Cuando el bolsillo aprieta, los kilómetros no importan. Ni el idioma. 12.000 españoles se lanzarán de nuevo este verano a la aventura en Francia, donde participarán durante casi un mes en la campaña de recogida de la uva. Serán un 20% más de los que fueron el año pasado. Y es que la crisis y el aumento del paro pasan factura. Sobre todo, en las regiones más pobres. Los andaluces son, una vez más, el grueso de la expedición: casi tres cuartas partes del total.
La vendimia gala se ha erigido con el paso del tiempo en una especie de termómetro para medir el estado de la economía nacional. El número de jornaleros que emigran cada verano sirve de baremo. Lejos queda ya la década de los setenta, cuando hasta 100.000 trabajadores atravesaban los Pirineos para afanarse entre viñedos. La cifra actual queda muy lejos de aquélla, pero se ha visto incrementada en el último año. «El parón de la construcción se ha dejado notar», explica la secretaria de Migraciones de la Federación Agroalimentaria de UGT, María Ángeles Repilado.
La campaña gala, al fin y al cabo, se presenta como una buena oportunidad para sanear las maltrechas economías de muchas familias y obtener ingresos extra. Por algo más de 35 horas semanales, los temporeros cobran al final de la campaña entre 1.900 y 2.300 euros, en función del puesto desempeñado y de su región de destino. Un sueldo «difícil de igualar en España», donde se reciben 6 euros a la hora por los 8,71 mínimos en Francia. Quizá por ello, agricultores expertos se mezclan en el campo con jóvenes estudiantes que, además del salario, buscan aventura. Así se equilibra la media de edad de los emigrantes, que oscila entre 35 y 45 años.
Al atractivo económico se une el de la propia labor. Cortar y recoger los racimos de uva no supone una tarea especialmente dura. Y tampoco muy prolongada en el tiempo. Entre 20 y 25 días únicamente. Parecen motivos más que suficientes para explicar la gran presencia de mujeres entre los viñedos. Suponen alrededor de un tercio del total de trabajadores. Según Repilado, «muchas familias van en grupo, incluso con miembros de varias generaciones». La vendimia del país vecino se ha confirmado así como la principal campaña internacional para los jornaleros españoles.
Navarros y catalanes
Y cada año se suma el interés de nuevas personas, que se dirigen a los sindicatos en busca de información. «Esta vez hemos recibido muchas llamadas de Galicia, Cataluña y Navarra», asegura la portavoz de UGT. Los consejos, idénticos para todos ellos. El más importante, ir con contrato, lo que asegura alojamiento, viaje autorizado y un buen precio para la manutención. «Si el patrón es importante y posee una gran finca, contrata servicios de catering. En caso contrario, suelen ser las propias mujeres españolas quienes cocinan a cambio de una compensación», aclara Repilado.
El triste verano que ha soportado el campo francés, con nubes y más lluvia de la esperada, ha retardado la maduración del fruto y, por tanto, también la partida de los emigrantes. Este fin de semana salen los primeros autocares hacia el país vecino para iniciar la recogida de la uva temprana, aunque el grueso de los temporeros abandonará España la última semana de agosto o la primera de septiembre. Al filo del otoño regresarán a sus respectivos hogares con nuevas hazañas que contar y las carteras más llenas.
Francisco Soriano viajará a territorio galo por última vez. A sus 68 años, se jubila. Lleva casi un cuarto de siglo cumpliendo con la vendimia y, más que por los euros, se ha embarcado en su última aventura como jornalero para «enseñar» a su hijo «los detalles del oficio». El veterano agricultor gaditano, afincado en Alcalá del Valle, define la campaña como una «costumbre andaluza» que, en la mayoría de los casos, no responde a una necesidad apremiante de dinero. «Aquí es como una tradición. Habituados a la dureza del campo, recoger uva es de lo más sencillo que hay y en Francia está bien pagado, merece la pena», argumenta.
A lo largo de su periplo entre viñedos, Soriano ha acumulado «muy buenos recuerdos», aunque también ha tenido que soportar muchos momentos ingratos. Hay jornaleros de lugares muy diferentes y, a menudo, «surgen roces» que desembocan en «desagradables peleas». Pese a todo, ha hecho «grandes amigos» en el país vecino. A su juicio, la clave está en «tropezarse con un buen patrón, que los hay, y dejarle contento para poder volver al año siguiente al mismo sitio».
Desde los 14 años
El caso de Isabel Legidos va más allá. Nacida en Albacete en 1952, casi debe su vida a la vendimia francesa. La frecuenta desde los 14 años y fue durante las labores del campo cuando conoció a un «apuesto joven», español también, que acabó convirtiéndose en su marido. Incluso se casó al otro lado de la frontera. Ahora vive con su esposo en la localidad murciana de Lorca, pero no hay verano que falte a su cita con la campaña de la uva. Y por supuesto, se lleva también a sus hijos y a «un buen puñado» de vecinos.
Para Legidos, la vendimia es una «tradición» que heredó de sus padres y que ahora ella pretende «transmitir a las futuras generaciones» de su familia. No niega, pese a todo, que la emigración temporal a Francia responda también a una necesidad de sanear su economía. «Aquí el trabajo está muy mal y allí, además de haberlo, el jornal es más atractivo», justifica. Por otro lado, conoce la tarea a la perfección y, con la ayuda habitual de un tractor, no le parece «especialmente dura».
Su destino, un año más, estará en las inmediaciones de Aviñón, donde espera que reine el «ambiente cordial» de siempre. «Es lo mejor. Trabajamos muchas horas, pero siempre queda rato libre y, mientras los hombres beben vino o juegan a las cartas, las mujeres hablamos de nuestras cosas», describe entusiasmada esta jornalera manchega. Aún tendrá que esperar. Su enésima campaña de la vendimia no comenzará «hasta septiembre».