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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Sociedad

CRÓNICA ROSA

Abramóvich mueve su 'Pelorus',de más de 100 metros de eslora,para ir a tomarse unas aceitunas

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Nada de pelillos a la mar. Hay que actualizar y 'customizar' los refranes. Ahora se dice: 'Pelorus' a la mar, porque ése es el nombre del megayate del megamagnate Roman Abramovich. Y estos últimos días de julio anda surcando el Mediterráneo con su propietario dentro. El barco es para tirar cohetes, desde luego. Pero, si se lo cruzan, absténganse (por su bien) de celebrarlo con una traca, porque la sofisticada nave cuenta con un detector especial y podría fulminarlos.
Leyendo las prestaciones de esta embarcación de recreo (de recreo y supongo que también de trabajo, pues el auténtico magnate, igual que el tiburón blanco, no descansa nunca) he llegado a la conclusión de que los barcos de los ricos tienen una eslora tan enorme porque en ellos viaja el dueño... y también su paranoia, que suele ser del tamaño de su fortuna. A veces, como es el caso actual de Abramovich, va además la novia (con su insondable fondo de armario). A lo que hay que sumar los casi cincuenta tripulantes, el minisubmarino, la sala de cine, los dos helipuertos... Y lo que te rondaré, morena, porque Abramovich pronto estrenará otro barco de más de 150 metros de eslora y 400 millones de dólares, diseñado por Philippe Starck. Eclipse se va a llamar. Pero por sus inquietantes hechuras debería más bien llamarse Tannhäuser.
Total, tanto derroche para, al final, llegar a Portofino, escala obligada en la 'ruta del bakalao' del yate de lujo, desembarcar, sentarse a una mesa con mantel a cuadros, pedir unas aceitunas (a diez pavos cada hueso) y encontrarse con que en la mesa de al lado está Mar Flores comiéndose tan ricamente unas 'bravas'. Y quien dice Mar Flores dice, cualquier día, Belén Esteban, que con la democratización del turismo y los avances en las comunicaciones terrestres hoy se llega desde Benidorm a cualquier parte. Eso sí, el día que la Esteban atraque en ese privilegiado enclave, Portofino por pura coherencia tendrá que cambiar de nombre.
De momento, la diferencia está en que Abramovich se toma las aceitunas con Briatore. Pero, en el fondo, si piensas en el desembolso que eso supone y el sinvivir que conlleva ser dueño de una joya flotante susceptible de ser pulverizada en cualquier momento por un misil de largo alcance (que la envidia y la codicia son muy malas), llegas a la conclusión de que, francamente, la megayatez no compensa.
Esto lo ha entendido muy bien Bertín Osborne, que en materia de veraneo ha decidido no perder el norte. Y para allá ha puesto rumbo. ¿Portofino? ¿Saint-Tropez? Nada de eso. Cóbreces. Con un par. El otro día, Bertín y Fabiola estaban explicando ante las cámaras su decisión de pasar un verano fresquito, cuando a ella se le ocurrió comentar que el verdor de Cantabria le recuerda a su Venezuela natal. «Es que ella es selvática», terció Bertín, siempre al quite. «Sí, claro, yo iba de árbol en árbol», replicó Fabiola, sin notar que en el fondo su marido (que en su día fue de flor en flor) quería echarle un piropo. Al final, la cosa acabó en sonrisa. Y... 'Pelorus' a la mar.
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