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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Cultura

TOROS

Una corrida de preciosas hechuras y con la ganadería más pura en la línea Buendía-Santa Coloma

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Urdiales, casi a placer
Diego Urdiales, el sábado en Santander./ EFE
El lema de los toros de Tudela este año es 1933-2008. Setenta y cinco cumple la plaza. Fastos bastante solemnes: cuatro corridas de toros una detrás de otra. La tercera fue ésta de Martínez Conradi (La Quinta). La ganadería ahora mismo más pura en la línea Buendía-Santa Coloma. Una corrida de preciosas hechuras. Cárdenos los seis, cuajaditos, bien comidos, de bellísimas caras. Algo pasada de peso la mayoría y de una sorprendente bondad. Ni un solo regate hizo ninguno de los seis. Pero a todos, salvo al excelente quinto, les faltó la chispa de los encastes de Santa Coloma.
El que rompió el fuego cumplió con clase en el caballo y puso en aprietos en banderillas a un rehiletero tan experto como Pepín Monje. No rompió en la muleta como hubiera querido Antonio Barrera. Suavecito pero perezoso, se distrajo ligeramente, se aplomó. Barrera lo mató de gran estocada.
El segundo fue joya de la corona. Toro de buen compás y mucha bondad, cumplió de bravo en el caballo, descolgó enseguida. Urdiales lo toreó de capa con ritmo limpio. Le faltó al toro fuerza a la hora de cantar. Urdiales se sintió más cómodo en la corta distancia. Se asió al lomo cuando las embestidas no llegaron más allá. Un abanico, desplantes, manoletinas, circulares o semicirculares. Un pinchazo, una estocada delantera con vómito. En Tudela se llama a los de Arnedo zapateros. Por la industria dominante. Son vecinos, se llevan. Una oreja.
Lo que hizo Juan Bautista fue torear muy despacio. De capa y muleta. La primera muestra, con el tercero de la tarde, que remató de salida y, que luego, como todos menos uno, se apagó de banderillas en adelante. Como fue toro muy noble, Juan Bautista se permitió ajustarse, embraguetarse y templarse con delicadeza. Bonita, armoniosa, reunida y medida una faena que, sin embargo, fue atendida con frialdad. La estocada, en la suerte contraria, perfecta.
El toro menos agradecido fue el cuarto. Barrera lo esperó en el tercio de rodillas y lo libró con dos largas afaroladas. Luego, sueltos los brazos, lo lanceó con gusto. Muy seguro de sí mismo. No dio el toro para más. Aquí le gusta a la gente que los toreros trabajen, y ese afán de Barrera se reconoció.
Más todavía la entrega de Urdiales con el toro de la tarde. Lo saludó con delantales de buen vuelo, asevillanados, a pies juntos, el pecho abombadito sobre el embroque. Después lo muleteó con no mal mimo, ritmo regulado, a veces dando el medio pecho, acompañando con gusto el viaje, sin dejarse nada dentro. Una estocada desprendida. Dos orejas, Mucho cariño de la gente de la tierra.
Y, en fin, otra vez volvió Juan Bautista a torear muy despacito. Al sexto, que se fue a morir a la puerta de corrales. Toro a menos, como la mayoría. Pero, como la mayoría, dócil también. A pies juntos y en redondo, Juan Bautista dibujó con gran cadencia y limpio gusto. Pero con la gente volcadita, le faltó al torero de Arles corazón para rubricar con la espada. Cuatro ataques. Sólo certero el último.
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