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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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El levantamiento militar del pasado miércoles demuestra que los generales gobiernan realmente Mauritania, un Estado que se proclama el primer régimen democrático árabe
10.08.08 -

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Un país de ordeno y mando
Seguidores del general Mohamed Ould Abdelaziz recorren en coche las calles de la capital mauritana. / AFP
Llegó el general Mohamed Ould Abdelaziz y mandó parar. Se acabó la diversión y cayeron las máscaras legalistas. Incluso para los propios nativos, Mauritania era la excepción, el primer régimen árabe que cumplía todas las garantías democráticas, donde no cabían las excepciones y los derechos humanos contaban con organismos que velaban por su respeto. Pero todo tiene un límite, incluso las veleidades de un político civil que pretende sojuzgar a las Fuerzas Armadas. Lisa y llanamente, la pretensión del presidente, Sidi Mohamed Ould Cheij Abdallahi, de destituir a la cúpula de los cuerpos de seguridad resultaba intolerable.
El golpe del pasado miércoles no ha tenido una explicación evidente. Tan sólo cuando se ha mencionado la intención de relevar a los dirigentes de la Guardia Republicana o la Gendarmería, el nuevo hombre fuerte ha reconocido su importancia a la hora de desenvainar sables y desplazar a la clase dirigente. En el comunicado difundido por la televisión, los militares aducen, de manera vaga, su deseo de salvar el país y reconducir el proceso democrático. Pero no explican cuál es el grave peligro que lo acechaba y que reclamaba su intervención. Posiblemente, porque el mayor riesgo radicaba en ellos mismos.
Hasta hoy la política local se ha escrito en los cuarteles. El escaso medio siglo de independencia con el que cuenta el país magrebí está condicionado por la sucesión de dictadores, arropados por partidos a la medida y comicios fraudulentos. La lógica de esta presencia, común a otros Estados del Sahel, tiene que ver con el pasado precolonial y la influencia de la metrópoli francesa, determinante de su evolución posterior.
Mauritania era un puñado de emiratos inmersos en conflictos antes de que llegaran los destacamentos expedicionarios franceses en el siglo XIX y los incorporara a su imperio africano. Pero el surgimiento de un entramado administrativo moderno en aquella tierra árida, habitada por una comunidad de origen árabe y bereber, exigía recursos humanos que llegaron desde el sur, de los pueblos negros situados al sur del río Senegal. Los wolof y soninké, provenientes del Golfo de Guinea e inmersos en una larga y antigua migración hacia las tierras septentrionales, aculturizados por los galos, nutrieron la burocracia, el Ejército y el comercio, y cuestionaron, de alguna manera, la supremacía de los indígenas.
Desde entonces, la polaridad surgida entre la población originaria y los recién llegados ha constituido una de las características de la reciente historia y una de las razones que ha otorgado su poder al Ejército. Convertido en instrumento de control de las élites, también proporcionaba la argamasa para una república acotada por fronteras artificiales en la que el sentido nacional se ha conformando lentamente.
La moderna estructura estatal se ha consolidado según el modelo de la metrópoli y sobre patrones ancestrales comunes a un territorio inmenso y poco poblado. La sociedad mauritana tradicional tiene carácter estamental y se ha sustentado sobre una clase baja pero numerosa, formada por los 'haratin' o 'moros negros', de controvertido origen, islamizados y, a menudo, convertidos legalmente en esclavos.
Los oficiales, formados generalmente en Marruecos, se han nutrido de la hegemonía de los tradicionales grupos de poder, de origen árabe, y proyectado en el plano gubernamental su autoridad local. Ese rol se ha visto reforzado por la ausencia de interlocutores civiles en sociedades tan débilmente articuladas como aquellas que habitan en las tierras de transición comprendidas entre el océano Atlántico y el mar Rojo, origen de repúblicas con frecuencia atormentadas por conflictos intertribales.
Reparto del Sáhara
La débil situación de Mauritania, ambicionada por Marruecos apelando a argumentos étnicos y culturales y enfrentada a Senegal por solidaridad con los pueblos negros, ha reforzado, sin duda, el rol de los militares. Su breve alineación junto a Rabat en el reparto del Sáhara Occidental también los dotó de argumentos y aún fueron más evidentes gracias al conflicto con Dakar en los enfrentamientos conocidos como eventos de 1989. La posición ambivalente entre el vecino del norte, Argelia y Francia ha constituido el eje principal de sus diversas políticas exteriores.
Avalados por esa posición dominante han surgido personajes como Maaouya Ould Sid'Ahmed Taya, uno de los dictadores que se mantuvo veinte años al mando, o el actual dirigente, Mohamed Ould Abdelaziz, que lo destituyó en el 2005. En opinión de los analistas locales, instigó tanto el sorprendente proceso democratizador posterior como el 'putsch' que lo ha frustrado, y no dudan que el presidente Abdallahi fue un instrumento para instalar un régimen bajo su tutela, aunque la rivalidad entre ambos ha desembocado, tras diversas maniobras obstruccionistas, en este inesperado desenlace. El golpe tan sólo habría desvelado su definitivo protagonismo, mientras que el carácter incruento de la asonada y el apoyo de diversas fuerzas políticas explicaría la verdadera condición de comparsas de muchos de aquellos que se dicen representantes de una defraudada y débil sociedad civil.
Su intención expresa de convocar elecciones y, posteriormente, proceder a formar un Gobierno que desafía la voluntad de las urnas, apunta un futuro incierto, aún más precario si la oposición mantiene su rechazo y la comunidad internacional, cada vez más interesada en los recursos petrolíferos de su subsuelo, apoya el regreso al mandato constitucional. Quizás, entonces, si prosigue la presión, Abdelaziz y los suyos opten por un segundo plano, más discreto, y Mauritania deje de ser un país con apariencias democráticas y entrañas castrenses.
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