTIERREZ
Héctor M. da la mano con energía y mira a los ojos. Es ingenioso, habla muy claro y ya sólo se mete metadona cada dos semanas. Hasta el pasado mes de diciembre vivía en la calle, formaba parte de ese grupo de gente sin suerte que ve pasar las horas en la plaza de Abastos entre roña y cartones de vino. Ahora tiene un empleo, una habitación en un piso de alquiler y recupera a los lejanos amigos de la infancia a base de partidas de dominó en Sansomendi. Entre estas dos vidas tan distintas está el intervalo de tiempo que pasó en el centro de Betoño y que gestiona la ONG Bizitza Berria.
La cabeza visible de todo esto es Satur García, artífice del hogar que comenzó a funcionar el pasado mes de diciembre y por el que han pasado ya cuarenta 'sin techo'. Sus 21 plazas están ocupadas. Y lo mejor de todo, dice este hombre paciente, es que nueve de los usuarios han conseguido un empleo (en limpieza de jardines y en diferentes fábricas) y esquivado la fatalidad. Incluso cinco de ellos se han independizado y viven por sus propios medios.
Héctor M. forma parte del selecto grupo y, por supuesto, este no es su nombre. Comparte su historia, pero no su identidad. «No quiero que la gente del trabajo lo vea en el periódico y diga, 'mira este notas de donde ha salido'». Como ha salido de un sitio del que es difícil escaparse, toma aire y comienza por el principio.
Nació hace cuarenta años en Sansomendi y ya desde joven fue «un poco cabra». Le gustaban las drogas y fue subiendo en intensidad. Cuando tenía 25 años se marchó con sus padres a Torrevieja y allí conoció el mortal magnetismo de la heroína. «Tenía trabajo, dinero, y me creía el rey del mundo. Pero no controlé y lo perdí todo». No se extiende en detalles sobre los años que siguen y sólo dice que «tuve altibajos, lo pasé mal. Uno hace cualquier cosa porque necesita meterse». Eso sí, se acuerda de aquella vez que tuvo un ingreso de urgencia en un hospital de Alicante. «La médica me dijo que si seguía así igual no me moría, pero que me iba a quedar gilipollas», recuerda con los ojos muy abiertos, como si hablase de otra persona.
El 1 de septiembre del año pasado regresó a Vitoria. Se pasó casi cuatro meses en la plaza de Abastos en ese estado de ingravidez propio de quienes no creen en el futuro. «No tenía ni carné de identidad. En la calle no estás centrado, a la mínima te pones a beber...». Allí conoció a Satur García, el hombre extraño que cada noche acude a ese rincón para ofrecer comida, café o ayuda a quienes creen no necesitarla. «Satur me decía, 'sal de la plaza, sal', y yo le contestaba 'no seas brasas'», recuerda el nuevo Héctor M. «Entonces pensaba que todas esas ayudas eran una puta mierda, pero ahora miro atrás y lo agradezco. No es esto lo que está mal», dice extendiendo el brazo, como para abarcar el mayor espacio posible de la estancia del centro de Betoño en la que se desarrolla la entrevista. Luego extiende el dedo índice y se da varios golpecitos en la cabeza: «Lo que estaba mal estaba aquí dentro».
Un par de semanas después de que se abriese el centro de Betoño, a finales de diciembre, Héctor comenzó a aparecer por allí pero seguía frecuentando la plaza. Poco a poco algo fue cambiando en su cabeza, impulsado por «esta gente, que tienen más paciencia que santos», dice en referencia a Satur y a los 16 trabajadores del centro de Betoño. Al fin y al cabo, «lo más importante es querer, la voluntad es la fuerza más grande que hay. Pero como uno no quiera, por mucho que quiera esta gente, no hay solución».
La cuestión es que dejó la droga, la calle, hizo algún curso de formación ocupacional de los que ofrece el Ayuntamiento y volvió a sentir el suelo bajo sus pies. En mayo comenzó a trabajar en una planta de reciclaje y en junio, con algún dinero ahorrado, se mudó a un piso de alquiler. Paga 300 euros por una habitación y dice estar «bien, a gusto, pero gracias a esta gente, que me ha ayudado un puñado».
Cartas y dominó
Cuando se le pregunta si ha vuelto por la plaza de Abastos sacude la mano enérgicamente y menea la cabeza: «Prefiero dar un rodeo de un kilómetro antes de pasar por allí». También da fe de lo lejos que queda su anterior vida el hecho de que sus antiguos compañeros de vicios «ya ni me llaman para 'meterme'. Ahora tengo las cosas muy claras».
Héctor M. trabaja a turnos y por eso, a menudo, tiene las tardes libres. Cuando eso ocurre va a Sansomendi a echar una partida de cartas, a jugar al dominó y, sobre todo, a «retomar viejas amistades con las que había perdido el contacto hacía muchos años». En definitiva, «hacía mucho que no estaba tan a gusto».
A la una y media del mediodía mira el reloj y pregunta si el lector querrá saber algo más. «Es que me tengo que ir a comer, que tengo turno de tarde», se explica. Satur le invita a quedarse en su antiguo hogar de Betoño, hay comida para todos. «No, que tengo la comida hecha», replica Héctor. «¡Ahí va la hostia! Ya no quieres saber nada de esto», le vacila el anfitrión. «No es eso, no es eso... Cualquier día vengo de visita».
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