«Ningún ser humano debería ver lo que yo he visto, ni siquiera saber de ello. Y si lo ha visto, lo mejor es que muriese pronto». Varlam Shalámov, el autor de 'Relatos de Kolymá', escribió estas palabras después de pasar 17 años enterrado en vida en los campos de Kolymá, el rincón más desolado del mundo. Uno podría pensar que, a tenor de la pena impuesta, su historial delictivo fuera el de un asesino en serie, un violador reincidente, un genocida. Nada más lejos de la realidad. Shalámov pasó la mayor parte de su juventud en el mayor complejo de campos de concentración de la extinta Unión Soviética perteneciente al Gulag, acrónimo de Glavnoie Upravlenie Laguerés (Dirección General de los Campos). ¿Su delito? Divulgar el polémico testamento de Lenin, lo cual, a los ojos de su sucesor Stalin, le convertía en un traidor, un conspirador, un disidente.
No deja de ser paradójico que, para Shalámov, el infierno sobre la tierra se encontrase junto al Círculo Polar Ártico, en la cuenca del río Kolymá. Una tierra hostil, anclada la mayor parte del año en las noches de sol, donde el hallazgo de oro a finales de los años 20 resultó una maldición, un motivo de vergüenza para la humanidad. Stalin había sustituido a Lenin y el país hervía de agitación. La guerra civil y la psicosis desatada contra enemigos auténticos y figurados inauguró un periodo atroz que se prolongaría más de 35 años, con un aterrador saldo de millones de desplazados y de un número de muertos imposible de calcular.
Kolymá ocupa un lugar destacado en el escaparate ruso del horror, aunque su mención no alcance el relumbrón de otros templos del terror como los campos de la muerte de Pol Pot o la infamia nazi encarnada en Auschwitz, Treblinka o Dachau. Su fundador, Edvard Berzin, era un pintor malogrado que después de participar en la Revolución de Octubre, de escalar puestos en la guerra civil contra los rusos blancos y de proteger al propio Lenin, vivió una ascensión meteórica al frente del mayor centro de reclusión conocido. Tras viajar a Vladivostok y cruzar el mar de Ojotsk, desembarcó al frente de un grupo de prisioneros, ingenieros y policías militares en Magadán, una aldea de pescadores que acabó convirtiendo en la capital de su imperio.
A 50 grados bajo cero
No perdió el tiempo. Al volante de su Rolls-Royce, un regalo que le hicieron en Moscú y que había pertenecido antes a la mujer de Lenin, ejerció un control férreo de la región a la que no tardó en arrastrar a decenas de miles de prisioneros políticos, intelectuales y campesinos descontentos con la colectivización que pregonaba Stalin. Su primer año al frente del Dalstroi, un trust encargado de explotar los recursos auríferos del noreste de Siberia y otros metales, envió a Moscú media tonelada de oro.
Tres años más tarde ya eran catorce toneladas y dos años después 36, tres toneladas más que el alambre de espino que había recibido para blindar su imperio. Para reunir esta suma fabulosa -auténtico pilar de la economía soviética-, los prisioneros tenían que cumplir una 'norma', la extracción de entre cuatro y seis metros cúbicos de tierra aurífera al día. O atenerse a las consecuencias. Todo ello con apenas un chusco de pan y una sopa infame donde los tropiezos brillaban por su ausencia. No existía la compasión y la única forma de suspender el trabajo era que la temperatura bajase hasta los -50º, algo muy posible en el lugar más frío del planeta.
En su libro 'Gulag', el polaco Tomasz Kizny relata cómo, mientras las columnas de condenados a trabajos forzados pasaban por delante de la casa de Berzin, su mujer escribía a la familia que prefería la vida en Magadán a la de Moscú. «Hay aire puro, espacio... Se puede vivir bastante bien». No tardó en cambiar de idea. La Gran Purga que desató Stalin en vísperas de la Segunda Guerra Mundial atrapó entre sus víctimas a este maestro de carceleros, que acabó ejecutado en las celdas de la Lubianka -la sede central de la policía política-, acusado de conspirar con los japoneses y británicos. Murió de un tiro en la nuca cinco años después de haber levantado Kolymá de la nada, cuando la producción ascendía a 62 toneladas de oro y la población reclusa superaba las 100.000 personas. A su familia no le fue mejor: su hijo Petia ingresó en un orfanato y murió en el sitio de Stalingrado. En cuanto a Elga, su mujer, cumplió nueve años de condena en un campo de trabajo como los que su marido había ordenado levantar con tanta devoción. Eso sí, con mucho aire puro.
«Confía, pero vigila»
Shalámov, para quien cada minuto de los 17 años pasados en esta jaula de hielo era «un peldaño más en la deshumanización del hombre», recuerda en su libro que «lo único real era el instante, la hora, el día (...) El frío helado, el mismo que convertía la saliva en hielo en pleno vuelo, había alcanzado también el alma humana». No había lugar para la esperanza. Como recuerda Tom Rob Smith en su libro 'El niño 44', el conocido aforismo de Stalin «Confía, pero vigila», acabó interpretándose como «Vigila a aquellos en quienes confías».
La pesadilla no empezó a disiparse hasta la publicación por parte de Jruschov del informe secreto sobre Stalin en el XX Congreso del PCUS. Kolymá se clausuró en 1958, aunque para cientos de miles eso carecía ya de importancia. Ryszard Kapuscinsky, el periodista que revolucionó el género del reportaje, escribía en 'Imperio', su obra cumbre, que tantos años de represión, tortura y terror han dejado en Rusia una huella que tardará en borrarse. Alexandr Solzhenitsyn, el autor de 'Archipiélago Gulag' muerto hace una semana, calculaba que habían pasado por los campos entre 40 y 50 millones de ciudadanos. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos dejaron allí su vida. En Moscú, el fantasma de éstos sobrevive en cuatro habitaciones de un modesto museo de la calle Petrovska al que las autoridades tienen prohibida la entrada a los menores de 14 años.