Alejandro Valverde va cerrando el círculo de sus victorias, dejando muescas de su calidad allí donde corre. Un círculo, por cierto, que cada vez crece más y atesora éxitos en citas de nivel mundial. San Sebastián era uno de los puntos de interés que hacía mucho tiempo que había marcado Valverde. Una carrera que parece fácil por su estructura final, pero presenta más complicaciones de las que a simple vista se atisban.
Cuando se habla de Alejandro Valverde conviene saber de quién lo estamos haciendo. En Guipúzcoa ha ganado carreras cuando era cadete, juvenil y aficionado. Ha seguido haciéndolo en profesionales. Nada nuevo, ni nada extraño para un ciclista que es un depredador de los metros finales. Un hombre similar a Freire, con distintos matices en las llegadas, variables de sus condiciones de ciclistas. Pero ganadores. Es decir, ciclistas de los que no abundan. Valverde tenía tantas ganas de apuntarse la Clásica de San Sebastián que no quiso ni levantar los brazos.
Le bastó con uno, además de lanzar un puño al aire. Venció en una Clásica histórica, que nunca había tenido un desarrollo como el que presenciamos ayer. ¡Ochenta corredores acabaron fuera de control!
Tuvieron que mandarles a casa cuando llevaban recorridos 158 kilómetros de la prueba. Los aficionados protestaron con razón. No hubo forma de poder salvarles, ni tampoco de mostrar un poco más de respeto por las miles de personas que había en todo el trazado. Estaban causando un caos circulatorio de tal calibre que el juez árbitro que iba con ellos aplicó el reglamento y les retiró. Ellos solos se condenaron. Equipos como Scott, Gerölsteiner y Crédit Agrícole trabajaron en el grupo perseguidor, donde estaba Carlos Sastre. Todo resultó inútil. Los favoritos se unieron en cabeza en una escapada que primero contó con 20 corredores y finalmente con 46. Valverde no se había metido en ella.
Compañeros de viaje
Liquigas y Euskaltel trabajaban delante. Valverde y Karpets, con Andy Schleck a rueda, saltaron del grupo que kilómetros después estaría condenado a la desaparición. José Luis Jaimerena, el director del Caisse d'Epargne, maniobró con frialdad. Dejó pasar el puerto de Azkarate para descolgar a Lastras y Losada del grupo de cabeza. Ellos, junto a Karpets, llevaron a Valverde delante. Les costó 25 kilómetros conseguirlo. No perdieron la calma. Delante no hubo acuerdo para descolgar al de Las Lumbreras.
Tremendo error de muchos de los hombres que conducían los coches. Si a Valverde no le eliminas, se convierte en un peligro potencial. Lo que restaba de carrera resultó un monotema. Quick Step endureció la subida a Jaizkibel. El nuevo repecho de Arkale tampoco aclararía nada. Valverde, Bettini, Rebellin, Moncoutie y Samuel Sánchez eran una madeja que nadie desenredaba.
El ataque de Moncoutie sembró un poco de inquietud. Alejandro Valverde y Samuel Sánchez se miraron en el último kilómetro. El murciano repasó mentalmente a todos los corredores que llevaba a su lado. Cuando cambió de desarrollo, lo hizo para ganar. Nada, ni nadie, le iban a detener. Le tuvieron contra las cuerdas, por un error de posicionamiento suyo dentro del pelotón. No quisieron, o no pudieron, eliminarle. Valverde no perdona.
Ni Jaizkibel, ni Arkale decidieron nada. Sirvieron para ir eliminando corredores, minando las fuerzas y las opciones de muchos que habían ido pasando varias cribas. Todo se jugó en el kilómetro final. En los metros de la verdad es precisamente donde Valverde no comete muchos errores. Y cuando se trata de vencer, prácticamente ninguno. Lo suyo ha sido siempre ganar. Y en eso estamos, en una victoria en la Clásica, en un Boulevard que se rindió ante él. También conoce lo que es vencer en etapas de la Vuelta al País Vasco. Ganar es algo que conoce desde que se inició en el ciclismo.
Nunca ha dejado de hacerlo. Caisse d' Epargne tiene uno de los pocos ciclistas que hay en el mundo capaz de ganar allí donde participa. Hay pocos como él. Por eso es un bien preciado, a proteger. Euskaltel volvió a comportarse como un equipo, con trabajo y sacrificio, pero sólo puede vencer uno.