«Era julio del 92 y, de la noche a la mañana, una nefritis galopante puso fin al funcionamiento de mis dos riñones». Así arranca el relato de su 'reencarnación' José Luis Espinosa, para quien la insuficiencia renal le viene condicionando casi un tercio de sus 45 años de edad. Hace tres meses y medio se sometió al segundo trasplante, esta vez de su hermano, después de que el órgano de un cadáver anónimo que le implantaron en la primer operación cumplió sobradamente su vida útil. «Viene a durar 128 meses y en mi caso han sido 178, así que he tenido suerte».
Resulta asombroso oír cualquier mención relacionada con la fortuna a un hombre que le ha mostrado el pasaporte a la muerte. No es la única referencia a cuestiones venturosas que utilizará en esta historia. Así se gesta la fortaleza de la gente que la desgracia coloca caprichosamente en el eje de la diana.
José Luis se sentía mal en la antesala de aquellos Juegos Olímpicos que organizó Barcelona. «Tenía dolores de cabeza, náuseas, vomitaba continuamente... Me asusté cuando empecé a sangrar por la boca, la nariz y el ano. Es la forma que tiene el organismo de intentar echar fuera las toxinas». Un médico de la Seguridad Social y otro privado entendieron que la analítica evidenciaba anemia. «Pero lo que tenía era la sangre envenenada y estuve a punto de morir. Permanecí tres semanas ingresado en la UVI de Santiago y perdí todos los sentidos menos el oído. Yo escuchaba el sufrimiento de mis familiares. No distinguía bien la realidad del sueño, pero oía a los médicos 'chaval, no te duermas'. Recuerdo que llegué a valorar que iba a ser una carga para la sociedad, para la familia. Y entonces pensé 'vaya oportunidad que tengo de morir dulcemente'».
Superó el primer órdago a mayor después de una intervención quirúrgica de «mucho riesgo» que le privó de un riñón. Su enfermedad crónica requería diálisis o trasplante, pero los pasos ya están establecidos. Primero, el ingreso tres veces por semana y durante cuatro horas en el hospital para que la máquina supla lo que su propio órgano no es capaz de conseguir. La diálisis supone el ingreso en la lista de espera para obtener un trasplante. «Tuve bastante suerte porque al año fue la intervención».
Julio del 93. Un riñón compatible con José Luis pasa a formar parte de él. «La cosa fue bien hasta el sexto mes. No orinaba, tenía que llevar bolsa y me vine abajo, pero un día empecé a orinar por mis propios medios. Y hasta ahora». En ese intervalo que en realidad abarca doce años, llega a 2005, es cuando adopta un papel protagonista su hermano Pedro Pablo, periodista radiofónico y fundador de Potato. El autor de la letra que ya hace veinte años retrataba a su ciudad como «capital artificial de un país singular».
«Yo se lo doy»
La vida de José Luis discurría en una dirección, la más o menos tortuosa que caracteriza la existencia de cualquier ser humano, hasta que ese desvío brusco le obligó a transitar por puertos de montaña. «He renunciado al amor por la supervivencia», condensa. «Un año antes había conocido a esa chica que te hace sentir algo especial y, si no es por la enfermedad, mi vida habría sido distinta, me imagino que mejor. Sólo sé que yo esto no lo he elegido». Tampoco la angustia que supone someterse a análisis cada tres meses y aguardar los resultados. Por ejemplo, los esquivos en otoño de 2005. «Se vio en la analítica que la función renal iba a menos y me advirtieron que para navidades se quedaría en nada». Tercer toque de fortuna. El órgano duró casi treinta meses más de aquella previsión agorera y, mientras, José Luis tiró al frente reconfortado por la decisión que ya había tomado Pedro Pablo.
«En Cruces, en aquella consulta de septiembre de 2005, le dije a mi hermano 'te lo doy yo'. El cuerpo y la mente están interrelacionados y pienso que aquello le ha dado tranquilidad para esperar mi trasplante», declara el ex miembro de Potato. José Luis asiente, mientras rodea con los dedos el botellín de agua en la cafetería del Prado. «En realidad -prosigue el periodista- nos ofrecimos toda la familia. Pero a la hermana pequeña la descartaron por su RH distinto y a la mayor, por tener la glucosa alta. A mí me hicieron todo tipo de pruebas y no había problema. Así que le dije, 'vamos para adelante'. «Es el mayor acto de amor que han hecho por mí», sentencia José Luis.
«Compartir»
El 22 de abril, hace 110 días, se desarrolló el trasplante del hermano mayor al menor, sexto celebrado en Cruces entre personas vivas. Pedro Pablo farda de cicatriz, que muestra en el costado izquierdo, y comienza un alegato con tintes humanos y reivindicaciones políticas. «Para mí, el objeto de esta historia es decir que cuesta muy poco aliviar el sufrimiento de la gente, que compartir es una de las cosas más bonitas que hay en la vida y que tenemos profesionales muy buenos en Osakidetza a los que hay que apoyar. Los gobiernos tienen que preocuparse de invertir en salud y educación y dejarse de cuestiones menores». Y se lanza por la senda social. «Dinero hay para una renta universal básica, para... Yo es que soy muy individualista, de ideas libertarias, pero creo mucho en el apoyo mutuo. Lo más grande del humano es la capacidad de ser libres para tomar decisiones, como la que he adoptado yo. ¿Donarle el riñón? Es muy pequeño el sacrificio, normal y acorde con ser una persona».
José Luis le escucha y asegura que se siente bien. Se le pregunta de dónde ha sacado arrestos para pelear dieciséis años y concede a la respuesta un sentido espartano. «Pues de tener mucha fortaleza, no queda otra que seguir peleando. Ahora soy mucho más fuerte, sé que lo más importante es la propia vida, disfrutar el momento y, como decía mi hermano, compartirlo. Te das cuenta de muchas cosas, de que el dinero va y viene, que la importancia del trabajo es relativa...». Pedro Pablo asiente. Les une la sangre, una forma de pensar y ese riñón que ha viajado de un cuerpo a otro por la llamada potente de la vida.