Los ángeles visten de amarillo en las fiestas de La Blanca. Un color que transmite protección, y que es el que predomina en el hospital de campaña que la asociación DYA abre cada día festivo entre las ocho de la tarde y las cuatro de la madrugada en el mismo corazón de la marcha nocturna, en el cruce de Mateo Moraza y Lehendakari Aguirre, junto al Banco de España. Dos reporteros de EL CORREO vivieron con los voluntarios de este puesto la noche del miércoles. El resultado fue dieciséis actuaciones y dos traslados de heridos a hospitales y una sensación: ángeles bajados del cielo junto a Celedón velan a ras de suelo por los miles y miles de vitorianos sumergidos en la vorágine de la fiesta. Ayudan a quien lo necesita sin preguntar, consuelan al herido que se asusta de la sangre. Se la juegan sin darse ninguna importancia. Cumplen un deber que ellos mismos se han impuesto y no aceptan que se les llame héroes, aunque lo son.
Entre semana, las noches son tranquilas. «El día 4 de agosto con la bajada de Celedón es la jornada más fuerte. Contamos hasta 60 intervenciones, principalmente cortes. Pero los días siguientes nos movemos en torno a 15», explica Vanessa Aguinaco, responsable de Formación y voluntaria la noche del miércoles.
Primeros heridos
Vanessa forma parte de la treintena de miembros de la DYA que participa en el operativo de Mateo Moraza, que cuenta con un vehículo auxiliar y una ambulancia para los traslados urgentes.
Rozaduras, quemaduras, torceduras, hemorragias de nariz. Las primeras horas de la noche pasan rápidas. En el puesto no hay televisión, ni radio, ni juegos electrónicos. Agua, algunos refrescos y unos bocadillos en los bares de la zona ayudan a pasar las horas. Todo es espartano. Hasta la caseta de obra de unos 15 metros cuadrados que alquila el Ayuntamiento. Unas vallas protegen el recinto. Se han colocado sábanas en las ventanas para evitar a los mirones. «En fiestas se nos respeta más que el resto del año, cuando por ejemplo tenemos que entrar con la ambulancia en el Casco Viejo», indica Enrique del Pozo, 33 años, y el más veterano del grupo en la asociación. «Hay una agresividad contra las ambulancias que no se entiende. Pero eso pasa en todos lados. Nunca tenemos garantizada la seguridad. Nos hemos tenido que ir y dejar el herido porque otros nos han amenazado y la llegada de la Ertzaintza puede ser peor» se queja.
La dotación ha recibido la ayuda de miembros de Navarra y de la Rioja, algo corriente en la DYA, que intercambia sus efectivos para llegar donde más falta hace. Pedro Muñoz cumple 35 años en el puesto. Unas magdalenas hacen de improvisado sustituto de la tarta cuando suenan las campanas de las 12 de la noche. Es de Arnedo, La Rioja, y está encantado del trato que recibe en Vitoria. «Llevo cuatro años pero siempre quise ayudar a otros». No hay misterios en la actitud de los voluntarios. José Ramón Fernández de Pinedo, de 31 años; Héctor Escrich, de 28; Ruth Cañón, de 22; Íñigo López de Lapuente, de 29 y Nuria Quintana, de 24, comparten las razones de Pedro. Hay autónomos, funcionarios, estudiantes, enfermeros, o entrenadores deportivos. Algunos son conductores profesionales de ambulancias.
Las horas pasan, pero la música de las txarangas y el empuje de los blusas no decae. Suenan las doce, la una, las dos y sólo baja la temperatura meteorológica. El ambiente en la Cuesta de San Francisco sigue igual de animado. Sorprende ver a tanta gente con los vasos de cerveza o kalimotxo en la mano, deambulando calle arriba y calle abajo. Los voluntarios son jóvenes también y han hecho planes para salir un rato después de las cuatro. Cuando alguno con unas copas de más les bacila se limitan a sonreír.
Salida a Correos
Durante la noche, la ambulancia sale a recoger a una persona que se ha caído en la plaza de Correos. Es un transeúnte que hace tres horas estuvo en Urgencias de Santiago. Se le controla la glucosa, la tensión, el pulso y se le lleva al PAC (Punto de Atención Continua), que lo devuelve a Mateo Moraza. Pide dormir en el módulo, pero no está permitido. Se le envía al albergue.
Otro joven, Marcos Álvarez, se ha roto la rodilla bailando la música de 'Grease', aunque por su expresión parece que le ha tocado la lotería. Es conducido a Santiago.
Hay jóvenes que piden hacerse el control de alcoholemia. «Tenemos que mirar eso para otro año porque la demanda crece», comenta un recién llegado Íñigo Rodríguez de 22 años. Viene del recinto ferial de Mendizabala que cierra a las 2 , donde ha ejercido como enfermero profesional y se une a sus compañeros hasta las 4. Un ejemplo. «No somos más que nadie. Esto nos gusta», comenta.
La marcha callejera se apaga. Y a las 4, los chicos y las chicas de la DYA cierran el puesto. Los ángeles existen. Están en Mateo Moraza de ocho a cuatro.