Con sólo trece años dejó atrás el pueblo costero donde se crió, Rize, para emprender junto a su familia una nueva vida en Estambul. Ese chaval inquieto y emprendedor, que vendía limonada y panecillos de sésamo en la calle, es ahora, a sus 54 años, un hombre cuestionado por su dualidad a la hora de liderar un país: Turquía.
Recep Tayyip Erdogan decidió perseguir un sueño, que emprendió de adolescente cuando se afilió a una asociación de intelectuales islamistas. Se diplomó en Economía y Comercio en la Universidad de Estambul y en las aulas trabó amistad con Necmettin Erbakan, quien unos años después se convirtió en el primer jefe del Gobierno islamista turco con el Partido de Salvación Nacional (MSP) .
Él fue su mentor. El guía que promulgaba la derecha y que buscaba alejarse de Europa. Erdogan, musulmán piadoso por tradición familiar y criado en una escuela coránica, no dudó en seguirle. Su carrera política tomó un impulso decisivo al ser elegido alcalde de Estambul, donde durante tres años mostró su cara más rebelde. «Las mezquitas son nuestros cuarteles, los minaretes nuestras bayonetas, las cúpulas nuestros cascos y los creyentes nuestros soldados», recitaba en público en 1997 un poema del escritor Ziya Gökalp, que le valió cuatro meses de cárcel y la pérdida de sus derechos políticos.
Renuncia del pasado
Once años después, el mismo político ameniza sus discursos con frases que llaman a la cohesión y al respeto. «Nuestro Gobierno trabajará pensando en todos los turcos», aseguró el viernes ya como primer ministro, cargo que alcanzó en marzo de 2003, varios meses después de que su partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) accediera al poder.
Esta 'conversión' del islamismo radical al conservadurismo democrático fue a consecuencia de la dimisión forzada de Erbakan por la presión del Ejército guardián de los valores laicos del país. Una advertencia que llevó a Erdogan y sus seguidores a revisar su política. Éste fue el punto de inflexión. El primer ministro turco renegó de su pasado islamista y se declaró «musulmán democrático».
Su empeño, desde entonces, ha sido alejar el programa del AKP (fundado en 2001) de los postulados militantes radicales. Y dejar atrás al hombre que prohibió la venta de alcohol en los cafés durante su etapa de alcalde y que intentó criminalizar el adulterio en el reformado Código Penal de 2004. Pero las raíces perviven y por más que intenta convertirse en un ejemplo de la reforma e incluso embarcar a Turquía en un diálogo con la Unión Europea, no convence a todos.
El mandatario que consensuó con la oposición liberar a las vírgenes y solteras de su condición de parias y eliminar las sentencias blandas sobre los crímenes de honor es, a su vez, quien impulsó la polémica 'ley del velo', que el Estado laico logró frenar en junio.
Estos prontos de Erdogan por querer contentar al ala más radical del AKP casi le cuestan su cargo. Su sueño. Por un solo voto, el primer ministro otomano se libró el jueves de que el Tribunal Constitucional turco ilegalizara su formación por atacar al laicismo.
Así que Erdogan vuelve a caminar entre dos aguas. Sus opositores arremeten contra un hombre que sólo habla su turco natal, y cuya mujer, Emine, con la que tiene seis hijos, lleva velo allá donde va. Pero el carisma de este fanático del fútbol le mantiene arriba. Habrá que ver cómo solventa esa lucha interna entre su pasado y su presente. De momento, ha ganado la batalla a los incrédulos de su mutación de islamista militante a símbolo de moderación política.