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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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El país tiene múltiples caras. Este es un recorrido por los cuatro puntos cardinales del gigante asiático

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La Gran Muralla, el arroz, los sombreros cónicos, el oso panda, los guerreros de terracota, las escarpadas montañas cubiertas de niebla misteriosa, y los templos de tejados curvos y pilares rojos. Es difícil sacudirse los tópicos que conforman la idea de China en el imaginario occidental, y que crean una imagen distorsionada de su realidad. Es más, no todos los chinos tienen ojos rasgados, y muchos jamás han leído el libro rojo de Mao, una figura relegada al olvido. A pesar del auge económico y político del país, que provoca tanta admiración como temor, el Gran Dragón sigue siendo un gran desconocido.
Curiosamente, la celebración de los Juegos Olímpicos puede que sirva únicamente para reforzar la imagen preconcebida del país, ya que el propio gobierno comunista parece empeñado en ofrecer un espectáculo en el que predomine la homogeneidad, y en el que se exhiban elementos culturales que la mayoría de la población local considera obsoletos pero que, precisamente, son los más conocidos en Occidente. Danzas y ópera clásicas, sesiones de caligrafía, y teatros de marionetas, entre otros. Salvo por lo vanguardista de la arquitectura y lo avanzado de la tecnología, los visitantes de Pekín difícilmente se harán idea de la inmensa diversidad china.
Desiertos, bosques y junglas; alta montaña y grandes depresiones; gigantescas ciudades y poblados minúsculos; y una constelación de etnias. Los 9,5 millones de kilómetros cuadrados que hacen de China el cuarto país más extenso del planeta, y los 1.370 millones de habitantes que le otorgan la medalla de oro en cuanto a población, son una caja de sorpresas. Eso sí, es necesario alejarse de la costa Este, la que iluminan los focos de la globalización, para indagar en su contenido.
Culturas y religiones
A 48 horas en tren desde Pekín, 4.000 kilómetros y tres husos horarios al oeste del centro neurálgico de China, se encuentran las ciudades de Urumqi y Lhasa, capitales de las Regiones Autonómicas Especiales de Xinjiang y Tíbet, ambas problemáticas en lo político pero fascinantes en todos los sentidos. Dos desiertos que suman un tercio de la superficie china: uno de arena y otro de hielo. El de Taklimakan con zonas por debajo del nivel del mar, y el del Himalaya en el techo del mundo. En medio, la Ruta de la Seda, la arteria que une culturas milenarias de rasgos muy diferentes.
Sin duda, la imagen de caravanas de camellos a las órdenes de chinos musulmanes de rasgos occidentales no se asocia a China, pero es habitual en una sexta parte de su territorio, el dominado por la etnia uigur, procedente del centro de Asia. El tocado blanco que en los hombres denota la devoción por el Islam, y el velo en el caso de las mujeres, es también una prenda fácil de ver en el centro oeste del país, aunque en la mayoría de estos casos sí va de la mano de ojos rasgados. China es un país multicultural en el que se respeta la libertad de credo, a pesar de que la hoz y el martillo siguen presentes en la esfera política y de que el segundo fue utilizado para destrozar gran parte de las construcciones religiosas del gigante durante la Revolución Cultural. Ahora no son de extrañar la existencia de figuras de la Virgen María junto a estrellas rojas, o la estrella de David frente al retrato de héroes comunistas. En la ciudad de Xi'an, por ejemplo, uno de los monumentos estrella es la Gran Mezquita, que combina el estilo tradicional de los templos de antiguas dinastías con inscripciones en árabe.
La influencia de los colonos europeos también ha dejado marcas indelebles. Más allá de las esencias portuguesas de Macao y la flema británica de Hong Kong, se encuentran los sabores alemanes de Qingdao, donde se celebrarán las pruebas náuticas y ciudad que cede su nombre a la cerveza más conocida del país, herencia germana, y las sobrias líneas de los edificios franceses y británicos de Shanghai, anfitriona para la competición futbolística.
En la provincia de Yunnan, en el centro sur, la influencia llega del sudeste asiático. Aquí residen 26 de las 55 minorías étnicas que convierten a China en un apasionante mosaico cultural. Perduran formas de vida y tradiciones milenarias importadas de Myanmar, Laos o Vietnam, y sobreviven grupos étnicos que se han desvanecido del resto de la faz de la tierra. Sin duda, la provincia de Yunnan, con su frondosa jungla al sur y sus cumbres nevadas al norte, tiene el potencial para convertirse en uno de los principales atractivos turísticos y, sobre todo, para desterrar la imagen de una China homogénea, de etnia han.
Rascacielos sobre chabolas
Tampoco es necesario recorrer miles de kilómetros para encontrarse con los diferentes colores del camaleón. Las ciudades son buen ejemplo de ello. La explosión económica de China ha creado verdaderos monstruos de asfalto en los que se viven realidades muy diferentes. Y no se trata de la dicotomía centro-suburbio. Un barrio, incluso una calle, puede contener desde cochambrosos edificios sin baño hasta urbanizaciones de lujo con seguridad privada y un muro de arbustos suficientemente alto como para que los nuevos ricos no tengan que apartar la mirada de lo que existe al otro lado de la calle.
Pekín no es excepción, aunque los organizadores de los Juegos han preferido construir muros de mampostería frente a los barrios que pueden herir la vista. En la mejor tradición china, han optado por la técnica del avestruz. Pero la realidad es tozuda, y ahí sigue la otra cara de las relucientes ciudades de vidrio y acero.
Son las grandes disparidades sociales las que amenazan el equilibrio del país. Y es fácil de comprender. Un ciudadano de Hong Kong, la ciudad más próspera de China, goza de una renta media cien veces superior a la de su compatriota de la provincia de Guizhou. Los medios de comunicación llegan hasta el rincón más oscuro del país, y los más desfavorecidos observan atónitos como otros disfrutan del consumismo mientras ellos siguen sumidos en la miseria. Esta situación supone una bomba relojería que, hasta el momento, el Gobierno ha controlado con mano de hierro. Sin embargo, el año pasado ya se contabilizaron unos 50.000 actos de protesta, y 2008 ha sido testigo de la revuelta más grave del Tíbet en décadas y de varios atentados terroristas. Es la cara amarga de las mil chinas, entre las que sólo unas pocas se benefician del auge económico que han impulsado todas ellas.
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