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Era uno de los 50 puertos turísticos del sur de Inglaterra que sobrevivían desde finales del siglo XIX
29.07.08 -

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El muelle turístico de Weston-super-Mare, ciudad costera en el norte del condado de Somerset, en el suroeste de Inglaterra, ardió ayer por la mañana. Columnas de humo se divisaban desde condados vecinos. La intensidad de las llamas asombró a los bomberos. No hubo víctimas.
Estos muelles se construyeron en la segunda mitad del siglo XIX. Del agua salada y el baño frío se decía, en el siglo XVI, que curaban la disentería; en el XVIII, la impotencia de los caballos. En todos los siglos era buena para la salud. Un médico escribió que también era bueno beberla.
La ley de Factorías de 1850 instituyó el fin de semana de dos días libres y, luego, las vacaciones pagadas. Las clases medias querían seguir también las costumbres salutíferas en su nuevo tiempo de ocio. Y no podía ocurrir, como en la isla de Wight, que, al desembarcar en la playa, un portero les llevase a hombros.
Se levantaron muelles para la llegada de los turistas en barcos de vapor. En el de Weston -uno de los más tardíos, de 1904- se levantó el atraque con gran coste y fue un monumental fracaso, porque la marea hacía peligrosa la maniobra. Además, los trenes ya llegaban a las costas. Quedó el muelle como parque de atracciones.
Había un teatro con 2.000 asientos y un quiosco donde tocaban bandas de música que venían hasta de Viena. El muelle se quemó en 1930. Costó tres años reconstruirlo, sin teatro y sin quiosco. Las que daban dinero eran las atracciones, como la ambulante Peggy, que con una sola pierna se zambullía en el mar desde vertiginosas alturas.
Los muelles turísticos tuvieron su apogeo en los 50 y sufrieron al final del siglo XX las consecuencias del desarrollo del paquete de vacaciones. El algodón de azúcar, el paseo por la playa a lomos de un burrito, las risotadas ante los espejos deformes, emigraron a las costas del sol. Pero el muelle de Weston aún tenía vida.
Unos empresarios locales, dos hermanos, lo compraron hace seis meses e invirtieron más de un millón de euros para remozarlo. Había, por primera vez, un bar y una pista de karts. Más de cien empleados esperaban ayer una declaración de los hermanos sobre el futuro del muelle. Y es que el fuego iniciado en una zona de la cocina lo ha destruido.
Bueno, no todo el muelle. Allí siguen los pilares de hierro. Los habían atornillado a la arena -fue la invención del ingeniero irlandés Alexander Mitchell- con dos hojas como las de un motor propulsor. Tenían una cabeza octogonal, en la que encajaban una rueda con un cable metálico enroscado unas veinte vueltas. Del cable tiraba un cabrestante movido por un motor a vapor. Los pilares sobrevivieron al gran fuego de 1930 y parece que también al de ayer.
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