Los conflictos bélicos de comienzos de los años 90 en Osetia del Sur, Abjasia, Nagorno Karabaj, Transdniester y Tayikistán -preludio de lo que pasaría en Chechenia- posibilitaron la aparición de una maraña de mercenarios, traficantes, secuestradores y otros individuos que hacen de la guerra su negocio y modo de vida. Esas 'redes de la muerte' actúan como hilo conductor para propagar los conflictos, incluido el terrorismo, a otras zonas del planeta.
Shamil Basáyev, el terrorista checheno más buscado por Rusia hasta su muerte en julio de 2006, fue reclutado por el antiguo KGB para luchar en Abjasia contra las tropas georgianas. Basáyev dirigió varios destacamentos de la milicia separatista abjasa y después adquirió vida propia y continuó haciendo lo mismo, pero en su propia tierra y contra los 'invasores' rusos.
A juzgar por lo visto en el Cáucaso, las leyes que imperan en las contiendas dejan un amplio margen para que militares sin escrúpulos se enriquezcan a costa del sufrimiento ajeno. La guerra y sus secuelas son el caldo de cultivo para que surjan nuevos enfrentamientos. Rusia aplastó a sangre y fuego la rebelión en Chechenia y presenta ahora la relativa y frágil estabilidad que vive la república como un éxito. Sin embargo, no pasa un sólo día en la región, sobre todo en las vecinas Daguestán o Ingushetia, sin que se produzca algún ataque, refriega o atentado. El goteo de muertos no cesa y una nueva contienda no hará más que agravar la situación.
El presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, mencionó otro efecto de la guerra al hablar de «limpieza étnica». En su caso se refirió a lo que hacen las tropas rusas con la población civil georgiana en Osetia del Sur. La expulsión de la mayoría de los georgianos de ese enclave ya se produjo entre 1990 y 1992. Se les echó también de Abjasia. Lo mismo que hicieron los armenios con los azerbaiyanos en Nagorno Karabaj.
Visita de Putin
El Cáucaso ya fue escenario en la época de Stalin de otras limpiezas étnicas. Chechenos e ingushes fueron deportados a Siberia y Asia Central, acusados de colaborar con los nazis. Cuando quisieron regresar a sus casas, los ingushes se encontraron con que habían sido ocupadas por osetios. La situación se agravó cuando llegaron más refugiados de Osetia del Sur en 1991 y ahora puede volverse a repetir el episodio.
Mientras, el primer ministro ruso, Vladímir Putin, voló ayer a Osetia del Norte, desde donde calificó el enfrentamiento como un «duro golpe» a la integridad territorial de Georgia. A su juicio, supondrá un «daño tremendo a su identidad nacional» porque, según aseguró, «es difícil imaginar cómo se puede convencer a Osetia del Sur de que siga unida a Georgia».
«Creo que está absolutamente claro que las aspiraciones de Georgia a la hora de entrar en la OTAN están dictadas por su intentos de involucrar a otros países en sus sangrientas aventuras». El ex presidente ruso, además, defendió la legalidad de la intervención de su país en el conflicto, ya que «está obligado a proteger a los ciudadanos a través de su papel de pacificador».
En cualquier caso, la primera consecuencia de las hostilidades es que ya han animado a los abjasos a echar a los georgianos del desfiladero del Kodori. La disputa podría reactivar los combates también en Nogorno Karabaj. Ante la presión rusa, los dirigentes georgianos podrían verse tentados de ayudar a la guerrilla separatista chechena. Georgia tiene frontera con la parte más escarpada y recóndita de Chechenia. Grupos islamistas chechenos, ingushes y daguestaníes esperan con ansia que algo así suceda. Una enorme explosión en todo el Cáucaso estaría garantizada.