
El rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza, a lomos de su caballo planta un par de banderillas cortas a dos manos a su primer toro, "Hábito"./ EFE
Toros de Murube, bien presentados: El primero y quinto fueron nobles con derrotes de flojeza y mansedumbre; el segundo, cuarto y sexto, nobles y bravos; el tercero resultó manso
Joao Moura: Cinco pinchazos y dos descabellos (ovación); y pinchazo y cinco descabellos (silencio)
Pablo Hermoso de Mendoza: Dos pinchazos y rejón (gran ovación); y rejón (dos orejas)
Álvaro Montes: Rejón y descabello (ovación tras leve petición de oreja); y rejón (dos orejas)
Entrada: La plaza tuvo lleno de "no hay billetes" en tarde apacible y fresca.
La cuarta de abono de la Feria de La Blanca de Vitoria ha abierto la Puerta Grande a los rejoneadores Pablo Hermoso de Mendoza y Álvaro Montes. Ambos lograron esta tarde, con su arte y manejo en la cabalgadura, lograron levantar al público de sus asientos y cortar dos orejas cada uno, al quinto y sexto de la tarde, respectivamente.
Por su parte, Joao Moura impuso dos rejones de castigo al toro que abría festejo para pasar a las banderillas, donde a lomos de su briosa cabalgadura, un bonito tordo blanco, arrancó los primeros aplausos al respetable. Con el rejón de muerte Moura se precipitó y erró ante las protestas del público. En su segunda oportunidad, el de Monforte jugueteó de costado poniendo un bonito par de banderillas. Llevó al toro por donde quiso. Mató con desatino y dilapidó el premio cantado de haberlo hecho bien.
Pablo Hermoso de Mendoza, después de examinar a su compañero de lidia, toreó en redondo para clavar entre aclamaciones el rejón de castigo. En banderillas y, sobrado de plástica, puso dos tras requiebros sobresalientes que las cuadrillas de blusas saludaron con un "tú si que vales". Faena de postín que consiguió levantar de sus asientos a la afición y que remató poniendo banderillas a dos manos. Falló en la suerte final.
Con el quinto, algo menos dotado que el primero del lote, Hermoso de Mendoza ejerció con templanza. En una de sus arrancadas, el de Estella llamó al toro valiéndose de la mano del caballo para colocar una preciosa banderilla. Llegó a poner el codo en el testuz del astado provocando el aplauso cerrado y levantando nuevamente al tendido. Ejecutó la suerte de matar de forma fulminante.
Álvaro Montes, pertrechado con la garrocha al más puro estilo campero, esperó en la puerta de toriles al primero de su lote y logró que siguiera brevemente la madera arrastrada por la arena. Lo más destacado de la faena fue la colocación "al violín" de sendas banderillas tras hacer girar al caballo.
Con el último de la tarde, Montes comenzó con el toreo a dos pistas para completar una vistosa suerte de banderillas. Después giró su cabalgadura, colocó una banderilla corta a mano cambiada e hizo saltar al equino entre los vítores del tendido. Aplicado el rejón de muerte el astado fue a morir al centro de la plaza, y fue aplaudido por el mismo rejoneador.